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El difícil consenso sudamericano

02/02/2007

porLBenLMD

 

La teoría propone y el devenir de la sinuosa historia latinoamericana dispone: instancias de naturaleza por completo diferente, nacidas con objetivos opuestos y protagonistas enfrentados, el Foro de São Paulo (FSP) y el Mercosur recorrieron una rara parábola desde que aparecieron en el escenario suramericano, a comienzos de la década de 1990, hasta confluir ahora en una problemática común, signada por la tendencia convergente de los países de la región y por el confuso debate sobre qué hacer en una fase de transición, que difícilmente halle dos definiciones concordantes.

 

Aquél, un encuentro de partidos y organizaciones de izquierda de América Latina y el Caribe, que en su primera cita, a comienzos de julio de 1990, diagnosticaron una crisis del capitalismo y afirmaron -aunque no sin diferencias frontales entre sus muy disímiles componentes- una respuesta antiimperialista y vagamente anticapitalista. Éste, un acuerdo que, a la fecha en que los presidentes de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay firmaron el Tratado de Asunción, el 26 de marzo de 1991, se proponía “la eliminación de las barreras arancelarias y no arancelarias y la adopción de una tarifa externa común entre los países miembros” y en los hechos se limitaba a facilitar un mercado de escala apropiada para multinacionales automotrices establecidas en la región.

¿Cómo pudo ocurrir que aquellas dos instancias tan alejadas en sus propósitos hayan sido llevadas a una virtual fusión? El mero planteo de esta incógnita revela la transformación sísmica ocurrida en el escenario político latinoamericano en los últimos 15 años, sin que la teoría y la política hayan logrado dar cabal cuenta de ella. Observados desde tal perspectiva, los protagonistas más destacados parecen más bien figuras arrastradas por un vendaval de acontecimientos que se desenvuelven según su propia lógica.

 

Encuentro de partidos

El hecho es que los hombres y mujeres que en 1990, en medio del terremoto ideológico-político provocado por el desmoronamiento de la Unión Soviética, se reunieron en San Pablo convocados por el Partido de los Trabajadores -que acababa de perder las elecciones presidenciales- tres lustros después conducen o integran como minorías los gobiernos de sus países, constituyen fuerzas de oposición con peso decisivo u ocupan papeles relevantes en el proceso de unión suramericana que hoy gravita sobre cada país de la región. De un lado, entonces, los componentes del FSP son en buena parte gobernantes o dirigentes con capacidad de decisión; de otro, el Mercosur viró en redondo por imperio de la nueva situación predominante en la región y consumó su viraje con la incorporación de Venezuela al grupo originario.

Ocurre que los gobiernos actúan de manera pragmática, a impulso de acontecimientos que escasamente controlan y a menudo no comprenden en toda su magnitud, y los partidos casi sin excepción van detrás de los hechos, cuando no son demolidos por ellos. Así, una verdadera crisis de identidad hace del Mercosur una instancia tambaleante que oscila entre su función como factor para maximizar ganancias de ciertos grupos y la de motor de la unión suramericana; mientras que la misma crisis atenaza a partidos y dirigencias, irresueltos ante la opción de afrontar la coyuntura insertándose en el sistema al que combatieron, o encaminarse hacia una transformación sistémica bajo la bandera del socialismo del siglo XXI.

En la capital salvadoreña se reunieron 219 representantes de 58 partidos y organizaciones políticas procedentes de 33 países, acompañados por 54 invitados de otras regiones del mundo. El partido anfitrión fue el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), otrora fuerza guerrillera que precisamente en esa fecha conmemoraba los 15 años del fin de la guerra.

Es significativo que el XIII encuentro del FSP tuviera como propósito su propio relanzamiento. Con prescindencia del resultado inmediato, ese objetivo llevaba implícitas conclusiones de peso: se daba por terminado el paréntesis en el que toda estrategia desaguaba en los movimientos sociales; la noción de partido político recupera espacio en la lucha social; los gobiernos ejercidos por partidos integrantes del FSP reconocen la necesidad de ese bloque heterogéneo, si no para debatir estrategias gubernamentales, sí para legitimar una pertenencia ante sus propias bases.

Del 12 al 14 de enero dirigentes de grandes partidos y pequeños agrupamientos se abocaron a “la búsqueda de una nueva etapa de integración latinoamericana y caribeña”. La declaración final, obtenida tras arduos esfuerzos por alcanzar el consenso, definió el marco de esa búsqueda como “la formulación de políticas antineoliberales que fomentan una genuina democracia política, económica y social; el desarrollo sustentable; la lucha contra el colonialismo y la injerencia imperialista; el enfrentamiento a la doctrina imperialista de seguridad hemisférica; la relación entre las fuerzas políticas, los movimientos sociales y ciudadanos, y los gobiernos de izquierda y progresistas, y el papel que desempeña la solidaridad internacional”.

Durante la primera jornada, la intervención del alcalde de Caracas, Freddy Bernal, sacudió a la audiencia y puso el debate en un andarivel muy elevado. Bernal anunció que hablaba en nombre de un partido disuelto (el Movimiento Vª República) que daba ese paso para construir el Partido Socialista Unido de Venezuela. Desarrolló con detalles las medidas anunciadas por el presidente Hugo Chávez para avanzar “hacia el socialismo del siglo XXI” y concluyó anunciando que se proponía disolver la Alcaldía que conduce, para dar paso a “las comunas de Caracas”, en un proceso de inequívoco desplazamiento del poder hacia la ciudadanía.

Sin embargo ése no fue el tono predominante. Y la declaración final excluyó incluso la formulación “socialismo del siglo XXI”, limitándose a registrar que “la construcción del modelo alternativo, que en más de un lugar se define con una perspectiva socialista” se resume en “la conquista de la independencia nacional y regional, la justicia social, la democracia política y social, la integración regional y continental”.

Obligado por ley consuetudinaria a funcionar por consenso, pero compelido por la realidad de algunos gobiernos y partidos, la permanencia del FSP sólo puede garantizarse a expensas de definiciones netas. Pero esto va contra la naturaleza misma de un partido político. La continuidad del FSP -defendida unánimemente por sus integrantes- requiere definiciones que el actual conjunto partidario no puede adoptar. La distancia entre ambos puntos fue resuelta en esta oportunidad con un modesto plan de acciones: “publicación de un boletín electrónico mensual; constitución de una escuela continental de formación política; realización anual de un Festival político cultural; creación de un observatorio electoral; desarrollo de una política dirigida hacia la juventud y de promoción del arte y la cultura”.

 

Cumbre de Río

Pese a la distancia de los escenarios, algo análogo ocurrió en la XXXII Cumbre de Presidentes del Mercosur, que tuvo lugar en Río de Janeiro los días 18 y 19 de enero. Además de los cinco mandatarios miembros del bloque, participaron otros seis presidentes y vices, en representación de la totalidad de Suramérica. Tanto despliegue para tan poco: Brasil pretendía acelerar la incorporación plena de Bolivia al Mercosur, así como acordar condiciones especiales de comercio para los dos socios menores (bajas tributarias y más concesiones para los componentes de origen extrarregional en sus productos), pero el veto argentino impidió ambos objetivos de Itamaraty. Los gobiernos de Argentina y Uruguay no cambiaron una palabra respecto del absurdo -aunque no por ello menos grave- conflicto en torno de las fábricas de pasta de papel. Nadie respondió cuando el flamante presidente ecuatoriano Rafael Correa aludió a lo que considera errónea estrategia de crear una Comunidad Suramericana de Naciones, en lugar de acelerar en pos de la unión de lo que entiende como “única nación suramericana”. Y sólo hubo debate cuando, ante la reflexión de Evo Morales sobre el papel de las políticas neoliberales en las economías de la región, el presidente colombiano Álvaro Uribe dio una destemplada respuesta. Morales también reclamó “justicia, no solidaridad” para con su país y recordó “Bolivia no puede seguir subsidiando el gas para Brasil”. En reunión privada, Luiz Inácio da Silva hizo luego un compromiso firme de elevar esos precios; pero no utilizó la asamblea de Presidentes para responder a un tema tan obvio como éste.

Tres acuerdos salvaron la cumbre: la decisión de construir un gasoducto entre Venezuela y el Nordeste brasileño; otro gasoducto entre Bolivia y el Norte argentino; la puesta en marcha de un fondo de compensaciones en favor de Uruguay y Paraguay para contrarrestar asimetrías, que erogará 70 sobre un total de 125 millones de dólares.

Pero este saldo no es aún suficiente para consolidar y proyectar el Mercosur. Mucho menos para avanzar efectivamente en la convergencia suramericana. Decisiones fundamentales, como la creación del Banco del Sur, planes de alfabetización y atención sanitaria conjuntos para toda la región, perspectiva de moneda única y mudanza radical en las prioridades de gobierno (satisfacción de necesidades sociales en lugar de obras de infraestructura destinadas a aumentar las exportaciones hacia otros continentes), propuestas repetidas una y otra vez en sucesivas cumbres por el presidente Chávez, fueron soslayadas cuando no frontalmente negadas.

También sobre los gobiernos gravitan con pareja potencia las necesidades contrapuestas de abroquelarse frente a Estados Unidos y sus socios, brutalmente confrontado a toda forma de convergencia regional, y de definir con nitidez una perspectiva estratégica. En esa inestable balanza oscila el futuro suramericano.

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