Skip to content

Clase obrera y militancia marxista ante una nueva etapa

09/07/2000

porLBenCR

 

Con el fin del gobierno peronista culminó un largo ciclo de la lucha social en Argentina, cuya última fase podría tomar como punto de partida el Cordobazo del 29 de mayo de 1969. Cabe a historiadores marxistas la tarea de sistematizar hechos, analizar conductas y líneas políticas, exponer paso a paso el movimiento de las clases y sus representantes durante este período. Aprehender toda la significación de la experiencia vivida en estos años es un factor ineludible en el cometido de recomponer fuerzas y educar a las nuevas generaciones. En tanto ese objetivo no se haya alcanzado, algo esencial faltará en el arsenal necesario para armar a las masas en pos de la victoria; y persistirá la deuda con las incontables víctimas de la lucha de clases en este lapso: sólo el rescate de una experiencia a través de la teoría, y su materialización en una organización que le dé continuidad en un plano superior, puede hacer fértil tanto sacrificio.

Al igual que en la tarea de recuperar y asumir la teoría del socialismo científico, todo intento de arribar a aquellos objetivos desde fuera de la acción política está condenado al desvío y la esterilidad. Tanto más cuando el cambio de gobierno, la eventual eclosión de la crisis económica, las características del nuevo elenco gobernante, el estado de disgregación, confusión y parálisis de la clase obrera, la desaparición de la izquierda revolucionaria del terreno político y, condicionándolo todo, el drástico cambio de la situación internacional, dan lugar a una realidad política que requiere inmediata intervención.

 

Las fases recorridas

Treinta años atrás, las voces más serias del marxismo en Argentina afirmaron que el Cordobazo marcaba el fin del peronismo. No estaban equivocadas. Aunque en más de un caso se midió erróneamente la distancia entre la muerte de un fenómeno social y su extinción como expresión política, sobre todo se desconoció el hecho de que para reemplazar un movimiento de masas es necesario otro igualmente abarcador que lo niegue superándolo.

No sólo para la burguesía argentina se agotaba el recurso de encuadrar y manipular a las masas mediante el populismo. El fenómeno que había dominado medio siglo de vida política en prácticamente todo el continente agonizaba en conjunto, acosado por una fuerza subterránea e invisible: la reaparición de la crisis capitalista en los países imperialistas y su impacto sobre América Latina. Se trata de un fenómeno que excede las fronteras nacionales, aunque esta identidad fundamental no desmiente el hecho de que es la particularidad de cada país la que define el curso concreto de los acontecimientos.

Con la muerte histórica de los grandes movimientos nacional-populistas, se replanteó la disputa ideológica en el seno de las masas obreras y campesinas; y encuadrado en esa confrontación de alcance estratégico, el combate político y organizativo. Tres grandes fuerzas entraron al campo de batalla para disputar el lugar dejado vacante por el nacional-populismo: socialdemocracia, socialcristianismo y marxismo(1). La historia desde entonces es la historia de ese combate.

El saldo a fines de 1999 y a la luz del sentido común no deja lugar para la discusión. Pero lo que está en discusión es el sentido común como recurso válido para comprender los complejos movimientos de la historia.

Como cuando Pirro venció a los romanos, en el período que venimos considerando la burguesía perdió un ejército con cada batalla victoriosa: trajo a Perón y logró que la clase obrera desviara el rumbo esbozado en el Cordobazo. Pero para ello inutilizó aquel extraordinario instrumento ideológico y organizativo que desde fines de los ’40 ponía una barrera insuperable al proletariado. Una palanca clave para alcanzar ese objetivo fue la burocracia sindical cegetista. Pero el costo fue su demolición definitiva (hay que recordar las Coordinadoras de 1975 y desechar la idea de que aquello se esfumó para siempre). Por la pérdida de estas dos herramientas fundamentales la burguesía tuvo que apelar luego a las fuerzas armadas en rol de combate contra las masas. Y su efímera victoria le costó, nada menos, la pérdida de su ultima ratio: en seis años la institución profesional de defensa armada de la propiedad privada quedaría desarticulada, aplastada, irremisiblemente desprestigiada ante la sociedad y para siempre reconocida como enemiga por las masas explotadas y oprimidas. Vino luego la UCR travestida de progresista. Esta captó y canalizó, como se sabe, la explosión democrática de las masas. Y en seis años se vio destruida por la misma fuerza invisible que demolió a sus predecesores. Ocupó el lugar una caricatura grotesca del antiguo peronismo. Pero en este punto la burguesía, asumiendo el hecho de que no contaba con instrumentos propios para ejercer su poder con efectividad y arbitrar entre las diferentes facciones del capital local e imperialista, entregó explícitamente aquella capacidad al capital financiero internacional, más específicamente a Estados Unidos. Mediante este recurso extremo el capital compró tiempo -ocho años- durante el cual impuso todas las medidas necesarias para sostenerse.

Basta observar cada punto de inflexión, cada victoria política de la burguesía, para comprobar que la verdadera línea divisoria del combate la trazó la posición que en los hechos se sostuviera ante la opción conciliación de clases o lucha de clases. Del simple registro de la posición adoptada por cada uno surge la explicación de por qué el capital logró sucesivas victorias.

La anteúltima de ellas ocurrió cuando ya la de 1991 (denominada en términos económicos plan de convertibilidad) acumulaba todas las condiciones para estallar: la socialdemocracia, el stalinismo y el socialcristianismo se aunaron para captar y desviar la búsqueda de una línea de acción independiente de las masas obreras y populares. Así nació el Frente Grande. La continuación del peronismo por otros medios. Es decir, la comprobación de que el peronismo estaba muerto. (Por una circunstancia ajena a estos avatares, la aplicación en Brasil del Plan Real valorizó artificialmente la moneda local, abrió in extremis la posibilidad de redireccionar las exportaciones hacia ese país y contribuyó a la sobrevida del plan Cavallo). No es preciso detallar los acontecimientos desde entonces(2). Importa sólo subrayar que a través del Frente Grande las masas fueron desviadas en 1993, 1994 y 1995 hacia la opción burguesa teledirigida por el imperialismo: la UCR mostró su verdadero estado al ser derrotada una y otra vez y en todas las instancias por el apresurado engendro «frentista», que le hacía morder el polvo en cada elección y canalizaba así la demanda social de oposición al statu quo.

Una criatura contrahecha como el Frente Grande (devenido Frepaso tras su subordinación a José Bordón, delegado de la extrema derecha vaticana) no podía, desde luego, garantizar un gobierno alternativo. Por eso nació la Alianza. No ya la izquierda de la UCR, sino ésta como tal, debía sumarse a la maniobra estratégica. (Es esta operación la que explica el aparente absurdo de que en el último congreso de la así llamada Internacional Socialista, expusiera como orador de lujo el Sr. Fernando de la Rúa, derecha explícita del partido de Alvear).

Estos artilugios dieron como resultado una nueva victoria del capital, el 24 de octubre. ¿Pero cuál ha sido el precio? La respuesta está graficada en la suerte de la señora Rosa Castagnola de Fernández Meijide: la destrucción del Frepaso.

Así, se llega al fin del siglo: la burguesía no tiene a la UCR ni al PJ; no tiene fuerzas armadas; no tiene el vástago progresista tan malquerido como necesario.

 

Clase obrera y sus aliados

¿Qué ocurrió mientras tanto con el proletariado, la juventud, los sectores sociales explotados y oprimidos?

Basta mirar en derredor para tener la respuesta. Pero una mirada que no incluya la dinámica que desembocó en este punto perderá aquello que constituye precisamente su significación principal: la actual situación es resultante de la crisis del capitalismo y de la destrucción sistemática de todas sus instituciones. La burguesía sólo puede mantener la iniciativa y presentarse victoriosa en medio del desastre nacional que ha producido porque la resistencia ha estado hasta ahora determinada históricamente por la reiteración, bajo diferentes formas, de concepciones dominantes a escala internacional y nacional en el movimiento obrero (la socialdemocracia, el stalinismo y el peronismo) que tienen en la médula la noción de conciliación de clases como base para todo su accionar.

Pero aun esta conjunción fatídica no alcanza a explicar la confusión, la parálisis, del movimiento obrero. El factor decisivo para explicar el retroceso sistemático es la desorientación teórica y la incapacidad política de las muy numerosas y considerablemente vigorosas organizaciones -así como la fuerza aún mayor de militantes no encuadrados hoy en organizaciones partidarias- que no comulgan con la conciliación de clases pero no han (no hemos) logrado articular una política capaz de servir como alternativa a la clase obrera y sus aliados.

Por rémoras tan gravosas en la práctica como las del stalinismo -determinadas en última instancia por la victoria de esta corriente contrarrevolucionaria sobre el movimiento obrero a escala mundial- para innúmeras fracciones que se le oponen desde diferentes vertientes ha sido imposible conciliar las nociones de unidad social y política de las masas oprimidas y explotadas con la de partido revolucionario marxista. Aquello que la Internacional Comunista denominó en sus cuatro primeros Congresos Frente Unico Proletario y Frente Antimperialista, son conceptos perdidos o desvirtuados por regla general para la mayor parte de la militancia revolucionaria marxista, la cual, empujada por esta carencia, oscila desde hace décadas entre el ultraizquierdismo y el oportunismo.

Su lugar lo ocuparon políticas de conciliación de clases presentadas bajo rótulos tales como Frente Popular, Bloque de las cuatro clases, Frente de Liberación Nacional, etc, complementadas por abstracciones cuyo punto de partida es que las masas obreras son revolucionarias y si no avanzan en tal dirección es por culpa de dirigentes traidores. Para quienes entienden de esta manera la realidad social, lo único necesario es formar el estado mayor de un ejército conscientemente anticapitalista ansioso de combate y de victoria. Ese estado mayor es, claro está, el que comanda cada uno de los agrupamientos que sostienen tales posiciones. Los restantes son meras expresiones pequeñoburguesas, cuando no agencias contrarrevolucionarias. De semejantes interpretaciones -ajenas por completo al pensamiento marxista- se deriva una línea ante las masas y un criterio de construcción partidaria: la clase obrera como fuerza meramente instrumental y el partido como aparato.

Tales conductas resultaron decisivas en más de una ocasión para que una posibilidad de salto cualitativo en la situación de las masas obreras se transformara en victoria del enemigo de clase. Por eso es falso reducir la situación de la izquierda revolucionaria al estado de disgregación de la clase obrera. Pero aquellas conductas tuvieron un saldo, un resultado político y social concreto que hoy gravita con peso determinante sobre la relación de fuerzas sociales; por lo cual es igualmente falso desconocer que la recomposición de fuerzas consecuentemente anticapitalistas, además de inseparable, es hoy extremadamente dependiente del tránsito del conjunto del proletariado hacia su unidad social tras un proyecto político propio.

No es posible eludir la responsabilidad de las diferentes organizaciones de izquierda -pero sobre todo la de aquellas que continúan reivindicándose revolucionarias- sobre el actual estado de la clase obrera y la sociedad en su conjunto. No será posible salir de la encrucijada sin asumir esa responsabilidad hasta las últimas instancias.

Y esto resulta tanto más perentorio cuanto más se evidencia que el desarrollo objetivo de la crisis del sistema se ha acelerado y se multiplican los indicios de que se aproxima a un estallido.

 

Coyuntura a partir del gobierno de la Alianza

Desde el 10 de octubre de 1999 la burguesía asume la realidad anteriormente descripta y, por primera vez desde la Organización Nacional, gobierna mediante una coalición. La Alianza es sólo una parte de ese frente único de las clases dominantes. Los otros dos aparatos equívocamente denominados partidos (Justicialista y Acción por la Republica) se suman explícitamente al gobierno burgués de emergencia. Pero lo más relevante es que tal coalición lejos de resolver la fractura del capital, la institucionaliza : un gabinete polarizado en dos bloques y, frente a éste, un consejo de asesores conducido por el capital financiero internacional.

La fuerza centrípeta que une a las distintas fracciones tras el rostro de De la Rúa es evidente: la burguesía afronta una coyuntura extremadamente grave, dominada por déficits inmanejables en el fisco y el sector externo, endeudamiento fuera de control y compromisos incumplibles en cualquier hipótesis, situación sin salida tras ocho años de paridad ficticia de la moneda, en la cual es imposible continuar con la convertibilidad y es imposible salir de ella sin provocar un colapso de imprevisibles proporciones. Sean cuales sean las medidas a adoptar en el corto y mediano plazos, ellas significarán descargar sobre las masas penurias incomparablemente mayores a las vividas hasta ahora; lo cual plantea la posibilidad cierta de descontrol político, fractura social irreparable y eventual conformación de una fuerza de masas con un programa antimperialista y anticapitalista.

Por el contrario, la fuerza centrífuga al interior del gobierno está provocada por una multiplicidad de conflictos interburgueses sin solución pacífica posible, que corporizan al interior del Ejecutivo los ejes de confrontación que señalamos a escala mundial y local desde hace años: la lucha interimperialista (nunca como hoy visible en un gobierno la representación directa y en colisión de los imperialismos europeo y estadounidense); la confrontación del gran capital financiero internacional con la gran burguesía local; la alianza del imperialismo y sus socios subordinados contra la clase obrera y el conjunto de la población .

Imposible prever cómo se desarrollará este cúmulo de contradicciones interburguesas, encuadrado además en una nueva y muy inestable situación internacional(3). A cambio es rotunda la certeza en un punto: la imposibilidad de la clase obrera de encabezar una oposición en representación del conjunto de la nación hará que aquellas disputas ocupen el centro del escenario por todo un período, se agraven hasta límites que pueden poner en riesgo la estabilidad institucional y coexistan con una sistemática arremetida contra los intereses económicos de las masas, llegando eventualmente a recurrir a la represión extrema si reacciones espontáneas de los agredidos así lo requieren. Esta certeza no niega sin embargo la posibilidad de que, tanto como expresión de exigencias propias de la gran burguesía local, como por necesidad de paliar la situación social y dar espacio a operaciones políticas policlasistas en continuidad con la que con tanto éxito encarnara el Frente Grande, las medidas incluyan, por ejemplo, planes de construcción de viviendas y determinadas obras públicas que pudieran disfrazar la continuidad de la política económica aplicada con breves intermitencias desde 1976(4).

No habrá por tanto una sustantiva innovación programática en la conducta de las clases dominantes ante la crisis capitalista. El cambio de guardia, no obstante, tanto por la naturaleza de la Alianza como por el agravamiento de la crisis, trazará un límite significativo para el movimiento de masas y, en un plazo relativamente breve, estará planteado el inicio de una etapa nueva en todos los órdenes para la situación política nacional.

 

Otra batalla

Envuelta y desdibujada por los vaivenes de luchas revindicativas, alzas y reflujos de la combatividad social y la nunca ausente ambición de fuerzas electoralistas por alcanzar la codiciada banca de diputado (o al menos un concejal…), hay por delante una nueva batalla en aquella confrontación estratégica -hoy más que nunca de efectivo alcance internacional- por conquistar el corazón y la inteligencia de las masas explotadas y oprimidas.

Aun en medio de sus incongruencias y contradicciones internas, el enemigo ha preparado no obstante sus diferentes Divisiones, cada una emplazada en su lugar (el Opus Dei al comando de la educación; terroristas y fascistas ubicados en los máximos cargos en provincias claves; agentes directos del imperialismo en puntos decisivos del aparato del Estado). La más importante entre ellas mientras la confrontación se desenvuelva en términos institucionales -y decisiva cuando ésta pase a otra fase- es sin embargo la que cumple el papel histórico del caballo de Troya. Para esta división el capital carece de generales y no tiene siquiera capitanes. Confía sin embargo en ávidos aspirantes a sargentos, provenientes de las propias filas del movimiento obrero y popular.

La CGT en vías de reunificación es una de las postulantes. Desde el comando de los grandes aparatos -vacíos pero todavía poderosos- que contienen sindicalmente al movimiento obrero industrial, su papel consiste en dos tareas principales: impedir la resistencia y reorganización del proletariado que realmente pesa en el funcionamiento del sistema; y confrontarlo con el proletariado desocupado y los crecientes contingentes de marginalizados que produce la crisis al arrojar a la desesperación a ex pequeñoburgueses y obreros que jamás tuvieron ni probablemente tendrán ocupación. Subsidiariamente, estas cúpulas mafiosas pueden contribuir también como fuerza de choque selectiva, reiterando lo que hicieron bajo el comando de la burocracia miguelista en los años ’70.

Sin embargo el desprestigio de estas pandillas es tan grande y tan escasa su posibilidad de operar como burocracia sindical en el sentido clásico, que el sistema necesita de otros colaboradores.

Hay oferta abundante. El sector hegemónico de la CTA, que integra el aparato político de la Alianza y se comprometió públicamente con la campaña por De la Rúa (específicamente las conducciones de CTERA y ATE), no obstante las sonoras afrentas que ha sufrido desde antes incluso de la victoria electoral de sus aliados, corre tras cada uno de los nuevos gobernantes -sin excluir, por cierto, los de signo supuestamente opuesto que vencieron en la provincia de Buenos Aires) a la caza de un cargo y de seguridades institucionales para sostenerse con puntos de apoyo que no tiene -ni aparentemente podrá tener, aunque esa posibilidad no está absolutamente cerrada- en las bases del movimiento obrero, la juventud y el pueblo en general.

No obstante la palanca clave para vencer en esta nueva edición de la ya prolongada guerra ideológico-política entre defensores y enemigos del capitalismo es aquella hoy inexistente y, sin embargo, con vida objetiva en la sociedad y el activo militante: una fuerza política de conciliación de clases con postulados reformistas y raíces reales en los trabajadores y el pueblo.

Reedificar tal continuidad de lo que fuera el Frente Grande es hoy la máxima aspiración de aquellos que, habiéndolo gestado o alimentado, fueron por una u otra razón expulsados o empujados a los rincones poco atractivos del aparato del Estado. Se suman a ellos advenedizos de toda laya y, como sorpresa de fin de siglo, ex superizquierdistas que hasta ayer nomás aparecían como la oposición más vociferante y no vacilaban siquiera en denunciar a Fidel Castro como el máximo agente del imperialismo.

No otra cosa que una intentona en esa dirección es el «nuevo pensamiento». El encuentro realizado el 19 de noviembre en la aristocrática aula magna del no menos aristocrático Nacional Buenos Aires, fue el más audaz de los movimientos desde que, durante el período previo a la transformación del Congreso de Trabajadores Argentinos en Central de dirigentes, un bloque interno de ATE trató -sin suerte- de formalizar un aparato político(5).

A juzgar por los resultados de tan enjundioso esfuerzo (no lograron siquiera una declaración común y reconocieron en la clausura la imposibilidad de llevar adelante el proyecto de un periódico, desde hace tiempo anunciado y siempre postergado), el nuevo pensamiento (que era viejo ya en los años 20, cuando Friedrich Ebert lo puso en acción, y que de pensamiento tiene apenas algo más de lo que el ex presidente pudo hallar en las obras completas de Sócrates) no tendrá corporeidad en el corto plazo en un partido que continúe la faena del Frente Grande. Explícitamente sus promotores definieron su tarea inmediata como una especie de contrapeso al Consejo Asesor del flamante presidente(6).

Hay que insistir sin embargo en que palpitan fundamentos subjetivos y objetivos en la Argentina de fin de siglo para la existencia de tal tipo de organización promotora de la conciliación de clases, en un frente único renovado de socialdemócratas, socialcristianos-peronistas y stalinistas. El relevante papel del Partido Comunista de Argentina en las jornadas del nuevo pensamiento (que puso la cuerda con la que otros saltaron) indica no sólo la continuidad de la línea que esta organización impulsó cuando fue el eje para la construcción del Frente Grande, sino también la expresión de todo un sector de clases medias progresistas hoy huérfanas de representación política.

Confrontar y vencer a este conjunto de divisiones estratégicas del ejército enemigo es la tarea del próximo período, ya inaugurado, para los obreros conscientes y los revolucionarios marxistas.

Las leyes de la guerra advierten que se deben realizar los mayores esfuerzos por no presentar combate a varios enemigos a la vez. La historia muestra que, aun teniendo en cuenta ese principio, hay circunstancias en las que no es posible escoger. En tal caso la alternativa es la rendición o el ingreso al campo de batalla. Y para quienes excluyen la primera posibilidad, queda la exigencia de planificar escrupulosamente cada movimiento, diferenciar con precisión milimétrica los objetivos tácticos de aquellos estratégicos, buscar todas las grietas posibles en el campo enemigo y utilizarlas al máximo en función del plan de operaciones, pero, sobre todo, armar la fuerza propia.

Esto último significa, antes de ninguna otra cosa, saber quiénes y por qué forman en nuestras filas (es decir, una definición de principios); saber adónde se pretende llegar (esto es, delimitar con precisión un programa); trazar sin ambigüedades los criterios y caminos mediante los cuales se avanza en esa dirección (esto es, un plan de acción); y acordar sin lugar para dobles interpretaciones los métodos mediante los cuales todos y cada uno de los soldados de este ejército civil y proletario se relacionan entre sí (es decir, un Estatuto).

Estamos diciendo, claro, que la condición primera para afrontar esta nueva edición de la guerra que en su última fase lleva ya 30 años y en la que sistemáticamente hemos sido derrotadas las fuerzas revolucionarias, es la edificación de un genuino Partido de los Comunistas(7).

 

Relacionarse con la vanguardia mediante una política para las masas

Una reiterada inversión de la realidad lleva a militantes marxistas a buscar la vía de solución a la dispersión mediante propuestas enfiladas a la vanguardia. Poniendo por un momento al margen el hecho de que por regla general también está desvirtuada la noción de vanguardia, el hecho es que no se organiza a los hombres y mujeres dispuestos a combatir contra el capital dando respuesta a sus circunstanciales opiniones o predisposiciones, sino acertando con una línea de acción de masas, específicamente en relación con la clase obrera.

Unidad de la izquierda, Unidad de los revolucionarios, Unidad de los que luchan y otras consignas (estrategias) por el estilo, son expresión de aquella doble confusión. Vanguardia es quien está, en los hechos, a la cabeza de una lucha social; nunca quien se autoproclama como tal porque, supuesta o realmente, esgrime la teoría científica de la revolución o la voluntad consciente para llevarla adelante. De allí que, si acaso tienen éxito por un momento aquellas consignas, no se avanzará un paso en el camino de la revolución (recordar el ejemplo de Izquierda Unida a fines de los ’80).

La vaguedad extrema del concepto izquierda y la significación múltiple de la condición de revolucionario se trasladan potenciadas a cualquier instancia que, siquiera por un momento, los aúne. Para los revolucionarios marxistas la unidad buscada tiene dos destinatarios: de un lado las masas explotadas y oprimidas, por sobre definiciones de todo tipo aparte la decisión de luchar contra los de arriba; de otro lado, los comunistas.

Durante los últimos años organizaciones cuya voluntad anticapitalista no podría ponerse en duda, han transitado todos caminos en el intento de sumar fuerzas. Excepto el de trazar, probar y aplicar sistemáticamente, una línea de acción destinada a darle a cientos de miles de luchadores sociales una respuesta efectiva y eficiente para que pueda desenvolverse en su situación de vanguardia real de un movimiento real.

«Seguir el ejemplo del Santiagazo», «hagamos como en Cutral-Có», «exijamos a las burocracias una huelga general» o «un argentinazo ya», entre otras muchas, fueron las consignas de la desorientación y el desarme. En exacta correspondencia con estos lineamientos, la promoción de sucesivas marchas (en las cuales cuenta el manejo o no de dinero y aparatos, y sobre todo de un equipo de tambores y redoblantes), reemplazó y desplazó la intención seria de trazar una línea de unidad social y política de las mayorías, de organización y educación de las vanguardias.

Completado por la fuga al electoralismo de prácticamente todos los agrupamientos que enarbolaron estas posiciones, el costo de tales desvíos está a la vista.

No será posible afrontar con éxito las exigencias de la nueva etapa sin arrancar de cuajo estas concepciones: a la vanguardia real sólo se llega mediante una política que interprete y resuelva las necesidades de las masas, que entienda y atienda su estado de ánimo, su voluntad en un momento dado, la capacidad de movilización o no que tiene en cada circunstancia. Con estridencias y bravuconadas se reúne otro tipo de vanguardia; una que llegado el momento del choque real contra el enemigo no estará disponible o, en el mejor de los casos, no estará en el lugar que corresponde: al frente de las masas.

La diversidad y dificultad de las tareas que supone hallar en cada circunstancia la respuesta apropiada para contribuir a la movilización, la concientización y organización de las masas, sólo puede ser llevado a buen término por una organización armada con la teoría del socialismo científico. El marco extremadamente crítico al que la crisis del capital ha llevado a la sociedad hace perentorio para todos aquellos destacamentos que se consideran revolucionarios marxistas buscar y encontrar el camino de recomposición de fuerzas. En toda América Latina se vive una coyuntura histórica excepcional. Arribar a la fundación de un partido a la altura del desafío planteado, converger con esfuerzos similares en el continente, es un imperativo de la hora.

 

Notas

1.- Una aclaración resulta aquí fundamental: entre las fuerzas que se denominan marxistas, está la corriente que conceptualmente y de manera explícita prolonga al stalinismo. Al interior de esta corriente hay en alta proporción militantes y organizaciones sinceramente comprometidos con la revolución. No obstante, el stalinismo propugnó y propugna la conciliación de clases, a la cual teorizó mediante el recurso de «las etapas de la revolución». Verborragia y métodos aparte, el stalinismo es por eso, en última instancia, idéntico a la socialdemocracia. Otro tanto ocurre con el stalinismo vergonzante de los partidos comunistas adscriptos a Moscú hasta el colapso de 1991. Esto constituye una dificultad adicional para la batalla estratégica señalada, puesto que entre las fuerzas marxistas la confusión ideológica todavía hace estragos.

2.- El paso a las formas violentas de disputa interburguesa no es algo a futuro: deben ser contados como detonantes de recursos extremos los numerosos muertos del último período, entre los cuales el hijo del ex presidente y Alfredo Yabrán. En este conjunto los ampulosos movimientos en torno a denuncias por lavado de dinero y tráfico de drogas deben ser interpretados exclusivamente como parte de la lucha interburguesa: los estupefacientes son sencillamente una mercancía más, diferenciada sólo por su tasa de ganancia incomparablemente más alta en relación con las demás.

3.- Al respecto ver Europa en guerra: causas y perspectivas; en Crítica N° 21; y Ser comunista en el siglo XXI, Luis Bilbao, Editorial Búsqueda, Buenos Aires 1999.

4.- El plan económico presentado formalmente en la Carta a los argentinos fue analizado en Réplica a la Alianza; Crítica N° 20, octubre de 1998.

5.- Ver Eslabón N° 1; septiembre 1995; pág. 5; Crítica N° 14, pág. 129; septiembre 1996.

6.- Ver Un senil nuevo pensamiento; Carlos Antón, El Espejo N° 77; pág. 2.

 

Desde → Artículos

No hay comentarios

Deje su respuesta

Nota: XHTML está permitido. Su dirección de correo no será publicada.

Suscribirse a este comentario vía RSS