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américa latina en el final de una etapa histórica

Qué viene después

09/03/2004

porLBenCR

 

Sucesivos reveses políticos de Estados Unidos acompañan el agravamiento de una crisis económica estructural compartida con la Unión Europea y Japón, que continúa su marcha inexorable pese a los esfuerzos por negarla o camuflarla. El inesperado fracaso estadounidense en la reunión de la Organización Mundial de Comercio realizada en Cancún en septiembre pasado, dejó como saldo la constitución de un bloque de países (el Grupo de los 20, al que ahora anuncia su adhesión China) capaz de plantarse como límite ante las exigencias de Washington. Como prolongación de la sublevación boliviana y la destitución del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, la denominada Cumbre Iberoamericana produjo a mediados de noviembre una declaración opuesta a los ejes fundamentales de la política estadounidense, bajo la presión de un “Encuentro Social Alternativo”, que simultáneamente y en el mismo escenario de Santa Cruz de la Sierra, reunió organizaciones populares y revolucionarias de 15 países. Esa misma fuerza potenció las contradicciones intercapitalistas que desde hace un lustro traban el desarrollo del Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y provocó un fracaso apenas disimulado de Estados Unidos en la reunión de cancilleres del ALCA, realizada en Miami la semana siguiente(1).

Como se verá, el fracaso estadounidense en su intento de imponer el ALCA es paradojal en más de un sentido: Washington no logró la aceptación de los mecanismos mediante los cuales pretende de un lado cerrar el continente a sus competidores de ultramar y de otro absorber de sus socios menores una mayor cuota de la plusvalía hemisférica. Sin embargo, en la medida en que Brasil, a la cabeza de un bloque de países dispuestos a negociar en mejores términos con la Casa Blanca, al no clausurar de modo terminante la posibilidad de que el nuevo tratado en discusión (ALCA ligth, descafeinado o alquita, como se lo ha llamado) avance sobre la soberanía de cada Estado nacional, deja abierta la posibilidad de que las burguesías locales involucradas en aquel bloque pierdan en poco tiempo (2004, el período de discusión antes de la activación, o no, del ALCA) el terreno ganado entre la Cumbre de presidentes suramericanos, en agosto de 2000, y la reciente reunión de Miami. Más importante aún es el hecho de que con ALCA o ALCA descafeinado, los trabajadores y las masas populares cargarán sobre sus hombros la crisis que tratan de contrarrestar con estos recursos los dueños del capital, metropolitano o local.

En todo caso, más visible que estos dos acontecimientos y con mayores consecuencias inmediatas de carácter político es el curso de la invasión a Irak, donde Estados Unidos comienza a sufrir los efectos de una guerra de resistencia que acelera y agudiza los sentimientos antimperialistas ya reinstalados como factor de peso en el escenario político internacional.

Otro factor revelador del curso de la situación mundial es la reversión notable operada en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Crítica subrayó en su momento la peligrosidad extrema del paso dado cuando este dispositivo militar imperialista anunció un drástico cambio de naturaleza y carácter precisamente en el momento en que cumplía medio siglo de existencia. En aquella oportunidad, durante la celebración del aniversario en Washington se anunció que la OTAN pasaba de estructura regional defensiva a mecanismo ofensivo y con jurisdicción internacional. Esto significaba no sólo la creación de un aparato militar imperialista único, sino su legitimación para actuar, obviamente bajo el mando inapelable de Estados Unidos, en cualquier punto del planeta. Alemania y Francia no replicaron. Sin embargo, después de septiembre de 2001, cuando Washington intentó utilizar a la OTAN según su designio, obtuvo resultados exactamente inversos: la OTAN planetaria -es decir, la subordinación directa de las fuerzas armadas europeas a Estados Unidos- se mostró inviable y la Unión Europea aceleró hacia la articulación de una fuerza armada propia, de hecho contrapuesta a la OTAN. La invasión a Irak, realizada por Estados Unidos sin legitimación por parte de las Naciones Unidas, con la oposición explícita de Francia y Alemania y acompañada militarmente sólo por Gran Bretaña y España, subraya esta dinámica.

Frente a esta suma de factores que golpean con dureza la hegemonía ideológica y política de que gozó Estados Unidos durante los últimos veinte años, los estrategas imperialistas tratan ahora de engañar a la opinión pública internacional respecto del curso de la situación económica planetaria. Mediante la exhibición equívoca de cifras de reactivación económica se pretende contrarrestar la conciencia cada día más extendida respecto de la crisis que vive el capitalismo altamente desarrollado.

Esta nueva contraofensiva comunicacional se apoya en la recuperación de los niveles de actividad de la economía estadounidense: 7,2% en el último trimestre de 2003. En Argentina, donde la euforia ha hecho perder todo sentido de las proporciones a los apologistas del nuevo gobierno, se toma el dato como el fin de toda preocupación. Sin embargo, esa reactivación está alimentada por una situación fiscal que pasó de un superávit del 2,4% durante el último año de gobierno de William Clinton, a un déficit del 3,5% en 2003 y un estimado del 4,3% para 2004 (el mismo período para el cual se impuso a Argentina un superávit del 3%) y por los gastos de guerra, a lo cual corresponde sumar la escandalosa manipulación de índices.

Basta un ejemplo: “Si una computadora tiene ahora el doble de capacidad de otra que costaba lo mismo un año atrás, se calcula que el precio ha caído el 50% (…) la inversión en computadoras ha subido en un 54% en términos reales desde 2000. En términos de dólar, el gasto cayó un 8%”(2). No es el objetivo de esta nota analizar en detalle la marcha de la economía mundial. Es preciso decir, sin embargo, que lejos de contradecir el análisis indicativo de una crisis estructural, estos datos lo reafirman en un nivel superior: el párrafo citado, además de revelar la manipulación estadística, indica a las claras cómo evoluciona el verdadero nudo del problema: el aumento de la productividad, la caída del valor de la masa de bienes producidos, provoca el derrumbe de la tasa de ganancia y lleva al paroxismo la competencia interimperialista. Un índice menos manipulable reafirma esta evidencia: el Nasdaq, con 5000 puntos y en alza hacia el año 2000, está hoy en 1200 puntos… y en baja.

Por otra parte, en los últimos cinco años Estados Unidos aumentó el gasto a un promedio del 7,7% anual y el plan de incremento en gastos militares de George W. Bush supone un aumento real del 20% para el 2020. De acuerdo con estos cálculos, incluso tomando como válidas las proyecciones más optimistas de crecimiento, en los próximos diez años “el presupuesto estadounidense es mucho peor de lo que las previsiones oficiales indican. Entre los expertos independientes de Washington, el consenso es que las cifras oficiales no contemplan un déficit acumulativo de alrededor de 5 billones (5.000.000.000.000). Más que un presupuesto que retorna al superávit hacia 2012, Estados Unidos verá probablemente déficits promedios del 3% durante la próxima década”(3).

Para financiar este desbalance fuera de control, Estados Unidos depende más y más del endeudamiento externo. De allí que tenga una particular significación el hecho de que “el ingreso neto de inversiones en bonos y acciones estadounidenses cayó de 50 mil millones en agosto a sólo 4 mil millones en septiembre, el nivel más bajo desde la crisis causada por el colapso de Long Term Capital Management en octubre de 1998”(4). Esta situación está traduciéndose en un sostenido incremento del precio del oro (400 dólares la onza a fines de noviembre), una caída del dólar frente al euro y podría estar augurando un nuevo colapso bursátil. Alemania, Francia y Japón no distan cualitativamente de este panorama.

Habrá que seguir paso a paso el desenvolvimiento económico en los tres centros imperialistas durante el futuro inmediato y extraer de los hechos conclusiones que revaliden o no la afirmación de que, lejos de iniciar su superación, la crisis del capital se agrava a paso acelerado y sin control. De hecho, economistas desarrollistas sostienen la hipótesis contraria a la nuestra(5). Como quiera que sea, tanto las políticas económicas aplicadas en los centros imperialistas como los resultados y las consecuencias de todo orden en curso en América Latina, llevan a una coincidencia sin fisuras: el neoliberalismo está sepultado: en Estados Unidos, Francia, Alemania y Japón, se apela de manera desenfrenada al déficit fiscal para contrapesar la caída en tirabuzón; en el resto del mundo, si no se hace lo mismo -por imposición del FMI- gobernantes y opositores sostienen siquiera retóricamente la necesidad de hacerlo.

 

Desafío histórico

América Latina transita el fin de la etapa denominada neoliberal por caminos marcadamente diferenciados pero con factores comunes que obrarán a favor o en contra del imperialismo según quién conduzca su dinámica: las burguesías locales o genuinos gobiernos de los trabajadores y el pueblo. La batalla por esa preeminencia estratégica está en curso ahora mismo. Entre tantos otros, hechos tales como la realización del Congreso de la Internacional Socialista en San Pablo (ver artículo siguiente), o la designación de un funcionario de la Central de Trabajadores Argentinos como representante oficial del gobierno ante el Vaticano, deben ser interpretados como movimientos de piezas en el ajedrez de la batalla entablada. Mientras tanto, este año no tuvo lugar el encuentro correspondiente del Foro de São Paulo. El Encuentro Social Alternativo, realizado en Santa Cruz de la Sierra del 12 al 15 de noviembre, tampoco llegó a articularse como bloque antimperialista capaz de gravitar en la contienda señalada, con todo el valor que tuvo esta convocatoria, por primera vez planteada como contraparte frente a la Cumbre Iberoamericana, la instancia prohijada por la Unión Europea.

El vacío provocado por esa ausencia está siendo ocupado por propuestas desarrollistas de actualización capitalista. Pero fracasado en los años 1960, cuando todavía estaba en auge la economía mundial de posguerra y Argentina no había enajenado las palancas fundamentales de su aparato productivo, el desarrollismo no tiene hoy siquiera la chance de intentar un despegue sin antes romper los lazos de sujeción al imperialismo y tomar como punto de partida una muy drástica redistribución de ingresos en favor de las clases desposeídas. No sólo la historia, sino la comprobación cotidiana permite aseverar que nada de esto puede llevar a cabo un gobierno del capital, siquiera en su versión más progresista.

La recuperación de la iniciativa política por parte de la burguesía en Argentina (analizada en la edición anterior de Crítica) no podría ser exitosa a mediano plazo sino al precio de un mayor empobrecimiento del país y una sangrienta derrota de las masas. El cuadro actual deberá necesariamente resolverse en favor de la clase obrera y el arco más amplio de sus aliados estratégicos, o en favor del imperialismo y los socios que se le sometan sin condiciones.

Así, se presenta de manera descarnada la urgencia por resolver en los hechos la dialéctica entre clase, organización de masas y dirección revolucionaria, a partir de una realidad determinada por la ausencia de toda instancia de unidad social, ausencia de un genuino partido de los comunistas y sostenida ofensiva local y regional por parte de estructuras y cuadros al servicio de la socialdemocracia y el socialcristianismo.

Por todo un período la contradicción entre una crisis sin precedentes del sistema capitalista y el retroceso también sin precedentes en la conciencia y la organización del proletariado internacional, se levantó como una muralla para la acción política revolucionaria. El reinado ideológico del capital ya no es lo que fue en los años 1990. De hecho, convulsiones de los más diversos géneros muestran a escala mundial un dato nuevo y determinante: el imperialismo ha vuelto a aparecer ante las masas -y específicamente ante las juventudes- como el gran enemigo. Esa contramarcha puede computarse como una recuperación de terreno por parte de las fuerzas revolucionarias; no obstante, la confusión persiste y la distancia ganada está todavía lejos de plasmar en el terreno político. El agotamiento del llamado neoliberalismo y la reasunción de una conciencia de lucha por parte de sectores sociales afectados replantean aquella contradicción, aunque sigue gravitando con fuerza decisiva el hecho de que el proletariado, a escala mundial y en cada país, lejos de ocupar la vanguardia ideológica y política, o bien se mantiene paralizado, o bien marcha tras otros estamentos sociales, cuando no directamente de la burguesía dependiente del imperialismo. Con excepciones que no rompen la regla, la teoría que se reivindica marxista no da cuenta de esta realidad. Y en no pocos casos se niega a sí misma en un proceso de constante degradación.

La propia idea dominante respecto del carácter de la crisis que atravesamos prueba estas afirmaciones. Por convención, la etapa histórica cuyo convulsivo fin se observa a escala mundial y en todos y cada uno de los países de América Latina, se ha dado en llamar neoliberalismo. Ninguna fórmula convencional es inocente. Esta fue impuesta desde los grandes medios de comunicación, pero adoptada con fruición en la mayoría de los ámbitos de izquierdas y, sin reparo de ningún tipo, por la academia y el periodismo. En la imposición de aquella fórmula, había ya una contundente victoria ideológica de las clases dominantes, que a su vez indicaba qué estaba ocurriendo al otro lado de la frontera social, en las clases explotadas y oprimidas.

Se denominó neoliberalismo a un conjunto de medidas apuntadas a contrarrestar la caída de la tasa de ganancia que le carcomía los cimientos y lo acorralaba ideológica y políticamente en todo el mundo. Era el medicamento extremo, de destructivos efectos secundarios, aplicado a un cuerpo agónico. Una nueva y más drástica expresión de lo que Marx denominó autofagia del sistema capitalista. No obstante, fue presentada y aceptada por las masas como expresión de vigor del sistema y prueba de que no era posible rebelarse contra él.

Una respuesta fácil para explicar este resultado aparentemente insólito es atribuírselo a los medios de comunicación, potenciados por el formidable salto tecnológico del último cuarto de siglo. Imputar a la prensa comercial el curso de la política fue uno más de los rasgos culturales que predominarían desde entonces en la intelectualidad: justificación del statu quo, teorización de la impotencia, elaboración minuciosa del “cambio puntual”. En otras palabras: elogio de la irracionalidad y la cobardía(6).

Pero la imposibilidad de los escasos equipos revolucionarios marxistas para explicar lo obvio y lograr que esto se transformara en acción política tuvo otras razones, de carácter histórico y alcance global, que permitieron convencer al mundo, atravesando clases sociales, culturas y posiciones ideológicas, de algo que sí resultaba evidente para miles de millones de personas: la muerte del socialismo y la victoria definitiva del capitalismo. Como la evidencia del Sol girando en torno de la Tierra, aquélla invertía la realidad. Pero llevaría tiempo descubrir el engaño. Y el capitalismo en su conjunto utilizó al máximo ese plazo extra.

Hay una siniestra ironía en el curso de esa inflexión histórica: el “neo” liberalismo no venía a reemplazar al socialismo, sino al keynesianismo. Y éste, se sabe, había sido el antídoto utilizado in extremis en un cuerpo envenenado por el liberalismo(7). ¿Por qué reemplazar al salvador de Occidente precisamente cuando éste se mostraba vencedor y qué tenía de “neo” este sustituto respecto del liberalismo que, a fines del siglo XIX, mostró con crudeza su impotencia hasta desembocar en la Revolución Rusa en 1917? Inútil preguntarlo: los cultores del flamante comodín verbal -defensores y detractores- se negaron siquiera a tratar el punto.

Ahora, menos de dos décadas después, habrá que hacerlo. El neoliberalismo es un perro muerto y a él se le atribuye el cataclismo que sacude al mundo. Ni siquiera altos funcionarios de las finanzas internacionales se privan de denostarlo(8). Pero es precisamente en este punto que recobra fuerza la tramoya lingüística, la victoria ideológica inicial y de gran alcance que permite tergiversar nuevamente el punto de partida para la comprensión de la realidad: el ciclo agotado es… el del neoliberalismo.

El paso siguiente está a la vista: en reemplazo se propone algo que teóricos presurosos y buscadores de frases de impacto denominan ya, oh sorpresa, neokeynesianismo; una fórmula menos inocente aún que la anterior, y de más peligrosas consecuencias.

Por motivos de comunicación directa con las víctimas de este desenlace puede resultar efectivo apelar a la fórmula neoliberalismo para explicar su derrumbe. La dialéctica entre las palabras y las cosas obra en uno u otro sentido; y si antes el vocablo encubrió la realidad ahora, arrastrado por ella, puede muy bien obrar como pseudónimo del sistema mismo, cosa que está ocurriendo en diversos escenarios del mundo. Pero la respuesta es diferente cuando el objetivo consiste en afirmar un programa de acción para afrontar la crisis. Sea que se trate de un equipo de propaganda marxista, una fuerza de oposición con peso real o un gobierno empeñado en resolver la demanda de las masas, el diagnóstico de la situación no puede eludir ni maquillar la realidad a la hora de definir qué respuesta habrá de darle; qué medidas de orden económico habrá de proponer o adoptar.

Precisamente porque el mundo no asiste al fracaso del neoliberalismo, sino al agotamiento de un recurso del imperialismo frente a la crisis; porque ésta no es otra cosa que la reiteración cíclica de la caída de la tasa de ganancia y la sobreproducción capitalista, no hay espacio objetivo para reformas positivas en la relación entre las clases y la organización social. Y es también por las razones que determinaron el profundo retroceso del proletariado mundial en todos los planos, que toda respuesta deberá partir de un dato decisivo: la ausencia de un factor objetivo clave para abolir el capitalismo: la subjetividad de las masas. Sí: la subjetividad de las masas (y su traducción en formas organizativas y conductas políticas) es un factor objetivo a la hora de definir qué hacer ante la crisis del sistema.

En cualquier hipótesis, reforma o revolución no es una opción. No hay espacio real para conquistas duraderas en la actual coyuntura histórica. Lo inverso es verdad: repitiendo en escala ampliada la encerrona de la gran crisis que desembocaría en la II Guerra Mundial, la dinámica del capitalismo actual cierra toda chance de mejoras y replantea la dramática alternativa asumida por los revolucionarios de entonces: socialismo o barbarie. Después del neoliberalismo no viene la simple reiteración de una economía regulada en un cuadro estable de democracia liberal. En Argentina, esa ilusión arrastró a buena parte de la militancia hacia el Frente Grande-Frepaso-Alianza. Cuando tuvieron el gobierno en sus manos, cuadros comprometidos y experimentados no podían comprender el rumbo en que eran arrastrados, resumido en el hecho de que su gobierno convocara como ministro de Economía a Domingo Cavallo, artífice del gran viraje neoliberal. Pero había una lógica consistente detrás de aquella designación, cuya base es la ya señalada: en el actual contexto de crisis mundial la democracia liberal sólo es sostenible para llevar a cabo el plan del gran capital imperialista. Salir de éste implica necesariamente superar aquélla. Por estos días una fantasía semejante a la de la Alianza en Argentina hace estragos en la cúpula del Partido de los Trabajadores de Brasil (en el mismo sector interno que, no por acaso, apoyó públicamente la candidatura de Fernando de la Rúa en Argentina e hizo viajar a Lula a Buenos Aires para comprometerse con semejante posición). Y el fenómeno se repite en Argentina con el gobierno de Néstor Kirchner.

La imposibilidad de reformas progresistas duraderas estaba ya planteada desde comienzos de lo 80, cuando las dos grandes corrientes de la izquierda se alinearon tras la doble falacia que cerraría el camino a la comprensión de la coyuntura histórica que se abría: adaptación “progresista” al capitalismo triunfante, o adhesión a la ofensiva proletaria mundial encabezada por los obreros soviéticos… mientras el capitalismo veía avanzar su crisis estructural y los obreros de los países del ex Pacto de Varsovia, en masa, pedían el retorno al capitalismo.

La interpretación de esta coyuntura excepcional y la consecuente conducta de partidos y cuadros que se reivindican marxistas contribuyó a que las masas fueran ganadas ideológica y políticamente por las clases dominantes. Nada de lo que ocurre hoy puede ser comprendido sin esa victoria del capital. Argentina es también en ese sentido un modelo puro(9).

De tal manera, podría decirse que la crisis del sistema penetró en el propio pensamiento anticapitalista, primer paso de una dinámica que en pocos años pulverizaría partidos y organizaciones sociales y produciría volteretas grotescas en dirigentes e intelectuales. No ha faltado nada en este período: desde la formulación pseudoteórica que propone hacer la revolución sin tomar el poder, la presentación en sociedad de un nuevo pensamiento para tomar el poder y no hacer la revolución, hasta la propuesta de crear un partido piquetero. Cuando esta suma de desvíos culminó en el resultado electoral de abril pasado (véase la reseña e interpretación en la anterior edición de Crítica)y en la fulgurante aparición de Kirchner, organizaciones, dirigentes y comentaristas que contribuyeron a la confusión y la parálisis no se hicieron cargo de su responsabilidad.

 

Lo viejo reaparece travestido en las nuevas condiciones

En semejante panorama, las clases dominantes ocuparon todo el escenario político y aprovecharon al máximo la ausencia de una estrategia alternativa y la progresiva desaparición o marginalización de las estructuras sindicales y políticas de la clase obrera. Puesto que en definitiva no hay muro capaz de detener la lucha social, ésta se expresaría entonces determinada por la espontaneidad, sin conciencia ni objetivos propios, lo cual en términos leninistas supone que los combates dados no constituían, en rigor, lucha de clases. En términos electorales esto se tradujo en monopolio absoluto del voto proletario por parte de los partidos burgueses tradicionales y la nueva corriente travestida que obraría como red para pescar en aguas revueltas y retornar luego al puerto de partida. Helos allí, en torno al Partido Justicialista.

Al otro lado de la barricada, de modo más o menos articulado, más o menos consciente, innumerables tendencias impregnadas por una historia plagada de desvíos, incomprensión y frustraciones, encarnaron la voluntad revolucionaria. La mayoría de éstas comenzaron por tomar distancia de la teoría marxista, identificada (por obra de las mejores y las peores intenciones), con aberrantes experiencias organizativas y políticas. A partir de allí se abriría un abanico de posiciones con la predominancia de dos: la adaptación reformista y la búsqueda revolucionaria por caminos diferentes a los hasta entonces tenidos como tales.

La negación de la negación, esperable y posible, no tuvo lugar sin embargo: prácticamente la totalidad de las nuevas fuerzas sociales y políticas de masas, aparecidas y consolidadas durante este período, convencidas de estar renovando el anquilosado espectro de las izquierdas, en realidad dieron un fantástico salto atrás, para caer en posiciones teóricas, organizativas y políticas que el movimiento revolucionario internacional experimentó, combatió y superó desde comienzos del siglo XIX(10).

Un caso diferente fue el de las corrientes doctrinaristas que invocando a Marx, Lenin o Trotsky (o a los tres), se elevaron al cielo -al mundo metafísico de fórmulas literariamente emparentadas con lo mejor del pensamiento revolucionario, pero enajenadas de la realidad en la misma medida en que se negaron a ver la fase histórica que atravesaba el proletariado mundial- desconocieron las tareas centrales de la época y cayeron en la trampa de sostener que todo estaba dado para la revolución, excepto el Estado Mayor. De allí a considerarse el jefe en torno del cual se aglutinaría ese Estado Mayor, mediaba un paso que más de un cuadro valioso estaría dispuesto a dar, sin comprender la dinámica en la que se vería atrapado(11).

Como quiera que sea, lo cierto es que la aceleración de la crisis del sistema capitalista no se vio acompañada por un desarrollo teórico, político y organizativo, de la voluntad revolucionaria. Ese retraso explica a su vez la incorporación de innumerables cuadros a la variante reformista y plantea problemas tácticos y estratégicos de cuya resolución depende la evolución y eventual desenlace de esta coyuntura histórica.

 

Tareas de la etapa

Por todo lo dicho, la coyuntura histórica en que ocurre el fin del neoliberalismo, excluye a la vez reformas significativas y duraderas y una inmediata victoria socialista. Esto no se resuelve exigiéndole a un líder, un partido o un gobierno que rompe amarras con el sistema capitalista. La norma impuesta en no pocas organizaciones izquierdistas (en el sentido que Lenin da a esta palabra) según la cual la sociedad no se divide en explotadores y explotados, sino en traidores y traicionados, es una caricatura grotesca de posiciones revolucionarias. El cambio de posiciones por poses, ha contribuido en mucho al vaciamiento ideológico del que han sido objeto las vanguardias en los últimos años. Así, la defensa intransigente de una estrategia revolucionaria en coyunturas complejas se ha transformado en actitudes histéricas, de incalculable irresponsabilidad, frente al momento crucial que vive el planeta y específicamente América Latina.

El cuadro coyuntural condiciona tipo, modo, profundidad de las decisiones, plazos y caminos para cumplirlas. A una fuerza política fehacientemente comprometida con los intereses de las masas nadie podría negarle un margen muy amplio de acción. Esto, que es un axioma en cualquier circunstancia, resulta vital en el inédito período histórico que atraviesan las masas explotadas y oprimidas del mundo. El marxismo no es un catálogo de principios(12), del mismo modo que el pragmatismo no es prueba de mayor capacidad para “hacer política”.

De allí se desprende una crucial tarea teórica y militante para el próximo período: impedir que la respuesta al ultraizquierdismo sea el pragmatismo, y que éste ocupe el lugar de la comprensión científica de la sociedad y la historia. Si las relaciones de fuerza aconsejan medidas transitorias de contenido ambivalente o directamente impiden en una determinada coyuntura la adopción de decisiones que resuelvan en términos prácticos aquella oposición entre remendar el sistema o reemplazarlo, ello no deberá ser eludido con frases grandilocuentes y conductas irresponsables, carentes de toda traducción posible en una política de masas con sentido antimperialista y anticapitalista, pero tampoco asumido como plataforma programática y tanto menos como definición ideológica. El pragmatismo es la tumba de todo proyecto revolucionario. La capacidad para responder de manera concreta a situaciones concretas, la flexibilidad política, no es patrimonio del pragmatismo, así como enarbolar principios frente a la demanda quemante de la realidad no tiene punto de contacto con el marxismo. La única estrategia consistente para quienes se comprometan hoy con una respuesta anticapitalista a la eclosión de la crisis consiste en reivindicar y desarrollar la teoría científica de la revolución social (esto es, según la expresión leninista, hacer propaganda; o sea educar a las masas y acerar una vanguardia), y aunar esa labor con los dos corolarios inseparables que de ella se desprenden: formar cuadros y organizarlos en un partido revolucionario que -cuando las masas se muestren dispuestas- quiera, sepa y pueda encabezar el combate por la toma del poder real y el ataque frontal al corazón del sistema. Esta generalidad toma cuerpo en situaciones concretas, diferentes en cada país y aun cada momento. Descubrirlas, intepretarlas y darles respuesta: he allí la tarea de una dirección revolucionaria.

 

Base social y transición política

Todo lo anterior conduce a definir la situación actual como período de transición. Este no tiene ni puede tener plazos ni formas predeterminadas; por el contrario, podrá cubrirse en un lapso brevísimo o en largos períodos según el desarrollo de acontecimientos imprevisibles que serán diferentes en cada país. En sustancia, se trata del recorrido necesario para que el proletariado pase, según la expresión de Marx, de “clase obrera en sí, a clase obrera para sí”. No hay manera de transponer con éxito y de manera duradera la barrera del sistema capitalista sin esta transformación. Quienes creen que la conciencia de clase es un factor dado se equivocan tanto como quienes suponen que sin esa conciencia se puede llevar a cabo una revolución socialista.

Dos cuestiones enmarcan esta afirmación. La primera, alude a las formas y plazos que supone la asunción de una conciencia “para sí”. La segunda, a la definición misma de clase obrera. En debate con los hoy eclipsados creadores de un nuevo pensamiento (es difícil alcanzar una síntesis superadora del saber humano mientras se maniobra por obtener una banca de diputado), en agosto de 2000 citábamos en Crítica la definición que Marx da sobre la condición obrera:

“Dentro del capitalismo, sólo es productivo el obrero que produce plusvalía para el capitalismo o que trabaja para hacer rentable el capital. Si se nos permite poner un ejemplo ajeno a la órbita de la producción material, diremos que un maestro de escuela es obrero productivo si, además de moldear la cabeza de los niños, moldea su propio trabajo para enriquecer al patrono. El hecho de que éste invierta su capital en una fábrica de enseñanza en vez de invertirlo en una fábrica de salchichas, no alterna en lo más mínimo los términos del problema. Por tanto, el concepto de trabajo productivo no entraña simplemente una relación entre la actividad y el efecto útil de ésta, entre el obrero y el producto de su trabajo, sino que lleva además implícita la relación específica social e históricamente dada de producción, que convierte al obrero en instrumento directo de valorización del capital”. (El Capital, T I, pág. 426).

 “(…) el carácter específico del trabajo productivo no se halla vinculado para nada al contenido concreto del trabajo, a su utilidad especial, al valor de uso determinado en que traduzca. Cuando Milton, por ejemplo, escribía El Paraíso perdido, era un obrero improductivo. En cambio, es un obrero productivo el autor que suministra a su editor originales para ser publicados. Milton produjo El Paraíso perdido como el gusano de seda produce la seda: por un impulso de la naturaleza. Después de lo cual, vendió su producto por 5 llibras esterlinas. En cambio, al autor que fabrica libros –manuales de economía política, por ejemplo- bajo la dirección de su editor, es un obrero productivo, pues su producción se halla sometida por definición al capital que ha de hacer fructificar”. (Carlos Marx, Historia Crítica de la Teoría de la Plusvalía, Editorial Cartago, Tomo IV, pág. 220).

Complementaba Marx estas definiciones con lo siguiente:

“El campesino, considerado como propietario de los medios de producción (esto vale para todos los cuentapropistas, LB) es un capitalista; considerado como obrero, es su propio asalariado. Como capitalista, se paga a sí mismo su salario, obtiene una ganancia de su capital, se explota a sí mismo como asalariado y se paga con la plusvalía el tributo que el trabajo adeuda al capital (…) Es, gracias a ello, su propio capitalista y su propio obrero asalariado. La separación de estos dos papeles constituye el estado normal en este tipo de sociedad. Cuando no existe, como en este caso, se da por supuesta su existencia, y con razón; la unión se considera puramente accidental, reputándose el desdoblamiento como normal, aunque ambas funciones aparezcan reunidas en la misma persona. En situaciones como éstas vemos de manera tangible cómo el capitalista no es sino el funcionamiento del capital y el obrero el funcionamiento de la fuerza de trabajo. Por lo demás, la ley del desarrollo económico exige que éste asigne estas funciones a distintas personas”. Así, la reversión de aquel desdoblamiento –el aumento en flecha del cuentapropismo- expone una retrogradación muy aguda del sistema como tal.

Pero falta todavía voltear otro mito:

 “En una fábrica, los peones no intervienen directamente en la elaboración de la materia prima. Los obreros encargados de vigilar a los que trabajan en esa faena son ya de una categoría un poco superior; los ingenieros trabajan principalmente con la cabeza. Pero el resultado es el producto de ese conjunto de obreros, que poseen fuerzas de trabajo de distinto valor. Consideran como fruto simple del proceso de trabajo, este resultado se expresa en mercancías o en productos materiales. Y todos en conjunto, en cuanto obreros, son como máquinas vivas que fabrican estos productos. Del mismo modo, si enfocamos el proceso de producción en su conjunto, vemos que cambian su trabajo por capital y reproducen como capital, es decir, con una plusvalía, el dinero del capitalista. El tipo de producción capitalista se caracteriza, en efecto, por el hecho de separar y encomendar a personas distintas los diversos trabajos, intelectuales y manuales; lo cual no impide que el producto material sea el producto común de todas estas personas ni cada una de estas personas sea, con respecto al capital, un obrero asalariado, un obrero productivo en el sentido más elevado de la palabra” (Ib. Pág. 222 et. pas.).

Marx no deja una idea sin exprimirla hasta el final y agrega:

 “Un actor, incluso un clown, puede ser, por tanto, un obrero productivo si trabaja al servicio de un capitalista, de un patrón, y entrega a éste una cantidad mayor en trabajo de la que recibe de él en forma de salario. En cambio, un sastre que trabaja a domicilio por días, para reparar los pantalones del capitalista, no crea más que un valor de uso y no es, por tanto, más que un obrero improductivo. El trabajo del actor se cambia por capital, el de sastre por renta. El primero crea plusvalía, el segundo no hace más que consumir renta” (Ib. Pág. 137)

Es a partir de estas bases teóricas que hablamos de proletariado. Basta trasladar la definición al entorno inmediato para comprobar datos determinantes de nuestra realidad contemporánea: en primer lugar, la clase obrera ha aumentado numéricamente; en segundo lugar, ha elevado cualitativamente su nivel de instrucción y capacitación técnica, teórica y cultural. El hecho de que un ingeniero, un profesor de literatura, un abogado, un periodista o arquitecto no se sientan obreros no cambia en absoluto el lugar que objetivamente ocupan en el sistema de producción capitalista en su actual estadio de desarrollo. Tampoco es menos cierto que en condiciones de estabilidad socioeconómica, la falsa conciencia de los técnicos en computación, los ingenieros industriales, los físicos atómicos o cualquier otro profesional proletarizado, tiene un peso relevante, eventualmente decisivo a favor del capitalismo, en el devenir político. De hecho, no hay modo de realizar un cambio revolucionario socialista mientras esa situación se mantenga.

Sin embargo es un error grave suponer que esa falsa conciencia requiere un período histórico para transmutarse, alcanzar una conciencia de clase y asumir las consecuencias políticas que esto supone. A la vez, parece obvio que tales estratos, en el camino de asunción de su realidad social y política, pasen por las estaciones del nacionalismo desarrollista, el reformismo socialdemócrata u otras propuestas que camuflan con llamados al cambio la idea de preservar el sistema capitalista.

Desde luego, la degradación teórica de ciertas organizaciones y autores que se reivindican marxistas no contribuye para que estos contingentes numérica y cualitativamente decisivos del proletariado tomen conciencia de su condición y se sumen a una propuesta revolucionaria. La debacle teórica de quienes, en busca de lo que denominan “nuevos actores sociales”, recalan en la invención de la categoría “piquetero”, puede medirse por el hecho de que en una actitud demagógica frente a las víctimas más castigadas del capitalismo están proponiendo como vanguardia estratégica al sector más atrasado y socialmente inconsistente del proletariado, enajenando a las franjas obreras con la verdadera capacidad de cambiar el sistema por el simple hecho de que en sus manos está el funcionamiento del mecanismo de producción y distribución de bienes. Semejante política sólo puede conducir a la profundización de las divisiones en el seno de la clase obrera, prólogo de un dramático fracaso que golpearía en primer lugar a los desocupados y de allí al conjunto social.

La redención de las masas arrojadas a la marginalidad por la crisis del capitalismo es inviable sin la revolución socialista. Esta a su vez es impensable sin el protagonismo dirigente de los estratos más avanzados del proletariado industrial. El hecho cierto de que grandes contingentes de desocupados estructurales y marginalizados tienen ocasionalmente sectores dispuestos a movilizarse -incluso cuando la clase obrera con empleo elude la lucha, como es el caso en Argentina desde hace una década- no puede confundirse con su capacidad para sostener la movilización, para asumir un programa revolucionario y encabezar a una sociedad que busca convulsivamente alternativas ante el flagelo de la crisis. Por el contrario, como se ve por estos días en Argentina, la dependencia directa y extrema de los desocupados respecto de los subsidios manejados por el Estado, incluso cuando alcanzan algún nivel de organización, los hace víctimas de la manipulación destinada a dividirlos, a servir de base de maniobra a aparatos del capital o ser utilizados como instrumento de provocación. El fenómeno inverso está en curso en Venezuela, donde los obreros petroleros -incluyendo técnicos de máxima calificación, ingenieros, científicos, economistas, abogados, etc- recorren rápidamente el camino hacia la conciencia de clase (véase en esta edición “Los trabajadores asumen la Revolución Bolivariana, pág. 35).

Entre ambos extremos puede hallarse toda la gama en los países restantes. El desafío para los revolucionarios marxistas no consiste en ver quien repite más veces que es necesaria la revolución socialista, sino en encontrar los factores comunes que permitan unificar fuerzas sociales y recorrer, tan rápido como sea posible en las condiciones dadas en cada momento y lugar, el camino de la constitución del nuevo proletariado, que resultará de la incorporación de todos sus componentes objetivos. El proletario medio del siglo XXI no es un peón textil o metalúrgico, sino un técnico altamente calificado o profesional con título universitario. Esto, desde luego, reclama organizaciones, métodos y dirigencias necesariamente nuevos, entendiendo por tales una superación efectiva de aquellos a que diera lugar el estadio anterior. La noción de partido leninista no queda abolida, como sostienen quienes abjuran de la revolución social, de la lucha por el poder o de ambos objetivos. Vencer al capitalismo, más centralizado que nunca, requiere instrumentos a la altura del perfeccionamiento alcanzado por el Estado burgués. El nuevo proletariado está en condiciones de forjarlos. Pero es claro que organizar y encabezar este nuevo proletariado requiere algo más que gritos destemplados o buenos afiches electorales con el rostro de quienes se proponen como vanguardia.

El impacto del derrumbe de la Unión Soviética (resultado de una derrota con raíces en la década de 1920, pero realizada plenamente recién a fin de siglo), sobre la conciencia de los trabajadores y las juventudes es un factor mayor para comprender la realidad política mundial, regional y nacional. Recuérdese la frase de Marx, tantas veces citadas aquí: “a una fuerza material sólo puede vencerla otra fuerza material, pero las ideas, cuando penetran en las masas, se transforman en una fuerza material”. Ocurre que en esta fase histórica se materializó como poderosísima fuerza política la idea de que el socialismo era peor que el capitalismo, combinada con el viraje de innumerables cuadros hacia la convicción de que a un capitalismo todopoderoso e invencible sólo se le podía contraponer la lucha por reformas parciales.

El mundo está frente al resultado paradojal de aquella contraofensiva global estratégica, que precisamente por haber sido exitosa en todos los terrenos y por haber llevado a casi punto cero la resistencia económica del proletariado industrial mundial, liberó todas las fuerzas inmanentes, autodestructivas, del sistema capitalista, conduciéndolo a la más profunda y extensa crisis general en toda su historia. La destrucción de partidos y sindicatos obreros en todo el mundo, tiene un doble contenido: plasmó y aceleró la desmoralización y desmovilización de los trabajadores con empleo, y a la vez mostró la necesidad histórica -y abrió la oportunidad- de crear nuevas organizaciones a la medida de los nuevos tiempos.

 

 Transición y programa

En América Latina el agotamiento del neoliberalismo, en los términos que lo hemos definido, da lugar a una nueva configuración política regional, con Brasil encabezando, no sin grandes dificultades, un conjunto de países constituido por Argentina, Paraguay, Bolivia y, desde un ángulo propio, Venezuela. El gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva ha asumido sin rodeos la estrategia del gran capital brasileño relativa a la política económica consistente en negociar con Washington desde posiciones de fuerza, limar las aristas más gravosas del ALCA y lanzarse a la búsqueda y consolidación de un mercado para los productos brasileños y suramericanos que, a los ya existentes en Estados Unidos y la UE, sume países de Asia y Africa. Desde la posición de debilidad determinada por la heterogeneidad de su gobierno y la ausencia de base propia, el presidente Néstor Kirchner acompaña ese rumbo. Esta línea de acción encarna la necesidad y única posibilidad de las burguesías suramericanas para afrontar a la vez la descontrolada voracidad imperialista y la demanda creciente de las masas en todos los terrenos. Cuenta además, dentro de ciertos límites, con el respaldo de la UE frente a Estados Unidos. No sin ingenuidad, un alto ejecutivo de una empresa europea define desde su ángulo de visión la tarea planteada:

“(Con Lula y Kirchner) los relojes de las dos naciones mayores del sur americano parecen sincronizarse en el proyecto de fortalecer y engrandecer el bloque regional del Mercosur (…) Si bien no faltan sectores que imaginan este nuevo lanzamiento del bloque como un proyecto de proteccionismo ampliado, un amurallamiento destinado a desconectar a la región del vasto proceso de integración económica planetaria que se conoce como globalización, todo hace pensar que no será ésa la resultante real de este nuevo intento, sino, más bien, la búsqueda de un globalismo arraigado en las lógicas productivas de las naciones del Mercosur, de un universalismo en el que éstas no resignen la especificidad de sus culturas e intereses y del que puedan sentirse sujetos, no meras piezas de un ajedrez ajeno”(13).

En efecto, el Mercosur es la palanca elegida para negociar desde posiciones de fuerza con Washington y abrir nuevos horizontes a las burguesías locales. Y no cabe duda de que se trata de la única vía posible para huir hacia delante. Conviene en este punto recordar la caracterización y la línea de acción trazadas por la Unión de Militantes por el Socialismo en su IV Congreso, en noviembre de 2002:

 “Si se confirma la victoria del PT en segunda vuelta el continente estará ante una múltiple derrota de Estados Unidos. La segunda de gran envergadura en cuatro meses en Sudamérica. La burguesía brasileña había trazado ya con el gobierno de Fernando Henrique Cardoso una línea roja contra el ALCA. Esa línea se engrosará a partir de ahora, pese a que un sector del PT está, desde hace tiempo, a la derecha del actual gobierno en relación con este dilema estratégico.

“La lucha contra el ALCA debe ser cuidadosamente definida porque allí se presenta el punto en el que la lucha antimperialista en sus términos más amplios es tangencial a la política de conciliación de clases. Para los revolucionarios marxistas la oposición a la unificación continental que plantea el imperialismo estadounidense no tiene el mismo carácter, la misma dinámica ni el mismo contenido puntual que tiene para las burguesías regionales. Además de la fractura que las divide entre socios menores de Washington y defensores de la industria y el mercado propios, éstas se dividirán en el próximo período entre quienes adoptarán un discurso nacionalista y quienes, con la Unión Europea detrás, pretenderán sostener el marco liberal. Esta será una prueba de fuego para los revolucionarios marxistas, que tendremos que defender la nación frente a lo que sin duda será una cada día más acentuada presión imperialista -que antes de no mucho se traducirá abiertamente en el terreno militar- y al mismo tiempo tendremos que levantar el estandarte de la democracia de masas como continuidad dialéctica de la democracia liberal burguesa.

“Para nosotros lo opuesto al ALCA no es el Mercosur. Esa noción, hoy popularizada en filas de izquierda, carece de todo y cualquier fundamento desde el punto de vista de la clase obrera. Lo contrario al ALCA es hoy la defensa de todo aquello que contribuya a instaurar una dinámica en cuyo desenlace histórico aguarda la creación de una Confederación Socialista de las Américas. El Mercosur puede sí ser un ámbito en el que se abroquelen las burguesías regionales para resistir la embestida de un Estados Unidos minuto a minuto más acuciado por su crisis económica. La coincidencia antimperialista, sin embargo, deberá proyectarse en una estrategia y un conjunto de tácticas propias, todas contrapuestas en fundamento y diferenciada en la acción ante las masas a los intereses y políticas burguesas. Es dudoso que el PT pueda resolver eso correctamente en una primera fase. Lo más probable es que se limite a la diplomacia de “un Mercosur ampliado”. Esto deberá ser apoyado por los revolucionarios marxistas, pero entendido como vía de transición hacia formas políticas (Confederación, moneda única) y económicas (planificación de grandes emprendimientos comunes) de asociación sudamericana en la cual la clase obrera deberá constituirse como tal y disputar el poder político a esa escala. De modo que, además de bregar con el máximo de nuestras capacidades por darle forma concreta a un bloque antimperialista continental -es decir, que incluya a los trabajadores y los pueblos de Estados Unidos y Canadá, como también propusimos cuando participamos en la fundación del Foro de São Paulo- debemos asumir esas dos magnas tareas históricas: la constitución de la clase obrera latinoamericana como clase para sí, y la conformación de todos los instrumentos necesarios para la lucha por el poder. Ese camino no vamos a comenzar a recorrerlo ahora. Es el que venimos trazando y andando desde nuestra fundación”(14).

Dos años después es evidente quiénes, cómo y cuánto han andado aquel camino. Y la relación de fuerzas resultante de las líneas de acción asumidas están a la vista: tiene más de un significado que el Mercosur haya resuelto designar un Presidente y que el cargo le haya sido entregado a Eduardo Duhalde(15). Mientras se redacta este artículo llega la noticia de que Lula parte en una larga gira comercial hacia Oriente y lleva como invitado especial al ex presidente argentino. Que Duhalde acompañe al titular del Partido de los Trabajadores de Brasil inmediatamente después de haber expuesto con claridad la necesidad de reprimir las manifestaciones de los desocupados, es un símbolo de la dinámica impresa en esta alianza de clases definida por el PT como única salida a la solución de los problemas de nuestros pueblos.

No es menos significativo, sin embargo, el curso tomado desde entonces por la Revolución Bolivariana y su proyección como fuerza actuante a escala suramericana, pese a la imposibilidad verificada hasta el momento de articular sobre bases genuinas y con dinámica de masas un bloque antimperialista continental.

La resultante es la pérdida de la iniciativa política por parte de Estados Unidos en América del Sur y la conformación de dos grandes corrientes que sin choques públicos pero no por ello con menor crudeza, se disputan la primacía como conducción estratégica efectiva: el gobierno brasileño, acompañado por el gran capital local y respaldado por la socialdemocracia y el socialcristianismo de un lado; y el gobierno del presidente Chávez, sin retorno enfrentado con la clase dominante de su país, respaldado por los movimientos revolucionarios y populares de todo el continente y, naturalmente, por Cuba. En este cuadro de disposición de fuerzas, Washington torpedea con el máximo de brutalidad al gobierno de Chávez y presiona con instrumentos diplomáticos y financieros a Lula, mientras la UE ataca con sordina a la Revolución Bolivariana y saluda con alborozo la “madurez y sensatez” del PT. A su vez, en instancias claves como la reunión de la OMC en Cancún y del ALCA en Miami, opera el eje objetivo Brasilia-Caracas e impide a Washington lograr sus objetivos, obligándolo a un retroceso sistemático en esos terrenos. Mientras tanto, la ausencia de Lula en el Encuentro Social Alternativo en Santa Cruz de la Sierra y el discurso programático de Chávez en esa reunión, proyectan en otro plano la diferencia estratégica entre ambas concepciones.

Dividir estas dos corrientes de proyección histórica es un objetivo del imperialismo, buscado igualmente por la socialdemocracia y socialcristianismo. Impedir esa división, buscar sistemáticamente la unidad social y política a escala continental, dar constantemente la batalla ideólogica, política y organizativa, es una tarea estratégica para los revolucionarios marxistas de todo continente.

Es por estos vericuetos que discurre la transición. Las masas obreras, campesinas, desocupadas y juveniles, no tienen banderas comunes más allá del reclamo de trabajo, tierra, justicia. Hay sí una creciente identificación de un enemigo común: Estados Unidos. No el concepto abstracto de imperialismo, sino la imagen despreciable de Bush. Las masas explotadas y oprimidas no enarbolan como conjunto social una propuesta de sociedad alternativa, ni aun en sus más elevadas formas de lucha, como quedó claro en Ecuador y Bolivia. En Brasil, resulta obvio que los trabajadores y las masas desposeídas que llevaron a Lula al gobierno confíen en él, crean en sus argumentos para pedir paciencia y le den tiempo para obtener los cambios esperados; en Argentina, después de la prueba de fuego que expuso la desubicación e incapacidad de las izquierdas, no puede sorprender que el discurso de Kirchner genere expectativas positivas en una mayoría de la sociedad; en Bolivia, no asombra que las mismas masas que depusieron a Sánchez de Lozada le den tregua a su vicepresidente, Carlos Mesa, y que incluso no rechacen de plano la idea de que éste termine su mandato en 2007, para entonces buscar un gobierno propio; en Ecuador no cabe sorprenderse por el hecho de que el poderoso movimiento de masas que catapultó al poder a Lucio Gutiérrez esté ahora desmovilizado y acaso ceda la iniciativa política a sectores del capital que disparan contra el militar tránsfuga; en Venezuela, aun con las pausas y desvíos de la ofensiva revolucionaria lanzada por Chávez, es el único país donde se constata un avance sistemático de las masas en términos políticos e ideológicos y también el único país de la región donde la clase obrera industrial, desde sus estratos más avanzados, comienza -lenta y contradictoriamente, como podía ser de otra manera- a recorrer un empinado camino de autoorganización y asunción de una conciencia de clase.

Cuba, mientras tanto, al precio altísimo pagado a comienzos de año para frenar una nueva embestida contrarrevolucionaria estadounidense, con la que consciente o inconscientemente contribuyeron todos quienes condenaron el fusilamiento de tres mercenarios, continúa en su papel de vanguardia ideológica en medio de este panorama donde por un lado resalta la reaparición generalizada de la movilización de masas y por otro el atraso y desagregación.

Es a esta transición y en esta coyuntura que los revolucionarios marxistas debemos responder. No se trata de una consigna. Sino de un concepto. Lo elaboraron los máximos dirigentes de la Revolución Rusa -en un cuadro por completo diferente, aunque con muchos puntos en común- en el Cuarto Congreso de la Internacional Comunista, en 1922. La noción de Frente Antimperialista allí afirmada es hoy la única herramienta común a los trabajadores y los pueblos suramericanos capaz de permitir pasos concretos hacia la unidad social frente a Estados Unidos, un enemigo que, sin iniciativa política, sumando derrotas y atenazado por la crisis, tiene no obstante un enorme poder destructivo, ya desplegado y a punto de poner en funcionamiento con toda su fuerza letal.

No se debe dejar el menor espacio a los charlatanes irresponsables que hablan del socialismo inmediato y dificultan la unidad de las masas. No se debe ceder un milímetro en la lucha ideológica y política con las innumerables expresiones de la burguesía y el imperialismo travestidas de progresistas, populares o nacionaldesarrollistas que muestran los dientes a los yanquis, pero no muerden y, sobre todo, impiden que los trabajadores adquieran independencia política, organizativa y programática para dar la batalla. El frente único antimperialista es la única instancia de unificación de grandes masas, a escala nacional y suramericana, de organización y concientización de millones de víctimas de la crisis capitalista. Todas las demandas democráticas y económicas que las masas esbocen, serán consignas reivindicables en el programa de los revolucionarios marxistas. Sólo nos diferenciaremos en la tenacidad e intransigencia con que las defenderemos y en el hecho clave de que, en cada instancia y en todo momento, propugnaremos la organización democrática, plural y antimperialista de las masas como base de sustentación de un gobierno de los trabajadores y el pueblo.

 

1.- Desarrollo y significado de ambas reuniones fueron analizadas en “América Latina esboza su propuesta”, Luis Bilbao, Le Monde diplomatique edición Cono Sur; Buenos Aires, diciembre de 2003.

2.- “Altogether now”; The Economist, London 22 de noviembre de 2003.

3.- “A flood of red ink”; The Economist, London, 8 de noviembre de 2003.

4.- “Boom or gloom?”; The Economist; London, 22 de noviembre de 2003.

5.- En un texto periodístico, el economista brasileño Theotonio dos Santos sostiene que la economía mundial está en “la primera fase de un nuevo ciclo de crecimiento”. Aun sin explicitarlo ni referirse al tema, parecen coincidir con él economistas argentinos como Eduardo Amadeo y Rubén Lo Vuolo, quienes en sendos libros de reciente aparición (La salida del abismo; Planeta, Buenos Aires, noviembre 2003 y Estrategia económica para la Argentina; Siglo XXI, Buenos Aires, noviembre 2003, respectivamente), desconocen la base internacional sobre la cual edifican sus propuestas para la economía local.

6.- Un texto hecho a la medida de esas funciones (y no por acaso recientemente reeditado), fue La sangre derramada –Ensayo sobre la violencia política-, una suerte de justificación pseudofilosófica del espíritu de derrota, claudicación y conversión ideológica que tomaría cuerpo en el Frente Grande-Frepaso-Alianza. Véase por ejemplo este postulado teórico: “Marx, hoy, al no existir el proletariado revolucionario superador, sólo podría enaltecer a la burguesía revolucionaria desde sí misma, como parte de ella”. José Pablo Feinmann, Seix Barral, Buenos Aires 2003.

7.- “Yo las defiendo (las medidas que acentúan la participación del Estado en la economía) porque son el único medio practicable de evitar la destrucción total de las formas económicas existentes” (John M. Keynes; Teoría general del empleo, el interés y el dinero; Planeta-Agostini; Buenos Aires, 1994).

8.- Es el caso de, entre otros, el Sr. Joseph Stiglitz, prototipo de la irracionalidad del pensamiento económico burgués al que se aferran en su naufragio teórico, político y moral demasiados expertos y comentaristas de la materia. “Aunque nadie estaba satisfecho con el sufrimiento que acompañaba a los programas del FMI, dentro del Fondo simplemente se suponía que todo el dolor provocado era parte necesaria de algo que los países debían experimentar para llegar a ser una exitosa economía de mercado, y que las medidas lograrían de hecho mitigar el sufrimiento de los países a largo plazo. Algún dolor era indudablemente necesario, pero a mi juicio el padecido por los países en desarrollo en el proceso de globalización y desarrollo orientado por el FMI y las organizaciones económicas internacionales fue muy superior al necesario”, dice Stiglitz en su best seller mundial El malestar en la globalización, Taurus, Buenos Aires, 2002. El autor de esta nueva versión de Caperucita Roja es Premio Nobel de Economía. Por su parte, en 1998 escribía Paul Krugman en El teórico accidental: “A finales del siglo XX casi nadie cree que haya alguna buena alternativa a una economía de mercado; a lo sumo podemos esperar aliviar a la gente de los aspectos más crueles de la economía” (Ed. Crítica; Barcelona 1999). Un año después el mismo autor diría: “Olvidamos el asombro que sentimos cuando estos modelos ejemplares comenzaron a perderse en el camino, un asombro que de hecho era totalmente apropiado porque no era de ninguna manera obvio, incluso ahora, cómo pudieron salir tan mal las cosas” (De vuelta a la economía de la gran depresión; Norma, Buenos Aires 1999).

9.- Los textos de Crítica donde se encontrará nuestra posición en aquel debate pueden hallarse en www.geocities.com/nuestrotiempo. Está disponible asimismo la colección completa de 29 volúmenes.

10.- Ver “Qué frenó la construcción política de masas”; Cristina Camusso, Crítica N° 28, agosto-octubre 2003; y “La gran prueba”, Crítica N° 25, diciembre 2000.

11.- Una penosa parábola arrastró a este tipo de organizaciones y sus dirigentes, que combinaron desviaciones electoralistas y virajes conceptuales y contribuyeron al vaciamiento teórico y el colpaso político: poner a secretarios generales de partidos que se proclaman revolucionarios e internacionalistas a disputar un cargo de Concejal (y festejar como victoria histórica la obtención de ese puesto); aferrarse a una categoría sin fundamento, a la que se denominaría “piquetero” y se le atribuiría la capacidad de crear un partido; utilizar toda expresión de lucha genuina para producir una victoria propia (manipulación en las Asambleas barriales que irrumpieron en diciembre de 2001, intervención ultrista y divisionista en las escasísimas luchas obreras de resistencia). El desenlace está a la vista: rotundo desastre electoral (expresión patética de esto fue que los dos cargos en la Legislatura de Buenos Aires obtenidos por el PC y el PO en la figura de sus secretarios generales fueron perdidos), multiplicación de las luchas intestinas, fraccionamiento extremo de los aparatos “piqueteros” (con injerencia enorme del Estado mediante el manejo de los fondos con los que se pagan subsidios), degeneración que lleva, como en el caso de la empresa Sasetru, a choques entre obreros donde quienes se suponen vanguardia emplean armas de fuego contra los propios trabajadores.

12.- “Los principios no son el punto de partida de la investigación, sino su resultado final, y no se aplican a la naturaleza y a la historia humana, sino que se abstraen de ellas; no son la naturaleza ni el reino del hombre los que se rigen según los principios, sino que estos son correctos en la medida en que concuerdan con la naturaleza y con la historia”. Federico Engels, Anti-Dühring, Obras de Marx y Engels, T 35; Grijalbo, Barcelona 1977.

13.- “Integrarnos al mundo, arraigarnos en el Mercosur”; Luis Ureta Sáenz Peña, Director general de PSA de Peugeot-Citroen Argentina. Archivos del presente, Buenos Aires, 2003.

14.- IV Congreso de la UMS- Resolución internacional. Eslabón N° 41, Buenos Aires, diciembre de 2001. www.geocities.com/ums_ar

15.- Prueba adicional de nuestra afirmación, en la edición anterior de Crítica, de que el de Kirchner es por su base social y partidaria una continuidad lineal del de Duhalde, respaldado por Raúl Alfonsín.

 

 

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