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argentina como clave regional

Dilemas de la transcición en Suramérica a comienzos del siglo XXI

07/09/2005

porLBenCR

 

Transcurridos apenas cinco años del siglo XXI, Suramérica como totalidad ha ingresado a una fase histórica cualitativamente diferente de la que determinó su curso durante el largo ciclo precedente. En rigor, esa fase se inscribe en otra mayor, determinada por la crisis general del capitalismo y su principal consecuencia política en el hemisferio: la autonegación y desarticulación de los grandes movimientos nacional-burgueses que dominaron el escenario político de la región durante prácticamente todo el siglo XX. Se trata por tanto, si se permite la imagen, de una transición dentro de la transición.

Tomando prestada una expresión de la ciencia económica, podría decirse que la “onda larga” del devenir político iniciada en los ’70 tuvo su primera fase con el debilitamiento y fragmentación de las grandes fuerzas políticas de masas nacional-burguesas en América Latina. Luego los aparatos dirigentes de aquellas fuerzas de masas se autonegaron para servir como ariete imperialista en la aplicación de medidas anticrisis (superexplotación del trabajo asalariado, traslación de la plusvalía de las burguesías locales a los centros metropolitanos mediante argucias financieras, saqueo descarado de las materias primas). La tercera fase está en curso: el movimiento de autodefensa de las burguesías suramericanas es acompañado por un intento de recomposición de formas híbridas de nacionalismo burgués y reformismo clásico. Hay que decirlo para comenzar y sin rodeos: si este proceso desembocara en la reconstitución de movimientos nacional-burgueses o popular-reformistas con respaldo de masas, todo el ciclo de medio siglo de luchas revertiría y los obreros y campesinos latinoamericano-caribeños sufrirían una derrota histórica, que a su vez repercutiría con efectos devastadores a escala mundial. Simultáneamente, sin embargo, estas formas híbridas hoy dominantes significan un límite que Estados Unidos no puede admitir en ningún sentido. El papel que en ese conjunto juega la Revolución Bolivariana de Venezuela agrega un factor revulsivo, que a la vez empuja y frena a los gobiernos de la región obligados a tomar distancia de Washington: si no siguen el ejemplo de las medidas radicales que aplica Hugo Chávez en favor de las masas y en defensa de la soberanía y el crecimiento, estarán amenazados por obreros, campesinos y juventudes embanderados con un proceso que ya ha proclamado la necesidad de transponer el capitalismo y edificar un nuevo socialismo; si intentan emularlo mientras frenan el ímpetu de aquella revolución, día a día más identificada con la Revolución Cubana, corren el riesgo de chocar con sus socios-enemigos y ser derrocados por ellos. En el centro de este dilema, el Departamento de Estado estadounidense no disimula su estrategia: el empleo de la violencia a escala hemisférica, con punto de partida en Venezuela y Cuba y apoyo en su dispositivo militar continental.

No hay modo de eludir esta evidencia: Suramérica está ante la revolución, la guerra y la contrarrevolución. La batalla está por delante; advertirlo no implica pesimismo y mucho menos duda, sino todo lo contrario: la certeza de que están dadas las condiciones para afrontarla y ganarla. Para ello es preciso ante todo despejar las incógnitas principales, los dilemas teóricos, políticos y estratégicos, a partir de cuya respuesta se podrá orientar la tarea revolucionaria. Se trata de plantear, debatir y resolver, en el fragor de la lucha política diaria, el carácter del momento histórico que vive el mundo; el estado real material, de conciencia, organización y disposición del proletariado internacional; la necesidad/posibilidad de un Frente Antimperialista a escala nacional, regional y mundial; la teoría del partido requerido por una revolución social; la relación Frente Antimperialista-Partido Revolucionario.
Coyuntura histórica

La base para interpretar la situación y la dinámica del cuadro político continental está en la crisis del capitalismo a escala mundial, con centro en las metrópolis imperialistas, reaparecida como factor determinante en el último cuarto del siglo XX (1). La profundidad y magnitud de esa crisis clásica del sistema (sobreproducción de bienes y servicios), se enmarca en un momento histórico sin precedentes, en el cual el capital tiene la iniciativa estratégica a escala mundial y la lucha interimperialista por el control de los mercados se manifiesta de manera constantemente agudizada, gravitando sobre el conjunto de contradicciones que atraviesan el planeta.

Lejos de ser una novedad, esta situación se ha repetido cíclicamente desde que el capitalismo se impuso a escala global. Factores nuevos se presentan sin embargo en dos terrenos:

  •  la aceleración de una revolución permanente en la ciencia y la tecnología, que potencia el desarrollo de las fuerzas productivas y transforma sin pausa las formas de producción y las relaciones individuales y sociales;
  • la inexistencia en la conciencia de las masas proletarias del mundo (geométricamente acrecidas precisamente por el avance vertiginoso en la universalización de la ley del valor), de su propia condición de tales y de que la respuesta a los innumerables, crecientes e insoportables sufrimientos materiales y espirituales de la vida contemporánea está en la abolición del capitalismo y la creación de un sistema socialista mundial.

La subjetividad de las masas es un factor objetivo para la revolución. La caída de la URSS y la identificación de este cataclismo histórico con el definitivo fracaso del socialismo produjo un efecto letal en la conciencia de cientos de millones de obreros en todo el mundo, clausurando para la inmensa mayoría todo horizonte más allá del sistema capitalista. Como no podía ser de otra manera, esto redundaría en el debilitamiento de las organizaciones sociales y políticas de la clase trabajadora. Entrelazadas, estas causas y consecuencias permearían a toda la sociedad, ganando masivamente a las juventudes y la intelectualidad y estableciendo una dialéctica negativa que diezmó organizaciones, personalidades y proyectos socialistas de la más amplia gama. La asunción plena y formal de los programas anticrisis del capitalismo (denominados ‘neoliberalismo’) por parte de los principales partidos socialdemócratas europeos y los movimientos nacional-populistas en América Latina, traduce la magnitud del cimbronazo histórico.

El desconocimiento del impacto profundo que en las masas del mundo produjo la consumación del fracaso de la primera revolución socialista (un fracaso que, en rigor, había ocurrido medio siglo antes), es una de las causas principales de los desvíos de equipos y cuadros revolucionarios que sufrieron un vertiginoso distanciamiento de la realidad hasta llegar a la irracionalidad autoalimentada como fuente de todo su accionar. Si una autocrítica debe hacer el equipo responsable de Crítica de Nuestro Tiempo es que, habiendo señalado este factor desde el primer momento, y pese a haber corregido una y otra vez la magnitud de su alcance, no lo hizo sin embargo en el momento y grado suficientes como para no errar en la previsión de la conducta de las masas obreras tanto en los países imperialistas como en el mundo semicolonial, lo que naturalmente llevaría a errores en cuanto a la capacidad de los estrategas imperialistas para manejar la coyuntura(2).

Si antes de la Primera Guerra Mundial las masas obreras tenían un horizonte socialista y antes de la Segunda Guerra Mundial aquella esperanza colectiva se bifurcaba en dos líneas (la de quienes la veían realizada en la Unión Soviética y la de quienes, enfrentados con aquélla, proponían la superación del capitalismo por vía evolutiva), pero ambas con el objetivo socialista como definición, en la reiteración actual del cuadro económico planetario que precedió a las dos guerras mundiales no existe como noción enraizada en las masas la idea de alternativa anticapitalista. Se combinan entonces la proletarización creciente en un marco de ininterrumpida actualización del modo de producción, crisis capitalista, ausencia de conciencia de clase y ausencia de voluntad socialista en las masas trabajadoras, todo lo cual redunda en un ensanchamiento sin precedentes de la capacidad de acción de las burguesías internacionales y nacionales.

A esto se suma la asimilación de las lecciones de la Historia por parte de las clases dominantes, que se traduce en líneas de acción destinadas a mantener y ahondar las divisiones y los factores paralizantes en las filas obreras. La cada vez más marcada estratificación salarial -con beneficios a menudo muy elevados para sectores clave del proletariado industrial en detrimento de todo el espectro asalariado, sin excluir a las capas profesionales proletarizadas- gravita tanto más sobre el acontecer político inmediato cuanto más dramático es el número y la situación de los desocupados. Además, como nunca antes, las clases dominantes penetran y actúan en las organizaciones sociales y políticas de las masas, comprando y manipulando cuadros en función de los intereses estratégicos del capital. Siguiendo la expresión de Marx y Engels para referirse a la realidad objetiva del proletariado y su conciencia de sí mismo, puede decirse que la universalización de las relaciones capitalistas y los propios paliativos hallados por las clases dominantes para contrarrestar los efectos de la crisis estructural han resultado en un crecimiento numérico explosivo de la clase obrera en sí; pero al mismo tiempo, como resultado de ese mismo aumento arrollador -que proletarizó profesionales, técnicos, científicos y capas medias- combinado con las sucesivas derrotas y frustraciones de la perspectiva socialista, prácticamente ha hecho desaparecer la clase obrera para sí.

Éste es a grandes pinceladas el boceto de la coyuntura histórica. Ahora bien, en este ciclo prolongado, los factores que inhiben la respuesta obrera no han impedido el agravamiento sistemático de la crisis del capital. El resultado es que los efectos del recrudecimiento acelerado de la crisis se dirimen hoy exclusivamente en el terreno de las clases dominantes, que disputan entre sí la captación y distribución de porciones cada vez mayores de la plusvalía mundial sin apenas resistencia por parte de las clases explotadas, que a escala internacional no cuentan con programa, organización, liderazgo ni banderas para ocupar el lugar que la crisis exige.

No es posible trazar una estrategia y elaborar un programa eficientes si no se parte de esta comprobación. La estridente paradoja de que esto ocurra precisamente cuando la necesidad y la posibilidad objetivas de la realización del socialismo son mayores que nunca en la Historia, no hace menos real la falta de conciencia y la desorganización de la clase obrera mundial. A cambio, asegura que hay fundamentos objetivos más que suficientes para una tarea estratégica de recomposición en todos los planos. Pero hay dos jugadores ante el tablero del ajedrez mundial: frente a las fuerzas de la revolución, están las fuerzas de la contrarrevolución (cosa que desconocen como norma los hablistas atacados por la enfermedad infantil del comunismo). El desenlace de la convulsiva crisis que amenaza al mundo no es fatal. La derrota no ya de las fuerzas revolucionarias, y siquiera de las clases explotadas, sino de la propia humanidad, es una posibilidad cierta. La victoria requiera ciencia, lucidez, energía y audacia sin cortapisas para la acción. La victoria requiere quitarle la iniciativa al imperialismo y las burguesías locales, cambiar la relación de fuerzas, recrear una conciencia de pertenencia clasista y una voluntad revolucionaria en las masas, articular en cada país el accionar de millones y organizar la capacidad de intervención centralizada de cientos de miles de cuadros; requiere crear y enarbolar una bandera común para las víctimas de la crisis en todo el planeta. Considerarse vanguardia en esta fase de la coyuntura histórica exige acometer estas tareas estratégicas y ser capaz de dotarse del conjunto de tácticas para alcanzar tales objetivos(3).
Suramérica como vanguardia internacional

Decíamos más arriba que Suramérica ha ingresado en una fase histórica cualitativamente diferente a la que rigió su movimiento durante el cuarto de siglo precedente. Falta subrayar que ese paso no se verifica en el resto del mundo y precisar (o, más apropiadamente, comenzar la ardua tarea de precisar, con el máximo de detalle y extensión), las características de la nueva fase.

La transformación cualitativa se muestra hoy a la vista de todos con el rugido de la Revolución Bolivariana de Venezuela y el realineamiento sistemático y creciente de los países del área en un bloque objetivamente contrapuesto a la voluntad estadounidense para la región.

Así como en todo el ciclo anterior predominó el fenómeno de transformación de las grandes fuerzas políticas de masas de naturaleza populista nacional-burguesas en dóciles, eficientísimos y últimos instrumentos del capital financiero para afrontar la crisis del sistema mediante partidos con respaldo de masas (el PRI en México, el peronismo en Argentina fueron los principales exponentes de un fenómeno que se puede rastrear en cada país), ahora se asiste a una rearticulación de aquéllas y otras fuerzas sociales y políticas en torno a un factor determinante: la necesidad de resistir a la descontrolada voracidad imperialista, obligada a su vez por la aceleración de la crisis del capitalismo mundial.

Antes de que fuera perceptible, este vuelco potencialmente decisivo era previsible para una teoría que no se limitara a la mera repetición de recetarios y en cambio se abocase a estudiar las corrientes profundas que trazan el curso de la historia. Ahora, en los primeros tramos de la nueva etapa, todos quienes nos proponemos situarnos y actuar en función de una resolución anticapitalista para la gran confrontación en marcha, estamos obligados a un esfuerzo teórico para adentrarnos en el conjunto de contradicciones que determinan la coyuntura histórica e impulsan a las fuerzas en pugna.

Conviene empezar por decir que, frente a esta tarea, nada es más letal que adoptar alguna forma de continuidad de las líneas de análisis y acción que, durante las dos últimas décadas, mostraron una total incapacidad para interpretar el curso de los grandes acontecimientos que dieron vuelta como un guante la realidad política internacional y nacional. A riesgo de ser malentendidos, es preciso asumir que para recomponer la teoría y la organización de las fuerzas revolucionarias marxistas, se impone trazar un corte más tajante aún que cuando fue necesario enfrentar a quienes, en medio del derrumbe de la Unión Soviética, quedaron alelados y paralizados o, en el otro extremo, vieron un formidable avance del proletariado en pos de la revolución socialista mundial, para aunarse unos y otros, una década después, ya en el terreno nacional, confundiendo en 2001 la contraofensiva de un sector del capital en Argentina con una victoria revolucionaria.

A la vez, es imperativo tomar distancia de toda simulación charlatanesca de la teoría revolucionaria marxista: en momentos de extraordinaria aceleración histórica, la incapacidad para la acción inhabilita y transforma en su contrario a todo cuadro o equipo militante, por muy loables que sean sus intenciones. Sin arrogancia de ningún género, Crítica sigue inconmovible sobre las bases teóricas y analíticas que desde su fundación le permitieron marcar una posición en la teoría y en la militancia durante este período extraordinario de la lucha revolucionaria mundial.

El punto de partida de “la transición dentro de la transición” en Suramérica está definido ante todo por lo que no es: y no es la respuesta socialista del proletariado y su vanguardia revolucionaria marxista a la crisis sin precedentes del sistema capitalista. Más aún: no es el resultado de la movilización de la clase trabajadora como tal. Los cambios que han determinado el viraje del curso político general en la región, resumibles en el freno y empantanamiento del Alca y la creación de una balbuciente Comunidad Suramericana de Naciones, resultan sobre todo del choque de intereses entre las burguesías regionales y el imperialismo estadounidense (con algo más que el visto bueno de la Unión Europea), en un contexto de prolongada desmovilización de la clase obrera industrial en toda el área(4).

Fue por tanto en el marco de la desmovilización de la clase obrera regional como comenzó a tomar cuerpo una de las posibles resultantes del complejísimo choque de fuerzas a escala internacional y, naturalmente, hizo saltar en pedazos los esquemas teóricos que no partían de esa complejidad. Este es sólo uno de los muchos costos que ahora deben pagar las fuerzas revolucionarias. Porque el giro regional ocurre con la iniciativa política en manos de la burguesía. Y allí donde se instaura una dinámica revolucionaria, como es el caso de Venezuela, ésta no proviene del empuje proletario, sino a la inversa: por todo un período y aun en estos momentos, los trabajadores no han tomado la iniciativa sino en casos puntuales y efímeros. Es esta realidad inobjetable la que impidió a la mayoría de las fuerzas revolucionarias del continente y el mundo comprender el carácter y la dinámica del gobierno de Hugo Chávez. Corregir con cinco años de retraso la caracterización respecto de la Revolución Bolivariana es, al margen de toda consideración, un paso meritorio y extraordinariamente positivo. Pero en tanto no se corrijan las causas que impidieron no sólo comprenderla cuando apareció, sino y sobre todo adelantar que, dada la particular conformación ya señalada del cuadro de situación mundial, el fenómeno como tal adquiría carácter de necesidad, se continuará desconociendo factores determinantes de la realidad política y sosteniendo desviaciones oportunistas o izquierdistas que dificultan la resolución revolucionaria de la crisis. Esto es verdad para el análisis de la situación de conjunto en Suramérica, pero lo será también para la ubicación respecto de los pasos que en el futuro inmediato dé el gobierno venezolano.

No es por falta de inteligencia o perspicacia que el grueso de organizaciones y cuadros de definición revolucionaria desconoció el brusco cambio de orientación manifestado a escala regional con la realización de un encuentro de presidentes suramericanos, instancia geopolítica jamás recurrida desde las guerras de emancipación del siglo XIX. Hubo una demora de años hasta comenzar a registrarlo (en la mayoría de los casos para denostarlo). El convocante de aquella reunión, que tendría lugar en Brasilia, el 31 de agosto de 2000, fue Fernando Henrique Cardoso; el principal impulsor de esa nueva instancia fue Hugo Chávez. Como quienes toman las decisiones en el Departamento de Estado estadounidense no miran con anteojeras, ante tal convocatoria vieron la magnitud de lo que estaba en juego e hicieron un movimiento de emergencia, destinado a contrarrestarla y recuperar una iniciativa que se le escapaba de las manos: un día antes de la reunión de 12 presidentes suramericanos en Brasilia, el 30 de agosto, William Clinton desembarcaría con inusitado despliegue de fuerzas en Cartagena, para lanzar el Plan Colombia. Allí el jefe imperialista exigió que todos los países del área se comprometieran con el dispositivo militar de control regional proyectado por Washington. Apenas horas después, 12 presidentes, lejos de acatar la orden, la desafiaban no ya negándose a integrarse al dispositivo militar, sino denunciándolo como serio riesgo de extensión del accionar bélico a toda la región.

Algo fundamental había ocurrido: la crisis capitalista adoptaba la forma de choque entre las burguesías suramericanas encabezadas por Brasil y el imperialismo estadounidense. En el centro de ese fenómeno nuevo, sin embargo, estaba la Revolución Bolivariana, lo cual le confería un carácter particular. Dijimos en ese momento “Ya no es una presunción: el cuadro geopolítico hemisférico ha consumado un drástico giro, tras el cual Estados Unidos se ve desafiado -como nunca antes en dos siglos de historia- por un conjunto diverso de países suramericanos, a cuya vanguardia marchan, aunque por carriles diferentes, los gobiernos de Brasil y Venezuela”(5).

Washington respondió redoblando presiones y esgrimiendo ya sin ocultamientos la amenaza militar. Al mes siguiente afirmamos: “‘Sudistán’ existe. La república imaginaria diseñada por los estrategas del Departamento de Estado y el Pentágono para ensayar la represión a una sublevación popular, es la inexorable prolongación del Plan Colombia, puesto en movimiento por el presidente William Clinton el pasado 30 de agosto en Cartagena. En la percepción de quienes trazan la política exterior de Estados Unidos, ‘Sudistán’ es América Latina. Y el operativo ‘Cabañas 2000’, llevado a cabo en Córdoba (Argentina) con derroche de dinero, tecnología y armamento, es una muestra de lo que espera Washington en la región y de sus aprontes para responder. Pero acaso el factor más alarmante es que urgido por recuperar la iniciativa a escala continental, reubicar bajo su férula a gobiernos arrastrados por una fuerza centrífuga e impedir la consolidación de un bloque regional que escape a su estricto control, la Casa Blanca está obrando de modo tal que sus decisiones implican una acelerada desestabilización político-institucional en la región, a la que ofrece como alternativa una variante, aún con perfiles borrosos, de regímenes afirmados sobre la militarización de la vida política”(6).

Los hechos admiten siempre diferente interpretación; pero si se los ignora replican cobrando un alto precio: cuatro años y medio después, el fracaso del Alca y la conformación de la Comunidad Suramericana de Naciones dan una idea de la trascendencia de aquel viraje. Desde una perspectiva revolucionaria, obrera y socialista, ¿qué actitud correspondía adoptar en aquel momento frente al obvio rumbo de colisión entre un multiforme y apenas esbozado bloque de gobiernos suramericanos frente a Estados Unidos? ¿Cómo conquistar el corazón y la conciencia de las grandes mayorías sin participar en la primera fila de ese combate?
Frente antimperialista, partido y clase obrera

Para el pensamiento revolucionario marxista aquella pregunta no debería dar lugar a duda. Es en relación con fenómenos análogos que la naciente Revolución Rusa, amenazada por la guerra imperialista a escala mundial, teorizó en el IV° Congreso de la Internacional Comunista el concepto de Frente Antimperialista. Pero aquí y ahora ocurrió lo contrario de lo que debía esperarse de quienes se reclaman de aquella tradición: prácticamente sin fisuras, en Argentina las fuerzas del más amplio arco de izquierda coincidieron en desconocer los hechos. Como parte de ese distanciamiento de la realidad, no se le atribuyó significado alguno a la gira de la secretaria de Estados estadounidense Madeleine Albright por la región algunos meses después ni al efecto de su visita a Buenos Aires. En consecuencia, no se observaron los movimientos producidos en el seno de las clases dominantes en Argentina, que además entraba en ese nuevo cuadro regional en medio de un cataclismo económico. A los fines del balance que intentamos, es obligado repetir una referencia ya citada anteriormente. Un artículo escrito en julio de 2001 para Crítica, bajo el subtítulo ‘Preparativos de recambio patronal’, adelantaba lo siguiente:

“Todo indica que está en vías de consolidación una coalición compuesta por el ala alfonsinista de la UCR, el sector de Duhalde en el PJ, la UIA, las dos CGT y la jerarquía de la iglesia con sus múltiples tentáculos, destinado a consolidar un parapeto ante la inexorable explosión del actual esquema de poder (…) Tal parece que ha llegado la hora del realineamiento formal y acaso de conformación de nuevos partidos burgueses”(7).

El análisis de la situación argentina a partir de la crisis general del capitalismo, la lucha interimperialista y la creciente confrontación de las burguesías regionales con los centros imperiales, permitía adelantar el golpe de Estado que ocurriría seis meses más tarde. Como sucede habitualmente, quienes en diciembre de 2001 vieron una insurrección espontánea y una revolución popular a la que sólo le faltaba llegar a la Casa Rosada, malinterpretaban de tal manera la situación porque tenían una completa incomprensión de la realidad y la dinámica internacionales. Esa incomprensión no ha cambiado; pero sus consecuencias sí, porque son aún más graves en la nueva coyuntura.

Desde antes incluso de la asunción de la Alianza, era posible prever la necesariedad, para la burguesía, de un cambio drástico de rumbo, razón por la cual el sector hegemónico de aquella coalición, con cada éxito político que obtenía en la carrera electoral y la disputa interna, sólo cavaba más honda su propia tumba. De hecho, no sólo se podía adelantar el inexorable cambio de régimen, sino que se podía prever las fuerzas componentes y el programa que levantarían. Puede leerse en Crítica en la edición citada:

“Proponer o esperar la salida del desastre en el que está sumida la nación mediante una inyección keynesiana, incluso si está alentada por las mejores intenciones, es una quimera. Y en términos de accionar político, es una quimera reaccionaria: contribuir a una convergencia de las fuerzas sociales acosadas por la crisis con personajes como Duhalde, Alfonsín, tras un proyecto financiado por Techint y bendecido por la curia, es mucho más que un error: si para los gerentes sindicales (sean de la central que sean) y los partidos de la burguesía es la única posibilidad de aferrarse a un madero en medio del maremoto, para los genuinos dirigentes sindicales (también: sean de la central que sean) y para el activismo sindical o político no comprometido con el capital, es una nueva forma de suicidio, más absurda y dolorosa aún que la de los ‘frentes’ que desembocaron en la Alianza”(8).

Nos referíamos a la arrolladora marcha de un frente policlasista comandado por el capital con un programa keynesiano de reactivación, encabezado por Duhalde y Alfonsín y que aún no tenía como candidato presidencial a quien coronarían más adelante. Resulta tragicómico ver casi cuatro años después cómo están ubicados los protagonistas de las izquierdas que en aquellos momentos gritaban aunados y en desafinado coro “que se vayan todos”: mientras buena parte de ellos integra el gobierno de Néstor Kirchner, el resto denuncia que éste no es sino la continuidad lineal de los de la década anterior. Mientras tanto, en Brasil ganó el PT y en Uruguay el Frente Amplio. Y el mismo fenómeno ocurre en relación con ambos gobiernos dentro y fuera de esos países: subordinación según la noción de “enemigo principal” o acelerada toma de distancia respecto de la realidad. Un ejemplo de esto basta para medir la dimensión de lo que está en juego: no se hallará una sola organización revolucionaria que trepide en denunciar la agresividad yanqui corporizada en la amenaza cierta de intervención militar en el continente, a partir de Cuba y Venezuela. Sin embargo, esto aparece como motivo de denuncia, no de articulación de una respuesta efectiva. Es como si la guerra en ciernes fuese un detalle. Se puede parangonar esta alienación deliberada con lo ocurrido, en un contexto muy diferente, en los años ’70 en Argentina: la ofensiva imperialista con las fuerzas armadas y franjas burguesas como vanguardia era vista y denunciada por todos. Pero se persistía en líneas de acción que en lugar de aunar a las masas y prepararlas para impedir el golpe de Estado diagramado en Washington, apuntaban a lo inverso: el ahondamiento de la fractura entre vanguardia y masas y la disgregación de éstas por confusión y ausencia de un punto de referencia. Esto ocurre ahora con numerosas organizaciones revolucionarias a escala suramericana.

Ahora bien, si la región como tal está a la vanguardia de la situación internacional, si en ese conjunto juegan un papel fundamental los gobiernos de Cuba y Venezuela, el generalizado y prolongado repliegue de la clase obrera, la dilución y confusión de una perspectiva socialista, la inexistencia de organizaciones revolucionarias marxistas con arraigo de masas, facilita lo que está a la vista: la imposición de respuestas de carácter capitalista a la crisis del sistema. Pero como estas respuestas no lo son sino en términos extremadamente parciales y breves, y como el imperialismo redobla sus ataques para recuperar la iniciativa y el control de la región, resulta que Suramérica marcha a la vanguardia en una confrontación con el imperialismo bajo la hegemonía de fuerzas políticas que, sea por pertenencia de clase, por desvío o por franca degeneración, representan el interés y el programa del capital, es decir, en este punto de desarrollo y crisis del sistema, encarnan una perspectiva anacrónica que en hipótesis alguna puede arribar a una victoria frente al imperialismo. He allí la enorme significación política de la actitud de Chávez, quien desde hace varios meses comenzó a plantear que no hay solución en el marco del capitalismo y es necesario recrear el socialismo del siglo XXI. He allí la importancia decisiva del concepto de Frente Antimperialista, es decir, del reconocimiento de una situación en que urge sumar todo lo posible contra la arremetida imperial (y quitarle al enemigo tantos aliados como sea posible), sin deducir de allí que la burguesía local -necesariamente asociada y dependiente del capital financiero internacional cuando se ve obligada a confrontar al proletariado- es un “enemigo secundario”.

Se trata entonces de una situación que pondrá a prueba a cuadros y organizaciones revolucionarias que, flanqueadas por el oportunismo y el ultraizquierdismo, deben ser capaces de afrontar el comando de una encarnizada lucha antimperialista en función de una estrategia de organización obrera y revolución socialista, frente a gobiernos representativos de burguesías regionales en actitud de resistencia al capital financiero internacional.
Sin teoría revolucionaria…

Hasta el momento las fuerzas revolucionarias no han respondido apropiadamente a los dilemas estratégicos planteados por ese fenómeno político que hoy define el panorama continental, a saber, la convergencia de gobiernos de diferente naturaleza y carácter en un bloque de resistencia al imperialismo. A la imprevisión primero y el tardío reconocimiento después del viraje suramericano con alcance mundial, le siguieron posicionamientos polares: alineamiento subordinado o llano desconocimiento del cambio encarnado en Argentina por el gobierno de Néstor Kirchner, en Brasil con Lula, en Uruguay con el Frente Amplio, aparte la presencia singular de Hugo Chávez en Venezuela.

De un lado están entonces quienes comenzaron por no prever la dinámica que provocaría la necesidad de poner límites al desenfrenado avance destructor del imperialismo, siguieron por desconocer acontecimientos de la magnitud estratégica de la llegada de Hugo Chávez al gobierno de Venezuela, luego desconocieron el significado de las políticas regionales adoptadas por el gobierno brasileño de Fernando Henrique Cardoso -con argumentos incuestionables en la aabstracción de un planteo pero relativizados hasta la invalidación en el marco concreto de realineamiento hemisférico-; más tarde desestimaron la proyección de la victoria del PT, mientras en Argentina preparaban el asalto a la Casa Rosada cuando la clase obrera y el conjunto de la ciudadanía les daba ostensiblemente la espalda y abría espacio para la llegada de Kirchner, y ahora deniegan todo valor a la victoria del Frente Amplio en Uruguay.

Del otro lado, se encuadran quienes, con las particularidades de cada país, se subordinan y diluyen en las estructuras y los programas de acción de cada uno de los gobiernos señalados y, en el caso Venezolano, se alinean en el flanco de las fuerzas oficialistas que tratan de sofrenar los pasos de Chávez y proponen “ayudar a la gestación de una burguesía nacional”. Estas dos franjas principales en que se divide el grueso de las organizaciones de izquierda conforman una tenaza capaz de neutralizar a grandes contingentes de luchadores y contribuir de manera decisiva a la derrota de la nueva oleada revolucionaria que se anuncia a escala continental. Frente a esa tenaza del izquierdismo pseudomarxista y los oportunismos de diferente denominación, el pensamiento y la acción revolucionaria marxistas están conminados a realizar un supremo esfuerzo para recomponerse y superarse.

La primera línea de combate con las posiciones del izquierdismo y el oportunismo reside en el bagaje teórico que asume cada corriente. En franca colisión con una grave -aunque muy seductora- simplificación de la teoría marxista consistente en interpretar la realidad y adoptar posiciones políticas a partir de supuestas “contradicciones principales” y “contradicciones secundarias” (un recurso expositivo de Mao Tse Tung, transformado en lección de filosofía), la teoría marxista propone otra visión de la realidad mundial y, en consecuencia, otra manera de plantear nuestra intervención militante.

El mecanicismo implícito en aquella simplificación tiene consecuencias políticas devastadoras. En el ángulo opuesto, la interpretación libresca del marxismo no sólo conduce a iguales resultados, sino que realimenta la idea de entender y actuar según el par “principal-secundario”. Esto último es sanamente lógico puesto que, como resulta fácil comprender, diferenciar lo principal de lo secundario es la primera manifestación de la inteligencia y una función elemental para la sobrevivencia en cualquier circunstancia, tanto más en la lucha política.

Si alguien se empeña en una irremediable disputa con su cónyuge en el mismo momento en que entra un asesino a su casa, además de aparecer como un tonto incurable, probablemente terminará perdiendo la vida. Cualquiera comprenderá que no ha sabido “diferenciar la contradicción principal de la contradicción secundaria”. Aunque resulte curioso, abundan aquellos que, en función de dirigentes, actúan de esta manera. Con sobrada razón las personas sensatas se burlan de ellos; pero si éstas están dispuestas de verdad a divorciarse, deberían cuidarse de que el esquema de la “contradicción principal” los arrastre a quedar para siempre amarrados a quienes dicen detestar.

Ocurre que el carácter de principal o secundario de una contradicción es constantemente cambiante y que la realidad sólo puede ser aprehendida a partir de un abigarrado conjunto de contradicciones en permanente mutación interrelacionada. Ese movimiento, por lo demás, no tiene idéntica significación y resolución en cualquier situación. Cada factor y su permanente cambio determinará funciones, ubicaciones y desenlaces diferentes. Por lo cual, para mayor complicación, tampoco se puede apelar al recurso de creer que es válido moverse según la noción “contradicción principal-contradicción secundaria” en un momento dado -mucho menos en una etapa.

En términos metodológicos, se trata del milenario combate entre la lógica formal y la lógica dialéctica. “La lógica formal es, a la vez, el primer paso de todo conocimiento y el punto de partida de todos los errores”, señaló Trotsky, palabra más o menos, en alguno de sus escritos (aunque sus epígonos insisten en no atender la primera afirmación de la proposición). Pero los problemas teóricos no terminan allí; porque un modo u otro de reflexión se puede apoyar en una concepción materialista u otra idealista. Y aquí, también, aparte las dificultades propias del asunto, en las filas revolucionarias cunde la confusión por otras causas: en medio del cataclismo provocado por la desaparición de la Unión Soviética aparecieron quienes identificaron materialismo dialéctico con stalinismo (??!!) y tiraron todo junto por la borda (con el agravante de que no pocos arrojaron el niño y les quedó el agua sucia). Este es igualmente un combate de siglos y no se resolverá para facilitar la coyuntura. Con todo, asumiendo que “no hay acción revolucionaria sin teoría revolucionaria”, la militancia -y más aún quien se considere dirigente- tiene por delante un arduo camino de estudio, trabajo y elaboración para que su accionar en esta nueva circunstancia histórica contribuya a la derrota del imperialismo y la victoria de la revolución socialista.
Argentina en el nuevo cuadro suramericano

Mientras despliega sus líneas de acción en función de la confrontación estratégica con el bloque regional, el Departamento de Estado hace hincapié en Argentina: si no es pensable a corto y mediano plazos que, aunque por razones diferentes, los gobiernos de Venezuela y Brasil declinen su posición contraria a los intereses económicos y geopolíticos de Estados Unidos, esa posibilidad no es descartable en Argentina. Si las clases dominantes, fracturadas y enfrentadas sobre este punto, invirtieran el curso de convergencia con Brasil y Venezuela para constituir realmente una Comunidad Suramericana de Naciones (ya formalmente existente pero no actuante), la ruptura del bloque en gestación y la gravitación sobre países vecinos podría cambiar el sentido actual del movimiento de la región. Ahora bien ¿cuál es la situación de un país al que cabe tan grande responsabilidad?

La debilidad estructural de la burguesía local y el estado de confusión, desorganización y parálisis de la clase obrera, da lugar a una situación que rechaza toda simplificación. Es precisamente la simplificación caricaturesca de la realidad argentina lo que conduce a un encadenamiento de errores y desviaciones que contribuyen a dejar por entero el escenario político en manos de una burguesía en extremo escuálida y fragmentada.

Esta problemática no comienza con el gobierno Kirchner. Recurriremos a un texto de marzo de 1989 (durante la campaña electoral que daría la victoria al PJ conducido por la camarilla asociada con Carlos Menem), para resumir una metodología y una interpretación que permitió prever el curso de los acontecimientos y hace inteligible el cuadro actual. Así describíamos la situación mientras se derrumbaba el gobierno de Raúl Alfonsín:

“Argentina se desliza hacia un colapso histórico. No se derrumba, no cae ruidosamente. Las columnas que sostienen el sistema capitalista se agrietan más y más, los cimientos se resquebrajan, toda la arquitectura social, económica y política se inclina casi imperceptiblemente; pero no se desploma.

No hay energía en ninguna de las dos clases que rigen el destino social. Por eso la crisis toma la forma de una lenta, inexorable, desesperante decadencia.

(…) Estamos habituados a observar la actitud exitista que considera imprescindible ver avances, triunfos y grandezas allí donde no los hay. O aquella que sólo recurre a la realidad para buscar signos negativos que avalen la renuncia a los presupuestos teóricos del marxismo, la confianza en las masas y la certeza de que la acción decidida y correctamente encaminada de la vanguardia pueden contrarrestar la acción del enemigo de clase. Pero entre el optimismo panglossiano y el pesimismo como recurso para ponerse las pantuflas y ocupar un rinconcito en el edificio resquebrajado del capitalismo, está la posibilidad de esforzarse para tener los pies en la tierra y los ojos en el horizonte, fundar la audacia en la voluntad revolucionaria y en la fuerza de la teoría, asumir la militancia como una condición de vida y subordinar las urgencias individuales a las necesidades del movimiento de masas.

(…) La verdad es que en Argentina el deterioro es global. La crisis lo corroe todo: el salario, las condiciones de vida, la educación, la conducta individual, las relaciones humanas. Todo aparece cada mañana peor que el día anterior. La caída económica se manifiesta en la sistemática, creciente e imparable disminución del poder adquisitivo de los asalariados. La declinación política se hace visible en la conducta del gobierno, en la penosa propaganda electoral, la estatura de los candidatos.

El hombre, la mujer, el anciano, el adolescente que sufre este proceso de irresistible caída cotidiana, por regla general no lo comprende. Su conducta se va adecuando inconscientemente a los imperativos de la sobrevivencia. Los valores humanos se ponen de lado; los objetivos se achican; la mezquindad se agiganta en la misma medida en que aumentan la insatisfacción individual y la frustración colectiva.

¿Por qué esta degradación? ¿Qué mecanismo la impulsa? ¿Qué fuerzas la alimentan? ¿Cómo detenerla?

Seis años atrás, cuando el país salía del espanto de la dictadura, el conjunto social reaccionó como activado por una descarga eléctrica: se puso de pie, levantó banderas de justicia, solidaridad, progreso, libertad. Las elecciones llevaron al poder a la más avanzada de las alternativas que la burguesía pudo ofrecer al electorado. El presidente Raúl Alfonsín constituyó el gobierno republicano más genuino de toda la historia argentina, el régimen comparativamente más respetuoso de las libertades públicas en 170 años. Al lado de esa afirmación terminante se puede decir, sin error, que el suyo fue el peor gobierno de nuestra historia: nunca la entrega al imperialismo fue tan descarada y total; nunca decayó a niveles más bajos la condición de trabajo y de vida de las grandes masas; nunca se llegó a tal punto de clausura de cualquier perspectiva de desarrollo y mejoría. El gobierno que concitó el apoyo y la esperanza de la inmensa mayoría de la población termina unánimemente repudidado; el hombre que se presentó como abanderado de la democracia culmina su mandato enviando al Congreso una ley que trata de darle forma jurídica a la doctrina de la seguridad nacional. Y el conjunto social, a la inversa de lo ocurrido seis años atrás, se muestra aletargado, desconcertado, sin confianza ni esperanza. Así concluye, en apenas un lustro, la alternativa más avanzada y progresista que pudo presentar la burguesía frente a la crisis.

Hay que retener esta contradicción porque en ella reside la clave de la situación política nacional. Y en su resolución, reside el futuro del país.

La crisis argentina es la crisis del sistema capitalista. En un país con extraordinarios recursos naturales y en un momento en que las conquistas de la ciencia y la tecnología a nivel mundial ponen al alcance de la mano las realizaciones más fantásticas, la única explicación posible del retroceso económico y la degradación de las condiciones de vida de la población es el agotamiento, la incapacidad, la inviabilidad del sistema que rige las condiciones de producción y distribución de la riqueza.

Pero la crisis del capitalismo no se resuelve en el terreno económico. El rasgo decisivo de la crisis argentina es que pese al agotamiento irreversible del sistema, no hay lucha de clases. La lucha de clases, en el sentido marxista del concepto, presupone lucha política en función de un proyecto propio de la clase obrera. Quienes miden el nivel de la lucha de clases por los innumerables conflictos sindicales, a menudo heroico, mediante los cuales los asalariados resisten la sostenida ofensiva económica del capital, no sólo confunden un concepto. Al ocultar el problema, cierran toda perspectiva de resolución de la crisis. No hay lucha de clases sin conciencia de clases. Y no hay conciencia de clase sin una organización que, dialécticamente, la recepte, la traduzca en términos políticos, y la lleve de vuelta a las masas.

Es precisamente porque no hay lucha de clases que la crisis adopta la forma de decadencia y degradación ininterrumpidas en todos los órdenes, sin excluir a las propias organizaciones sindicales y políticas de los trabajadores. Por esta vía, la crisis capitalista no lleva a la revolución. Con prescindencia del heroísmo de las masas y la voluntad de su vanguardia.

La burguesía no tiene energía porque históricamente es una clase exhausta. Todo lo positivo que el sistema capitalista podía ofrecer a la humanidad ya lo ha dado. Y hace muchas décadas que no sólo no contribuye al desarrollo, sino que es su freno, mientras alimenta la miseria, la enajenación, la violencia, la muerte, y amenaza incluso con el exterminio de la humanidad. Esto que es verdad a escala internacional, referido a las grandes potencias capitalistas, es más evidente y patético en relación con las burguesías de los países dependientes.

La clase obrera no tiene energía porque está en un período de transición y aún no asume su papel histórico. Durante décadas, el movimiento obrero en Argentina se expresó políticamente en el peronismo. La esencia del peronismo como ideología es la conciliación de clases. La captación masiva de los asalariados por el populismo burgués, bajo la apariencia de un salto político adelante de los trabajadores representó una trampa histórica que emasculó por décadas la potencia revolucionaria de la clase obrera. Mientras transcurrió la experiencia y el sistema pudo alimentarla con reformas o maniobras políticas, el movimiento obrero traducía su poderosa fuerza de clase a través de los sindicatos y, de tanto en tanto, a través del Partido Justicialista. Se trataba de una fuerza sin destino; o más bien, inexorablemente destinada a fracasar. Pero se expresaba como tal y esa expresión era suficiente para, por un lado, mantener oxigenado el tejido social, y por otro, limitar la voracidad del capital. La contradicción, entonces, consistía en que la inviabilidad final se manifestaba sin embargo en un vigor concreto, capaz de sostener a la propia clase y al conjunto social.

La experiencia de sistemáticas frustraciones minó paulatinamente al peronismo como dirección reconocida y confiable para la masa trabajadora. Poco a poco, la clase obrera tomó distancia de su dirección peronista. Hubo saltos cualitativos en este proceso, como por ejemplo el Cordobazo, punto simbólico de ruptura social histórica. Como símbolo, el Cordobazo marca el momento en que el peronismo debe afrontar un papel francamente antiobrero y contrarrevolucionario y la clase obrera deja de ser peronista, en el sentido en que lo fue durante las dos décadas y media anteriores.

Pero se trata de un desarrollo desigual y sobre todo incompleto. La clase obrera ya no es peronista, pero todavía no es socialista. Rompe con su dirección burguesa pero no construye una propia; descree de sus líderes pero no talla otros o lo hace a su imagen de ese momento: vacilantes, confusos, en muchos casos dispuestos a gestos heroicos pero sin consistencia; desconfía de la conciliación de clases pero no asume la perspectiva política de la lucha de clases; mira de soslayo a Perón y a los candidatos que éste les impone, pero los vota.

Aun así, presenta combate. Su sola presión de clase movilizada impide la consolidación de los proyectos burgueses; mina el sistema; inviabiliza las instituciones de la pseudodemocracia capitalista y pone en crisis a la clase enemiga. Esta no ya capaz de mantener la estabilidad de sus instituciones; pero es todavía suficientemente fuerte para sostener el sistema de explotación.

La secuencia de batallas y derrotas desde aquel simbólico 29 de mayo de 1969 (elecciones en 1973, victoria y caída de Cámpora –dos derrotas de diferente signo- huelgas y coordinadoras en junio y julio de 1975, golpe militar en 1976, resistencia y demolición sistemática de la dictadura, elecciones de 1983, conquista de grandes espacios democráticos, recomposición del peronismo mediante los ‘renovadores’, recomposición de la burocracia sindical, impotencia frente a la ofensiva económica y política de la burguesía encarnada en el alfonsinismo, victoria de Menem dentro del peronismo, arribo a las elecciones de 1989 sin alternativa) llevó al límite el descreimiento y alejamiento de las bases obreras respecto de sus direcciones sindicales y políticas peronistas.

Pero la contradicción en este caso -visible sobre todo a partir de diciembbre de 2003, cuando asume Alfonsín- consiste, a la inversa del período anterior, en que el objetivo cuestionamiento a la dirección burguesa peronista, y en esa medida la posibilidad de que las luchas abran la perspectiva de una victoria real de los explotados frente a los explotadores, se manifiesta en la ausencia de vigor y protagonismo de la clase obrera. El salto histórico deja a los trabajadores momentáneamente sin aliento. Ya no están encuadrados ni se sienten convocados por la dirección peronista. Pero todavía no cuentan con organización y liderazgo propios. La clase obrera no puede sostenerse a sí misma como fuerza gravitante en la sociedad. El capital financiero internacional no tiene contrapeso alguno. Entra en el escenario nacional como un batallón de piratas en una isla habitada por luchadores sin armas, sin organización y sin voluntad de combate. La burguesía carece de fuerza para cualquier otro proyecto que no sea el sálvese quien pueda. He allí el origen y la mecánica de la decadencia permanente”(9).

Lejos estábamos en aquel momento de sospechar el punto al que llegaría la caída. Aun así, 16 años después es posible comprobar la diferencia entre una posición basada en el análisis de las clases y su dinámica, frente a las metodologías impresionistas -cuando no deliberadamente mentirosas- para interpretar los acontecimientos y el devenir de la vida social. Fueron la ausencia de la clase obrera como tal ante la embestida imperialista, así como la obligada avidez ciega de la burguesía local, los factores que dieron paso al saqueo y la devastación. Y es cuando ese proceso llega por propio agotamiento a su culminación, cuando se replantea el conflicto: en 2001 un sector de aquella burguesía entregada a la ilusión de su asociación con el imperialismo resuelve, in extremis, cambiar de política. La clase obrera seguía ausente. Quienes ignoraron la realidad en los ’80, a falta de luchas sindicales, descubrirían un “nuevo sujeto social”, al que denominarían piqueteros, siguiendo la iniciativa de la prensa comercial (no faltó un híper revolucionario que, sin pudor, llamara a formar un “partido piquetero”). Y en rara unanimidad, ante la maniobra estratégica del capital un arco casi completo de las expresiones consideradas revolucionarias y progresistas propusieron “que se vayan todos”, dejando por completo libre el camino a la operación de recuperación del orden político para la burguesía.

Al día siguiente de las elecciones el resultado de tales posiciones estuvo a la vista: “En la mañana del 28 de abril los cómputos oficiales indican que el peronismo de Carlos Menem obtuvo el 24,1%; el peronismo de Néstor Kirchner el 22,0%; el radicalismo y aliados a derecha de Ricardo López Murphy el 16%; el radicalismo y aliados a izquierda y derecha de Elisa Carrió el 14,2%; el peronismo de Rodríguez Sáa el 14,1%; el radicalismo solitario de Leopoldo Moreau el 2,3%; la alianza PC-MST denominada Izquierda Unida el 1,7%; el PS el 1,2% y el llamado PO un 0,6%. El voto en Blanco fue del 0,86% (el más bajo desde 1946!) y el Voto Protesta de 1,62%, sobre una participación del 80% del padrón: el nivel más bajo de abstención y rechazo activo desde 1995. El signo más relevante de estas elecciones es la ausencia de la clase obrera como tal en la disputa política”(10).

El entonces presidente Eduardo Duhalde pudo, en buena ley, felicitarse al comparar su desempeño con el de equipos dirigentes de partidos que se consideran de vanguardia revolucionaria: sin ningún obstáculo -sin siquiera un intento por parte de quienes dicen representar los intereses de los trabajadores por buscar un desenlace diferente- las clases dominantes habían recuperado el control institucional del poder.

No abundaremos en las citas de sucesivos textos que antes y después de ese período clave entre 2001 y 2003 registran la lucha contra el sectarismo y el reformismo, que en todo caso pueden ser hallados en las colecciones de Crítica y Eslabón o en sus respectivos sitios de internet(11). Importa en cambio insistir en que las clases dominantes recuperaron no sólo el control de la sociedad, sino la expectativa esperanzada de una mayoría abrumadora de la población. La burguesía desplazada del poder en diciembre 2001, así como el imperialismo estadounidense, se cuidaron muy bien de impedir que sus victoriosos rivales llevaran a cabo la faena. Hubo de hecho un frente único de todas las fracciones del capital y el imperialismo para limitarse a colocar piezas propias en las posibles fórmulas vencedoras, sin chocar de frente con el proyecto ni sus timoneles. Sólo cuando una sucesión de acontecimientos aleatorios puso a Kirchner como candidato primero y como presidente electo después, el capital financiero mostró los dientes el mismo día en que Menem desistió de concurrir a la segunda vuelta: “este es un gobierno para dos años”, dijo en primera plana el diario La Nación, refiriéndose al presidente electo Néstor Kirchner. Pero no comenzaron las dentelladas hasta después de un año, en el primer trimestre de 2004, cuando el gobierno ya se había afianzado y el nuevo presidente contaba con el respaldo de un 70% de la ciudadanía. La tarea estaba cumplida y era posible disputar otra vez la hegemonía sin el riesgo del descontrol.

Al influjo de una devaluación inicial del 400% y otras circunstancias coyunturales que no es el caso analizar aquí, desde la asunción de Duhalde la economía dio un brusco giro ascendente y cambió por completo el panorama nacional. Tras un interregno de saneamiento que devoró un ministro de economía, asumió la cartera Roberto Lavagna con un programa de reactivación de corte keynesiano. Ministro y plan fueron transferidos por Duhalde a Kirchner. Eventuales recambios ministeriales sólo acentuarían éste o aquél rasgo de una política basada inequívocamente en la intervención del Estado para regular y promover el giro económico, mientras se reprograma y renegocia la deuda externa. Como parte de la reorientación económica, la política exterior se vuelca al Mercosur, a la Comunidad Suramericana de Naciones, desdeña el Alca, choca con los símbolos estadounidenses y se reclina hacia la Unión Europea. Una suma de gestos positivos respecto de Venezuela, en momentos de extrema tensión del gobierno bolivariano con la Casa Blanca, completa un entramado “progresista” en las relaciones exteriores. Todo esto, incluido el cambio del voto contra Cuba por la abstención en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU -lo repetimos en estas páginas- fueron lineamientos adoptados por el gobierno de Duhalde, quien ahora ostenta el cargo de coordinador general del Mercosur. El envío de tropas a Haití fue en cambio decisión de Kirchner (avalada por el Congreso), aunque fuerza es reconocer que en esta medida contraria a todo discurso de soberanía y antimperialismo la presión del gobierno brasileño tuvo un papel decisivo.

Mientras tanto, el supuesto “movimiento piquetero” -una de las fantasías más insólitas aparecidas en la literatura de filiación marxista- se evaporó y las cúpulas se fragmentaron hasta configurar un espectro más disperso y más impotente que el de los aparatos que usufructuaron del fenómeno (situación que, dicho sea de paso, plantea ahora como una de las tareas principales de los revolucionarios marxistas la respuesta a los remanentes sanos del activismo en ámbito de los desocupados, de modo que las urgencias diarias de este sector no se contrapongan con una estrategia de lucha común entre trabajadores con y sin empleo). Paralelamente, la cúpula de la CGT se unificó en inequívoca coincidencia con el gobierno, en tanto la CTA, sombra de sí misma, lidió sin suerte con la imposible tarea de no ser oficialista ni opositora, sino todo lo contrario, y afronta ahora una más de las crisis internas que la vaciaron de contenido en los últimos años. En el mismo período, expresiones de vanguardia clasista, sin definiciones estratégicas ni orientación política, fueron arrastradas por tendencias sectarias a un aislamiento del que ahora, algunas de ellas, pugnan por salir. Todo esto ocurrió sin un solo caso de movilización del proletariado como clase y sin ninguna lucha de envergadura de los obreros industriales. Luchas salariales dispersas, hasta el momento sin programa a la vista para unificarlas en un gran movimiento reivindicativo nacional, se perfilan pese a todo como una posibilidad de reversión del cuadro resumido en este párrafo.

En este punto de desmovilización y fragmentación extrema de la clase obrera con y sin ocupación, y de contraataque del capital financiero internacional y sus agentes locales, es cuando reaparece la simplificación mortal del “enemigo principal” o el irresponsable desconocimiento de su existencia y gravitación. Porque, naturalmente, tanto el imperialismo estadounidense como sus socios locales embisten ahora sin subterfugios contra Kirchner y amenazan incluso la continuidad institucional, en la certeza de que ya está desactivada la bomba.

El verdadero estado de la clase obrera y el conjunto de la sociedad se intuye al tener en cuenta que tales resultados se obtuvieron mientras la distribución de la renta acentuó vertiginosamente el sentido regresivo que arrastra desde décadas: los asalariados han perdido en tres años, según el sector de pertenencia, entre el 25 y el 50% de su ingreso real; los desocupados reciben subsidios de $150; aumenta el trabajo en negro y con salarios que no superan los $400; se han pagado más de 10 mil millones de dólares por intereses y amortizaciones de la deuda; el petróleo sigue drenando riquezas rumbo al Norte mediante mecanismos descarados en favor de Repsol. Las exigencias de la deuda externa tensionan otra vez las relaciones con el capital financiero internacional; la producción en aumento recupera los niveles previos a la crisis y la capacidad instalada muestra el límite para un crecimiento sostenido; se anuncia una crisis energética y se replantea la necesidad de recuperar YPF o permanecer impotente; caen los precios internacionales de materias primas que permitieron ingresos extraordinarios desde 2002; una combinación de forcejeo por la renta y amagues de ‘golpe de mercado’, en un marco de falta de hegemonía en el elenco gobernante y la consecuente debilidad relativa para responder a las presiones, da lugar a incongruencias dentro del propio plan oficial y parálisis ante resoluciones clave (Enarsa es sólo uno entre muchos ejemplos). En una suerte de irrealidad económica autopropulsada, el peso se revalúa frente al dólar empujado por los ingresos extra por exportaciones y exige maniobras destinadas a contrarrestar el efecto, las cuales concurren a alimentar la inflación, mientras el centro de los esfuerzos oficiales en materia de plan económico, aparte la reprogramación de la deuda, consiste en hallar más mercados para las exportaciones primarias de siempre. Todo esto en medio de la caída del valor del dólar y la multiplicación de signos de alarma en el sistema financiero internacional.

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