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partido socialista unido de venezuela

Puntal para la revolución latinoamericana

07/06/2006

porLBenCR

 

 

 «El Psuv no nace para enfrentar una coyuntura.
Nace para hacer una revolución.
Y no cualquier revolución:
la revolución socialista».
Hugo Chávez
(19/4/08)

 

Con la elección de una dirección nacional compuesta por 15 miembros y otros tantos suplentes, culminó el 9 de marzo el Congreso Fundacional del Partido Socialista Unido de Venezuela. Durante seis sesiones del Congreso a lo largo de 8 fines de semana, 1681 delegados fueron responsables de debatir y aprobar una Declaración de Principios, Programa y Estatutos. La elección se realizó por el voto de todos los voceros (titulares de los Batallones Socialistas, de hasta 300 miembros), los suplentes de voceros y los siete comisionados de cada BS; un total superior a 92 mil personas, en representación de alrededor de 1 millón 200 mil miembros activos, sobre 5 millones 770 mil inscriptos como aspirantes a militantes. Antes, en sesión plenaria, el Congreso había proclamado a Hugo Chávez como presidente del Partido.

El proceso de organización del Psuv, iniciado en enero de 2007, había sido interrumpido en dos oportunidades: por un mes durante el desarrollo de la Copa América de fútbol y durante otros dos meses, antes del referéndum realizado el pasado 3 de diciembre para reformar la Constitución, la primera consulta popular perdida por Chávez en 8 años, por la abstención de cuatro millones de quienes lo habían reelegido Presidente un año antes, en diciembre de 2006.

Pocos días después de aquella reelección, Chávez convocó a la formación de un partido que uniera a todas las organizaciones y corrientes que apoyaban a la Revolución Bolivariana. Como explicaron estas páginas en su momento, las tres principales formaciones Partido Comunista, Patria para Todos y Podemos- se negaron al llamado. Las tres sufrieron una fuga de militantes y dirigentes hacia el partido en formación, que los dejó reducidos a su mínima expresión. En cuestión de días, Podemos confirmó con acciones explícitas el secreto a voces de que, en realidad, estaba contra la Revolución. Su principal dirigente pasó a integrar con fruición el bloque de enemigos golpistas teledirigido desde el Departamento de Estado y la embajada estadounidense en Caracas. Los otros dos partidos mantuvieron sus posiciones anteriores, pero recrudecieron las críticas a Chávez centrando sus dardos en cuestiones metodológicas, desdibujando así (con mayor o menor intencionalidad consciente) la verdadera naturaleza de sus diferencias, pero sobre todo, en el momento de la gran partición de aguas, embarcándose en un rumbo equívoco que un año después no han corregido completamente y de manera sostenida (1).

Crítica estuvo presente en el desarrollo del Congreso, así como durante los pasos previos de inscripción, constitución de los BS y elección de voceros y comisionados en estos organismos. Con base en los hechos, puede afirmar que el proceso en su conjunto es el acontecimiento de mayor y más democrática participación de masas en la constitución de una herramienta política definida en su llamamiento como antimperialista y anticapitalista. Se trata de un hecho sin precedentes de educación político-ideológica llevado a cabo con la participación libérrima de cientos de miles de hombres y mujeres de toda edad y condición, en cada rincón del país.

Cabe reafirmar ahora, con hechos a la mano, lo que sostuvimos un año atrás en estas mismas páginas:

«Con la irrupción de un partido que provisionalmente se denomina Socialista Unido de Venezuela, puede darse por clausurada una fase de reacción sin precedentes en la historia e inaugurada la que le sigue, en la que se retoma la marcha, pletórica de promesas y, por supuesto, también de riesgos» (2).

 

Historia y coyuntura

Dos factores coinciden con el comienzo formal de la vida política del Psuv, al fin del primer cuarto de 2008: el recrudecimiento de la crisis general del capitalismo altamente desarrollado y el arribo a un punto crítico en procesos políticos latinoamericanos encabezados por conducciones u organizaciones de carácter centrista, con matices de izquierda o derecha según los casos.

No nos extenderemos aquí respecto del primero. Explicada la crisis estructural desde la primera edición de Crítica, son ahora los teóricos y los órganos de prensa del capital quienes se ocupan de confirmar la inutilidad final de los paliativos aplicados durante años para postergar la caída. Baste decir que una eventual retomada circunstancial del ritmo económico en los tres centros del imperialismo no resolvería en absoluto las causas de fondo que hoy hacen temblar los mercados y levantan voces insospechadas advirtiendo sobre los riesgos de un colapso más grave que el de 1929. Baste decir que, con prescindencia de un desmoronamiento o no del sistema financiero internacional a corto plazo, la crisis continuará ahondándose, golpeará inexorablemente a las economías subordinadas, y acabará con el ensueño de esa tramoya semántica que hace a muchos autodenominarse «países emergentes».

El segundo factor, sin embargo, requiere algunas líneas, aunque su estudio demanda igualmente un trabajo específico.

Sin excepción, América Latina está sacudida por las turbulencias de un nuevo punto en la crisis de arrastre de las grandes formaciones políticas que han gobernado durante el siglo XX como instrumentos de las clases dominantes. Aunque en diferentes puntos de desarrollo en cada caso, desde México a Argentina se despliega un panorama con rasgos comunes: asunción por los liderazgos tradicionales del programa anticrisis del capitalismo (denominado neoliberalismo); distanciamiento de las masas respecto de los partidos y de la política en general; transmutación de la política en marketing y de los partidos en estructuras rentadas (y rentables), en todo y por todo prescindentes de las necesidades y la participación de las masas, consideradas sólo como clientes en los momentos previos a una elección. Luego, ante el colapso general de aquel supuesto «neoliberalismo», la adopción pragmática y en estado de desesperación de un pastiche salvador denominado ahora «neo-keynesianismo».

El espectro muestra casos muy diferentes. En México, el PRD, nueva formación creada en respuesta a la degeneración del PRI, formó una suerte de gobierno paralelo luego de que el poder constituido le escamoteara la victoria electoral en 2006. Acaba de estallar. En Argentina, mediante un gambito para muchos inesperado, el matrimonio Kirchner decidió refugiarse en el corrompido y desprestigiado Partido Justicialista. (No cabe sorprenderse, sin embargo; cinco años atrás desde estas páginas se sostuvo que el Frente para la Victoria era «un aguantadero temporario»). En Brasil, desde una organización originalmente obrera y socialista el gobierno asumió el programa de la burguesía industrial paulista. Sin embargo tanto en estos casos como en Chile, Uruguay o Perú (y más allá, siempre guardando las diferencias, en Costa Rica, Honduras y Guatemala), con el trasfondo siempre agravado de las necesidades económicas irresueltas para las mayorías, la progresión del deterioro en las relaciones políticas entre gobiernos y masas anuncia una tormenta en el horizonte cercano. La eventual imposibilidad de contrarrestar la recesión estadounidense antes de fin de año -para no hablar del riesgo de un colapso financiero internacional, en modo alguno descartable- aceleraría y magnificaría esa tormenta política en ciernes. Pero además plantearía el problema en otra dimensión al agregar un elemento clave: la simultaneidad.

Más tarde o más temprano, simultánea o sucesivamente, el destino de todas estas estructuras políticas y sus respectivos gobiernos es de impotencia frente a la tenaza formada por la crisis del capital y las demandas de las masas. A la impotencia le seguirá la disgregación y la ingobernabilidad.

Mientras tanto, en Bolivia y Ecuador el problema de la organización política de las masas se presenta con características muy diferentes, pero no menos perentoria. Otro tanto ocurrirá en Paraguay a partir de la victoria electoral de la Alianza Patriótica.

De manera que hoy América Latina está compelida por una necesidad inaplazable: la edificación de herramientas adecuadas para unir social y políticamente a las grandes masas, en función de apremiantes exigencias que no reclaman identidades ideológicas, pero sí cohesión y determinación para llevar a cabo transformaciones que chocan de frente con el imperialismo y el capitalismo.

Ése es el significado trascendental de la irrupción del Psuv en el panorama latinoamericano: desde que a fines de los años 1960 se hizo evidente el agotamiento de los aparatos partidarios de las clases dominantes latinoamericanas, es la primera vez que surge una formación política no sólo con definiciones generales de carácter socialista, sino con fuerza de masas, con participación multitudinaria, con netas definiciones estratégicas y, ante todo, con la decisión de llevar a cabo una revolución (el PT, máximo exponente previo de una formación de masas con definición socialista, no tuvo nunca el vigor revolucionario que le imprime al Psuv el liderazgo de Hugo Chávez, ostensiblemente identificado hacia dentro y fuera del país con Fidel Castro).

Su sola existencia modifica el panorama hemisférico: el ejemplo de un movimiento de masas que asume una estrategia y un programa de acción para la revolución socialista acorrala sin posibilidad de fuga a los dos flancos que, invariablemente, en momentos de auge de las luchas revolucionarias, levantan una barrera contra la revolución: el reformismo oportunista y el infantoizquierdismo. Si nunca hubo argumentos teóricos para sostener que es preciso marchar a remolque de fracciones burguesas porque la asunción por las masas de una línea de acción anticapitalista es inviable, ahora tampoco hay argumentos prácticos para defenderlos; tampoco hay modo de sostener en la teoría o en la práctica que una línea de acción anticapitalista presupone la identificación y subordinación orgánica de las masas a algunas de las sectas que pretenden ser la encarnación del socialismo científico.

Frente a la inminencia de grandes cataclismos económicos, frente al estallido de los aparatos políticos de las clases dominantes y la volatilización de organizaciones revolucionarias que durante las últimas décadas no hallaron el camino de las masas, ahora existe un ejemplo de organización de masas para luchar por el socialismo. Ese ejemplo necesariamente impactará en la conciencia de las grandes mayorías y, sobre todo, de las juventudes. Por una compleja suma de causas, desde el Río Bravo a la Patagonia el activismo político se desperdigó y tendió a negarse a sí mismo por la vía del conciliacionismo reformista y el infantoizquierdismo. Ante el espectáculo de direcciones corrompidas, doblegadas por el sistema y entregadas a él, o, enfrente, propuestas ajenas a toda racionalidad, atrapadas por un momento histórico en el que la supuesta muerte del socialismo se combinó con atractivos de extraordinaria potencia histórica, como son las manifestaciones en la vida cotidiana de la revolución científico-técnica, las juventudes tomaron distancia de la política. Los más capaces buscaron refugios individuales, cuando no se desbarrancaron por las numerosas ofertas hacia la enajenación ofrecidas por una sociedad en la cual la irreversible decadencia se oculta tras espejismos de progreso. Pero la causa determinante de esta deriva social contribución decisiva para la sobrevida del sistema durante las últimas décadas- fue la ausencia de alternativas que aunaran la racionalidad y la osadía, la rebeldía y la inteligencia, la imposibilidad de conquistar la conciencia y el corazón de millones para luchar por un futuro deseable y creíble. Esa impotencia terminó con el Psuv.

 

 Hora de actuar

En suma, ha llegado la hora de emprender la marcha hacia la recomposición de la unidad social y política de nuestros pueblos en todos y cada uno de los países de América Latina. Es decir, ha llegado la hora de edificar partidos antimperialistas y anticapitalistas, de masas, con el máximo de participación democrática en todos los niveles. Ya no es sólo necesario; también es posible.

Esta deberá ser una empresa coordinada, que parta de la visión de América Latina como un todo, inserto además en un mundo en crisis. Como ya ha reiterado Crítica, Chávez ha sido explícito respecto de la necesidad de construir una internacional en América Latina. En un discurso ante los propulsores del Psuv, el 25 de agosto de 2007, Chávez sostuvo que 2008 será el momento de «convocar a una reunión de partidos de izquierda en America Latina y organizar una especie de Internacional, una organización de partidos y movimientos de izquierda de América Latina y el Caribe (…) Hay un resurgimiento de la conciencia de los pueblos; deben seguir creciendo los movimientos, líderes y liderazgos de una izquierda nueva, de un proyecto nuevo».

El severo traspié con el referéndum por la reforma constitucional y el hecho de que éste es en Venezuela un año electoral, donde se disputará con directa participación de Estados Unidos la victoria para gobernaciones y alcaldías, limita la disponibilidad del Psuv para impulsar ya mismo esa tarea, de acuerdo con los planes de Chávez. Pero no hay razón alguna para que esto se demore en la región y, sobre todo, en cinco países donde la realidad urge respuestas de fondo: Bolivia, Ecuador, México, Argentina y Paraguay.

Sin esta condición estarían en riesgo mortal los procesos revolucionarios en marcha en Bolivia y Ecuador, podría debilitarse y extinguirse la potente movilización en México, Argentina pasaría a la ingobernabilidad primero y a una restauración del predominio del capital financiero después (ver Documentos para la Militancia, pág. 184) y la expectativa en Paraguay se vería frustrada.
Partido y conciencia

Aunque difuminado en una zona entre los sentimientos y la razón, el rechazo a «los yanquis» es generalizado. Resulta muy difícil medir hasta qué punto ese sentimiento -muy profundo y extendido en nuestras sociedades- supone ideas políticas claras y definidas. En Argentina, la dificultad estriba en la extraordinaria degradación de las organizaciones políticas y las estructuras sindicales. Tanto aquellas sumadas al gobierno como las recluidas en el mundo fantasioso del sectarismo, desprecian la capacidad del movimiento de masas y distorsionan su verdadero estado. No obstante, contando el ánimo y la conciencia colectiva como factores objetivos necesarios para la edificación de grandes partidos antimperialistas y anticapitalistas, es seguro que ambos están dados en toda la región y, pese a la distorsión apuntada, también en Argentina.

Pero la conciencia no es un valor homogéneo y constante. Todo lo contrario. En una misma lucha sindical, por ejemplo, se aúna toda una gama de niveles de comprensión y asunción del significado inmediato y mediato de ese combate, pero además ese conjunto se transforma en uno u otro sentido según una cantidad de factores, entre los que predominan el resultado mismo de esa lucha y el papel de dirigentes y organismos que ésta genere. En el caso específico argentino, desde hace muchos años el papel de las dirigencias y organizaciones ha sido todo lo contrario al necesario para elevar y consolidar la conciencia, pero además ha llevado sistemáticamente a duras derrotas que necesariamente contribuyeron a la retracción de trabajadores y jóvenes.

Desde la fuga del Congreso de los Trabajadores Argentinos hacia una ficción de central sindical en 1996, que daría como resultado el direccionamiento de toda la fuerza obrera y juvenil hacia el Frepaso-Alianza y el vaciamiento patético de la actual CTA, hasta los desvíos cometidos en diciembre de 2001 y los meses siguientes, todo sumó para provocar derrotas sucesivas, desmoralizar, confundir y paralizar a la clase obrera y el conjunto del pueblo. Pero si esta deriva sepultó cuadros y organizaciones que pretendieron erigirse como dirigentes de la voluntad de masas, en la misma medida en que las clases dominantes no lograron resolver uno solo de los problemas que aquejan a la sociedad argentina, no acaba con la necesidad de las mayorías de buscar un nuevo rumbo político y la actitud expectante, aunque pasiva, de decenas de miles de activistas sociales y políticos.

Para una clase, tanto más para el conjunto heterogéneo que supone un pueblo, no hay conciencia sostenida en el tiempo sin una organización que la exprese y, a la vez, revierta sobre ella, motorizada por el choque cotidiano en la lucha de clases, para afirmarla y sin cesar modificarla en una constante negación dialéctica.

Simétricamente, no hay organización revolucionaria sostenida en el tiempo sin un sustento de masas que, sin pausa, le insufle a los conceptos generales de una teoría revolucionaria el oxígeno de lo particular, su concreción.

La tragedia de la revolución socialista en el siglo XX fue la ruptura en la Unión Soviética, a partir de la segunda mitad de la década del ’20, de esa interrelación virtuosa entre las masas explotadas y oprimidas y el Partido con y por el cual ellas habían accedido a la conciencia, la organización y el poder en 1917.

Durante sesenta años aquella ruptura se propagó por diferentes caminos al proletariado mundial y a través de éste a todas las organizaciones obreras y revolucionarias, incluyendo a las que intentaron resistir aquella fuerza destructiva, simplificada en el término stalinismo.

Esta última afirmación tiene una excepción, relativa pero crucial: el Partido Comunista de Cuba. Tal excepcionalidad es la que explica en última instancia la sobrevivencia más aún, el fortalecimiento- de la Revolución Cubana tras el derrumbe ignominioso de la Urss y la capitulación aún más vergonzosa de su Partido Comunista. En Cuba, por el contrario, se avanzó en la identificación de la clase obrera y el conjunto del pueblo con el Partido Comunista de Cuba, galvanizando conciencia y organización en mutuo fortalecimiento.

A la vuelta de este período histórico, el nacimiento del Psuv viene a aparejar el hecho saliente de la política mundial contemporánea, asumido ya por las voces más diversas, a saber: la vanguardia de la política mundial está en América Latina. Con todas sus falencias y no obstante las inmensas amenazas que penden sobre el Psuv, su importancia histórica radica en que comienza a traducir la estrategia de la revolución socialista mundial al lenguaje latinoamericano, en el sentido de representar con mayor aproximación y genuinidad la realidad social, la formación económica y el acervo histórico de la región.

Lejos de las habituales tilinguerías que rechazan lo pasado por viejo y se limitan a pontificar sobre novedades para las que nada aportan, en América Latina está planteada hoy la insoslayable necesidad de elaborar y aplicar una teoría del partido revolucionario adecuada al tiempo y las circunstancias. En esta tarea, es tan nociva la propensión al calco como la fanfarronería de quien cree que todo comienza con él. No podrá darse un paso adelante si no se incorpora el acervo histórico de 200 años de luchas de clases del mundo contemporáneo. La construcción del socialismo requiere de voluntad colectiva organizada, pero sobre bases científicas. Esas bases fueron sentadas por la labor teórica de Marx y Engels, y desarrolladas por innumerables luchadores desde entonces.

Sin embargo, los partidos para esta época de transición deben tener también un carácter transicional. En sentido estricto, no pueden definirse como marxistas. Porque deben incluir en todos los sentidos a decenas y cientos de millones de personas que en abrumadora mayoría son portadoras de la contradicción entre la exigencia objetiva de la lucha anticapitalista y la ideología (la falsa conciencia) del capitalismo, incluida -y en lugar relevante- la religión, que bajo la forma ya no sólo de la iglesia católica sino de infinidad de iglesias evangélicas, se ha constituido en las últimas décadas en el reemplazo político-organizativo de los derruidos partidos del capital.

Eso no se resuelve con desplantes, ni con grititos enronquecidos de tribunos de utilería. Requiere una labor sistemática de alcance histórico, que comienza por la alfabetización de decenas de millones de analfabetos totales y funcionales, sigue por la politización en el sentido más general y culmina en la formación ideológico política de las masas, lo cual supone la rigurosa educación de los cuadros de vanguardia.

La revolución no viene después de este proceso. Éste es parte de aquélla. El auge en las luchas antimperialistas y anticapitalistas predomina ya en América Latina. Esto configura una situación revolucionaria en términos generales, complementada con grados de desarrollo menor en países de gravitación mayor, especialmente Brasil y Argentina. Por eso mismo, por su desigualdad, se trata de un proceso en pleno desarrollo, de manera alguna definido en términos históricos, que da lugar a una batalla feroz en todos los terrenos, y cuyo desenlace no es fatal: depende de la capacidad de la vanguardia revolucionaria para comprenderla y afrontarla.

Aparecen aquí dos problemas principales: cómo sostener el actual punto de desarrollo de la comprensión colectiva de las luchas sociales en curso y cómo hacerla avanzar a la conciencia revolucionaria anticapitalista o, lo que es lo mismo, cómo impedir que el imperialismo y las burguesías regionales consigan desviar, dividir y derrotar a las masas.

Desembocamos por este camino otra vez en la relación entre conciencia y organización: si en plazos perentorios no se constituyen organizaciones de masas que comprendan, estimulen y desarrollen la conciencia actual, el enemigo logrará su objetivo, comenzando por el primer escalón: la división de las masas. No es preciso abundar en ejemplos; están al alcance de la mano en cada país.

Como lo fuera el PT en su momento, con un grado de radicalidad incomparablemente mayor y desde el ejercicio del poder del Estado, el Psuv es hoy el punto más alto en la plasmación de un determinado desarrollo de la conciencia y la lucha de clases en organización política.

 

Atraso y conciencia

A la par de esta afirmación, que supone defender las definiciones de principios, programáticas y estatutarias del Psuv como prototipo válido para toda América Latina tras el objetivo de alcanzar la unidad social y política de las masas, es preciso subrayar un punto nodal para el futuro de este partido.

Ya a comienzos de la década de 1920, al calor de la victoria de la revolución en Rusia y del fracaso de la revolución en Alemania, apareció la tentación teórica de ensalzar el atraso. En un libro tan citado como desconocido, Historia y conciencia de clase (1923), George Lukacs confirió ciudadanía intelectual a este desvío: «el carácter de indesarrollo de Rusia (…) le dio al proletariado ruso la oportunidad de resolver la crisis ideológica con mayor prontitud». Según esta interpretación «la influencia más débil ejercida por los modos capitalistas de pensamiento y sentimiento sobre el proletariado en Rusia» habría permitido la formación del partido revolucionario y la toma del poder, a diferencia de lo ocurrido en los vecinos de mayor desarrollo capitalista (3).

Mucho después, en 1967, Lukacs diría de su propia obra que había sido el resultado de un pensamiento idealista: «más hegeliano que Hegel». Pero también eso es discutible. Porque en aquella interpretación no sólo había idealismo, sino mecanicismo. La glorificación del subdesarrollo lo llevaba al «optimismo romántico», como acertadamente dice Métzáros. La autocrítica, en cambio, conduce a desconocer el hecho real: ocurrió la Revolución Rusa, se constituyó el partido revolucionario, en el país más atrasado de Europa; mientras que ambas cosas fueron imposibles en Alemania, el más desarrollado de entonces.

Conviene retener esta experiencia histórica para comprender desde una perspectiva más amplia el momento que atraviesan la Revolución Bolivariana y el estado de efervescencia en América Latina. En comparación con Brasil, México y Argentina, Venezuela es el subdesarrollo en el subdesarrollo. No fue ésta la condición determinante que dio lugar a que la retomada de la revolución ocurriera en aquel país (4). Pero fuera de duda, a menos que se piense en términos idealistas, ese atraso gravitará necesariamente sobre forma y contenido del Psuv. En contraste, el desarrollo capitalista brasileño fue capaz de engullirse al PT y el de Argentina llevó a este país, en medio de una crisis convulsiva del capitalismo, al punto de mayor atraso, confusión y parálisis política de los explotados en toda su historia.

Un refrán asegura que hay que tener cuidado con los errores de las personas inteligentes. En efecto, hay que tener cuidado con aquel garrafal desvío de Lukacs. Porque no comprender que reflejaba una contradicción real, conduce a dejarse arrastrar al «pesimismo romántico», una vez confirmado que el atraso da lugar a fenómenos aberrantes como el stalinismo. La ley marxista del desarrollo desigual y combinado permite aprehender esa dialéctica de una manera más próxima al desenvolvimiento histórico.

Dicho de otro modo: hoy el eje de la revolución mundial se ha desplazado a América Latina, una de las áreas atrasadas del mundo, subdesarrollada en términos industriales, dependiente de los centros imperiales. Y dentro de ese fenómeno, como centro y motor que lo explica, está Venezuela. ¿Qué harán los revolucionarios? ¿Fugar al ‘optimismo romántico’ o guarecerse en el ‘pesimismo romántico’? El hecho es que los cambios objetivos que dan lugar a este momento histórico son «independientes de la voluntad, no sólo de determinados grupos y partidos, sino también de la voluntad de determinadas clases» (5). Ahora y aquí, como en cualquier momento y lugar, ser revolucionario significa comprometerse con una acción que dé respuesta a las necesidades de los explotados y oprimidos, en toda circunstancia y muy particularmente en una situación revolucionaria.

El primer punto es comprender la desigualdad y bregar por una combinación positiva. Asumir el papel decisivo del Psuv y la necesidad de que los proletariados más avanzados de la región (por mayor desarrollo industrial y experiencia política), concurran en el menor tiempo posible a ensamblar, mediante herramientas políticas propias hoy inexistentes, con esa vanguardia política continental que es el Psuv. Esto vale sobre todo para Brasil, México y Argentina por su peso objetivo y, por razones diferentes, para Cuba y Bolivia, respectivamente vanguardias ideológica y social de la revolución hemisférica.

Chávez, receptor del poder delegado voluntaria y fervorosamente por millones de hombres y mujeres, ha querido y ha logrado transferir ese inmenso poder a la única instancia capaz de gestionarlo sana y sostenidamente: un Partido. Sin embargo no es por acaso que éste haya debido ser el camino. Es un hecho a todas luces evidente que la clase obrera venezolana no es la vanguardia efectiva de la Revolución Bolivariana y, en consecuencia, tampoco el centro de gravitación del Psuv. A esto se suma el hecho de que las organizaciones de mayor peso que apoyan a Chávez y su MVR, no ingresaron al Psuv.

Es un dato elocuente que, en el momento en que se juramentaba a la Dirección Nacional del Psuv en Caracas y Chávez iniciaba su discurso reivindicando a Marx como «el más grande de los pensadores en la lucha por la emancipación humana», en el Oriente del país, la mayor concentración proletaria en Venezuela mantenía una vigorosa lucha contra la empresa Sidor con un programa estrictamente sindical. Sólo pequeños sectores de vanguardia defendían la reestatización de la empresa. No obstante, esa resistencia sostenida y creciente fue reprimida por la Guardia Nacional del Estado Bolívar. Esta circunstancia, la intransigencia de la empresa y la persistencia de la movilización obrera aunque siempre con carácter estrictamente reivindicativo, e incluso en buena medida manipulada por un sector burocrático con el objetivo de desgastar al gobierno con vistas a las elecciones- dio oportunidad a Chávez para decidir la expropiación de Sidor.

Pocos casos reflejan tan claramente como éste el cuadro estructural de la Revolución Bolivariana.

Más que en otros países suramericanos, para utilizar la expresión de Marx, en Venezuela existe una importante «clase obrera en sí», pero no una «clase obrera para sí», es decir, con conciencia del lugar que ocupa en la sociedad y la historia. La omisión de las dirigencias sindicales en la construcción del Psuv, fruto del economicismo y la confusión ideológica, se manifestaba así en una contradicción práctica entre la estrategia socialista y los conflictos propios de una sociedad en el umbral de la transición al socialismo. En perspectiva, sólo un proletariado consciente y organizado puede resolver esa contradicción. La labor de constitución de una «clase obrera para sí» es por tanto uno de los principales desafíos para el Psuv. Pero una vanguardia consciente en el resto de América Latina debería tomar esa tarea como suya propia. El lugar que finalmente decida ocupar el activo sindical venezolano gravitará sobre el curso de los acontecimientos. Pero ese lugar depende en buena medida del papel que decida asumir la vanguardia latinoamericana respecto del Psuv y de la Revolución Bolivariana. Esta es una tercera razón y en modo alguno menos importante que las anteriores- para no perder un día en la tarea de construir herramientas políticas de masas, antimperialistas y anticapitalistas: confluir desde proletariados con mayor desarrollo objetivo y, en algunos casos, con mayor acervo político, en una organización internacional que combine positivamente las desigualdades. De tal manera, contribuir a un desarrollo positivo del Psuv, es una tarea inseparable de aquellas obligadas para garantizar la continuidad del desarrollo revolucionario en países como Bolivia y Ecuador, impedir que el inexorable colapso de las fuerzas centristas dominantes en Argentina, Chile, Brasil, Uruguay y Paraguay conduzca a la disgregación social y a seguras derrotas a manos del capital, y afirmar el actual nivel de conciencia para avanzar hacia una conciencia socialista a escala hemisférica.

Permítasenos en este punto una digresión necesaria: al hablar de organización y conciencia es insoslayable un tema altamente controversial, a saber: ¿de dónde viene la conciencia? La primera piedra del escándalo la puso Lenin:

«Hemos dicho que los obreros no podían tener conciencia (socialista). Ésta sólo podía ser traída desde fuera. La historia de todos países demuestra que con sus propias fuerzas la clase obrera está en condiciones de elaborar exclusivamente sólo una conciencia tradeunionista, es decir, la convicción de que es necesario agruparse en sindicatos, luchar contra los patrones, reclamar al gobierno la promulgación de tales o cuales leyes necesarias para los obreros, etc. En cambio, la doctrina del socialismo ha surgido de teorías filosóficas, históricas y económicas elaboradas por intelectuales, por hombres instruidos de las clases poseedoras. Por su posición social, los propios fundadores del socialismo científico moderno, Marx y Engels, pertenecían a la intelectualidad burguesa» (6).

Los abusos de que ha sido objeto el pensamiento de Lenin, sobre todo en relación con la teoría del partido, exigen volver sobre este concepto en momentos en que se replantea, con bases objetivas como nunca antes, la posibilidad de edificar partidos revolucionarios de masas.
El caso venezolano es una comprobación de la actualidad de aquella aseveración de Lenin. La espontaneidad de las masas en rebeldía contra las iniquidades del capitalismo dio lugar en 1989 al Caracazo e inauguró una nueva etapa en la historia venezolana. Pero una de las consecuencias de aquella rebelión, la formación del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200), un grupo de militares encabezados por Chávez, sería el punto de partida para que la fuerza de aquellas masas insurrectas no se perdiera en el vacío o, peor aún, fuera recuperada por alguna fracción capitalista.

Convertido Chávez en un ídolo y llevado por elecciones al gobierno, un dato para muchos folklórico, el programa dominical Aló Presidente, se convirtió en la llave para educar a las masas. Luego vino el programa de alfabetización completado con misiones destinadas a que toda Venezuela se pusiera a estudiar, cada uno desde el nivel de instrucción en que estuviera. A medida que el enemigo mostraba las garras, Chávez sumó al Aló interminables discursos dados en las circunstancias más diversas y no menos prolongadas cadenas de radio y televisión donde con la mayor naturalidad, y con la pasión y las condiciones didácticas que les son propias, incursionaba en los aspectos más complejos de la política nacional e internacional. El salto en nivel político y conciencia que experimentó en pocos años la sociedad venezolana (incluida la oposición), difícilmente tenga parangón en otro proceso revolucionario. Como sea, nadie podrá discutir que esa conciencia que hoy es patrimonio social, que ha dado vuelta como un guante la realidad venezolana e internacional (y a la cual le falta todavía mucho camino por recorrer), «vino de fuera», para decirlo con la fórmula de Lenin. 

Sólo personas ganadas por la ignorancia y la pedantería podrían deducir de aquí una actitud altanera, de fatua superioridad ante las masas (de hecho eso ocurre en no pocas sectas de infantoizquierdistas). El conjunto del pueblo, la clase obrera en particular, es una fuente inagotable de saber. Nadie que no quiera o no sepa beber en ella podrá ser un verdadero dirigente. Nadie que desconozca la necesidad de establecer una relación continua entre aquella sabiduría y el socialismo científico podrá sostener por mucho tiempo el carácter científico de una propuesta revolucionaria. Del mismo modo, la negativa a reconocer la justeza de la teoría de Lenin condena al economicismo, al espontaneísmo, en definitiva a la derrota de las masas y sus vanguardias.

Nada más elocuente que el hecho de que un hombre con el lugar alcanzado por Chávez ante las masas, que podría haber perpetuado un liderazgo personalista, con rasgos autoritarios (e incluso se hubiera ahorrado enormes dificultades, entre ellas, muy probablemente, la derrota en el referéndum), se dispusiera a transferir el poder a través de los consejos comunales y el Psuv.

Ese paso puede medirse desde una perspectiva subjetiva. Efectivamente, no hay prueba mayor de la intencionalidad de Chávez. Pero también puede hacérselo desde la teoría de la relación vanguardia-masa y, tanto más, individuo-historia: cientos de miles de personas introducidas en el desconocido y fascinante universo del debate político, donde toda voz debe ser escuchada, donde cada paso ha de basarse en el razonamiento y la decisión en la voluntad mayoritaria, la democratización efectiva del poder; millones de personas ingresando en ese mundo después de haber sido develada su conciencia por las ideas de la revolución y la explicación incansable de lo que produce el capitalismo y la necesidad del socialismo, constituyen una superación, si bien no teorizada, de las malinterpretaciones y manipulaciones del célebre Qué hacer. El Psuv es, en ese sentido, expresión de esa superación.

 

Valores y antivalores

Tal afirmación no debe llevar a una interpretación apologética. Sin esfuerzo se podrán encontrar en el Psuv fallas y transgresiones a una estricta metodología democrática, así como conductas individuales o grupales apuntadas precisamente a lo contrario del libre protagonismo de las bases. Fraccionalismo, maniobras e intrigas no son patrimonio exclusivo de la izquierda en Argentina. Pero, en primer lugar, esos lunares se pueden hallar con toda facilidad precisamente porque el proceso mismo de construcción partidaria se ha llevado a cabo a la luz pública.

Más aún: ciertas conductas burocráticas a menudo no exentas de autoritarismo, el desinterés funcionaril, la falta de empeño en la pulcritud metodológica, la conducta camarillista, entre otros rasgos negativos que sería posible apuntar en este proceso, no son sino la paradojal comprobación de que no pocos de los y las protagonistas de este fenómeno, cargando con una cultura política de arrastre, han sido envueltos e inconscientemente involucrados en un proceso de construcción que los incluye como parte inseparable de la Revolución Bolivariana, destila y utiliza sus capacidades y las pone al servicio de un fin mayor que niega y supera aquellas miserias. El conjunto, movido y guiado desde un centro vital por una clara estrategia de revolución socialista, ha puesto el signo y sobredeterminado el papel de las partes, dando lugar a un círculo virtuoso. Tal vez con el tiempo más de un cuadro activo de este mecanismo descubrirá hasta qué punto ha sido valiosa su participación, cuando ahora la considera simplemente una obligación laboral.

El rescate de los valores de cada individuo, la superación de sus debilidades y deformaciones individualistas alimentadas por una sociedad de competencia que entroniza antivalores y mediocridades, es un resultado no menor y prueba irrefutable del carácter genuino de un proceso revolucionario. Se trata de la dinámica exactamente opuesta al proceso que sufren las formaciones partidarias de la burguesía, también experimentado por las sectas sedicentemente revolucionarias, donde las capacidades individuales en lugar de conjugarse se contraponen, en lugar de potenciarse se dividen, en lugar de honrar envilecen.

Desde luego, como en todo organismo vivo, el desenlace siempre estará en disputa. En la misma medida en que la historia reaparece constantemente y se reconstituyen conceptos, metodologías y conciencias propios de la sociedad capitalista, el destino de un partido revolucionario es inseparable del destino de la revolución misma. Al cabo prevalecerá lo peor o lo mejor de los seres humanos que componen el Psuv según prevalezca, no en Venezuela sino en América Latina y el mundo, la barbarie o el socialismo. Pero temer esa ambivalencia es como temblar ante la vida, es decir, escabullirle a la historia.

En este momento histórico de Venezuela, en pleno empeño por llevar adelante la transición del capitalismo al socialismo, el Psuv espeja esa realidad y se constituye en herramienta igualmente transitiva, incorporando los rasgos positivos y negativos de la mayoría social y las vanguardias que ensayan este asalto al cielo.

 

Rescate histórico

Otro rasgo positivo sobresaliente del Psuv y su dialéctica virtuosa, es el rescate de cuadros militantes provenientes de los más diversos intentos de reivindicación social. Los 30 miembros de la Dirección Nacional, en sí misma síntesis de edades, condición social, formación etnocultural y proveniencia política, son apenas una muestra mínima de los miles de cuadros con voluntad y capacidad para asumir posiciones dirigentes a todos los niveles.
Instancia de unidad social y política de una mayoría abrumadora compuesta por trabajadores de todos los sectores, campesinos, juventudes, profesionales y pequeños productores del campo y la ciudad, en el marco de un proceso revolucionario, el Psuv ha obrado como fuerza centrípeta conjugando experiencias e individuos de disímiles trayectorias. Aquí también se verifica una dinámica inversa a la que puede constatarse en las filas revolucionarias en otros países, donde fuerzas centrífugas, impulsadas por el retroceso de las ideas revolucionarias en las últimas décadas, causan la constante destrucción de capacidades encarnadas en militantes dispersos.

Guerrilleros y militares, jóvenes y veteranos, comunistas y cristianos, revolucionarios y reformistas, entre otras tantas dicotomías que lo son y de manera taxativa en otro cuadro sociopolítico, convergen en Venezuela sobre el único eje que puede dar lugar a semejante agregación en cualquier parte del mundo: la revolución socialista.

Se verifica así en los hechos la más osada novedad política en mucho tiempo, realizada por Cuba, esgrimida por el Che, asumida y propulsada por Chávez, en choque frontal con tirios y troyanos y a contracorriente de la opinión predominante en partidos y academias: la vigencia de un programa anticapitalista y de la noción de Partido revolucionario como ejes para la agregación social y la recomposición de fuerzas políticas. Esta comprobación, que será más nítida y abarcadora en la etapa histórica que ella misma inaugura, golpeará sobre la conciencia y el accionar de decenas de miles de luchadores en todo el continente. El espectro político regional habrá cambiado. En ese sentido, el Psuv es un nuevo y poderosísimo eje gravitacional en América Latina.

 

(1).- Información pormenorizada y paso a paso de estos acontecimientos puede hallarse en «El gran debate», América XXI Nº 24, marzo de 2007; «Tomar partido», América XXI Nº 25, abril de 2007; «Movilización nacional para la construcción de un nuevo partido», América XXI Nº 26, mayo de 2007; «Un partido construido por las masas», América XXI Nº 31, octubre de 2007; «Un paso atrás», América XXI Nº 33, diciembre 2007-enero 2008;»Retroceder, detenerse o avanzar en pos del socialismo», América XXI Nº 35, febrero de 2008 «Para la transición al socialismo, un Partido de transición», América XXI Nº 36, marzo de 2008; «Un faro para América Latina», América XXI Nº 37, abril de 2008.
(2).- «Nuevos tiempos, nuevas tareas», Crítica de Nuestro Tiempo Nº 35, mayo octubre de 2007.
(3).- El respetado autor István Métzáros focaliza este error en su libro «Más allá del Capital».
(4).- Trato este tema en un libro de próxima aparición, por lo que aquí sólo queda enunciado.
(5).- V.I. Lenin; Obras completas, T XXII, pág. 310; Ed. Cartago.
(6).- V.I. Lenin; Qué Hacer? Obras escogidas. Editorial Progreso; T II; pág. 28

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