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Respuestas del Sur frente a la crisis económica mundial

07/03/2009

porLBenCR

 

En coincidencia con el colapso financiero internacional, del 8 al 11 de octubre se llevó a cabo en Caracas el primer Congreso Internacional de Economía Política. 31 participantes provenientes de Venezuela, Uruguay, Perú, México, Inglaterra, Francia, Estados Unidos, España, Ecuador, Cuba, Corea del Sur, China, Chile, Canadá, Bélgica, Australia y Argentina, concurrieron al llamado del Ministerio del Poder Popular para la Planificación del Ejecutivo venezolano y el Centro Internacional Miranda. La inusitada violencia del desplome bursátil y las cabriolas de los principales jefes políticos para buscar respuesta dieron un tono particular a los debates. La propuestas plasmadas en la Declaración final del encuentro se publican en las páginas 8 y 9 de esta edición.

No podría comenzar sin agradecer a los organizadores de este encuentro por su invitación, pero sobre todo felicitarlos por haber comprendido la importancia trascendental de la discusión de este tema en estos momentos.
Puede haber casualidad en la realización de este Congreso y el estallido de la crisis; pero la casualidad siempre tiene, en última instancia, una razón profunda de causalidad. Creo que éste es el caso, y de allí una felicitación que quiero hacer extensiva a los compañeros y compañeras que han trabajado en la organización de este encuentro, notablemente eficiente.

Hay que comenzar por decir que este cataclismo financiero internacional ocurre al cabo de un período que, no tengo dudas, es el de mayor desmovilización, confusión ideológica, y desorganización del proletariado mundial. Desde luego esto no niega las grandes luchas puntuales que ha habido en uno u otro lugar y sobre todo las grandes luchas sociales que ha habido en América Latina en la última década. Pero llevamos prácticamente tres décadas de desmovilización, poco menos que total, del proletariado mundial. Y al cabo de esas casi tres décadas lo que tenemos es un literal derrumbe del sistema capitalista, expresado hoy en el derrumbe del sistema financiero.

En mi opinión aquí hay una cuestión teórica de la mayor trascendencia que alude a la objetividad de la crisis, a la lógica interna del sistema capitalista, al carácter necesario del colapso del sistema capitalista; y excluye además la idea de que el capitalismo se derrumba si hay una fuerza proletaria y política que lo desafía con una propuesta de futuro. Este no es un problema menor, aunque no es el tema a discutir hoy día. En los últimos años se confundieron cuestiones elementales. Como resultado de la desagregación ideológica que nos acosó, muchos pensadores y dirigentes políticos de la izquierda mundial creyeron que afirmar que el capitalismo cae por sí solo era adoptar una posición fatalista, mecanicista. El hecho es que el problema de los revolucionarios no consiste principalmente en ver cómo hacemos para derrumbar el sistema, sino en garantizar que cuando se entra en un momento de crisis haya una propuesta alternativa capaz de garantizar que ese derrumbe no termine con los escombros en nuestras cabezas, como ya ocurrió tantas veces en la historia.

De manera que antes de entrar a la caracterización misma de la crisis es importante situarnos en esta visión del problema. Existe un carácter necesario, intrínseco, en la crisis del capitalismo. La crisis no se produce –parece bastante claro– por la amenaza soviética; no se produce por la movilización o por la propuesta revolucionaria de grandes partidos revolucionarios a lo largo del mundo, con arraigo de masas y con el proletariado organizado; y no se produce por la demanda, siquiera economicista, de masas proletarias. Sin embargo ocurre. Yo creo que esta es una lección muy importante antes de entrar a caracterizar la crisis misma.

Ahora bien, un compañero preguntaba, en una de las rondas de debate, por qué llamábamos crisis a lo que había antes. A la vista de lo que está ocurriendo ahora, decía, tal vez debiéramos pensar que la crisis es esto y no aquello que había desde años atrás. Desde luego es una opción y tiene fundamentos; pero hay un problema: si cambiamos la certeza teórica y práctica de que antes de ahora había crisis porque ahora vemos la magnitud de esta palabra, en nuestro próximo encuentro –que espero que no sea después de un lapso demasiado largo– tendríamos que volver a hacer lo mismo, tendríamos que volver a decir que esto que hoy llamamos crisis no lo era; porque esto es sólo el comienzo; es la manifestación más primaria, más elemental del derrumbe del sistema capitalista.

Creo que fue el mismo compañero quien preguntó –estoy seguro de que tiene la respuesta, pero lo dejó como una cuestión a discutir– si esta crisis comenzaba ahora o cuándo había comenzado; y hablaba de los años 1970. Yo soy un convencido de que este es el comienzo de la culminación de la crisis que se inició en los años 1970. Cuando se inició la crisis del capitalismo, no hubo una respuesta suficientemente fuerte desde la perspectiva del socialismo, desde la perspectiva de la revolución. Entonces el capital tuvo la posibilidad de avanzar sobre el conjunto social planetario y postergar la eclosión de sus crisis. Hemos denominado a eso la contraofensiva global estratégica, en el sentido de que se trataba de una contraofensiva en los terrenos militar, político, económico, ideológico, cultural y religioso, para afrontar la llegada de la crisis estructural y el avance de la revolución verificado en los años 1970. El imperialismo lanzó esa contraofensiva global a fines de los años 1970 y comienzos de los años 1980. Y nos derrotó en todos los terrenos. Yo llego al punto de sostener que la caída de la Unión Soviética –que tenía sus propias y suficientes razones para derrumbarse sin que nadie la ayudara– por el momento y la forma en que se produjo, fue resultante de la crisis del capitalismo. Porque los mismos problemas que produjeron, desde el punto de vista interno, esa desagregación deshonrosa de la Unión Soviética, existían 10, 20, 40 y 60 años antes en la Unión Soviética y sin embargo no habían redundado en su derrumbe. Ocurrió cuando la circunstancia mundial puso a la humanidad en tensión entre capitalismo y socialismo y obviamente aquello que no era socialismo sino una situación de transición completamente degenerada, no podía tener sino el destino que tuvo.

Lo único que quedó de pie con los principios, con la teoría y con la práctica –en la pequeña escala de sus posibilidades– fue la Revolución Cubana, el Partido Comunista de Cuba y su principal figura: el comandante Fidel Castro. Es el gran reivindicado de hoy. Porque en el medio del cataclismo, de lo que se suponía el fin del socialismo, supo sostener la perspectiva estratégica, convencido por razones profundamente teóricas y por una visión política concreta de que llegaría la nueva fase. Esa nueva fase ha llegado.

Toda esa cháchara sobre el neoliberalismo es lo que se derrumba hoy. Porque el neoliberalismo no era neo y no era liberalismo. En Argentina, que se supone el prototipo de la experiencia neoliberal, ese proyecto comenzó con una decisión del Congreso que le puso precio a la moneda. ¿Desde cuándo y con qué criterio se puede llamar a eso liberalismo? Era sencillamente una política anticrisis del capital, que en algunos sentidos necesitaba recurrir a los extremos del liberalismo y en otros necesitaba recurrir a los extremos del estatismo.

La exposición del compañero ecuatoriano sobre la deuda externa me exime de hablar al respecto; ha sido contundente, letal, en la demostración del significado político que tuvo la deuda externa. Con la riqueza que nos sacó, el imperialismo palió y postergó su crisis. Y cuando eso comenzó a producir los efectos políticos que están ahora en plena vigencia en América Latina, cuando ya no le fue suficiente lo que estaba absorbiendo mediante el endeudamiento forzado de nuestros países, viró el eje de su práctica y comenzó a endeudar a sus propios ciudadanos. Esa es la significación de esas famosas hipotecas subprime. Hay algunos que llegan al extremo de cargarle la responsabilidad de este colapso a la impericia del señor Alan Greenspan; sin embargo son muchos más los que con gesto de seriedad le echan la culpa a la falta de controles del Estado frente a la política crediticia de estas grandes empresas financieras. Resulta que esa falta de controles era una necesidad imperativa del capital para poder enfrentar, en la realidad y a través de la valorización del dinero en el circuito financiero, lo que yo considero que es la causa esencial de esta crisis que comenzó en los años 1970: la caída de la tasa de ganancia. Ellos contrarrestaron la caída de la tasa de ganancia con medidas extraordinarias: el endeudamiento de nuestros países, la baja en los precios de las materias primas, la prolongación de la jornada laboral, los cambios en las formas de la producción, el aumento en el ritmo de la producción y la reducción del salario real. Ellos leyeron bien El Capital, estudiaron bien el Tercer Tomo y dijeron: a esto que nos está matando, este cáncer que es genético, lo podemos contrarrestar con estas medidas. Dieron vuelta El Capital, lo pusieron en un espejo, aplicaron esa teoría a la inversa y ganaron estos años de ventaja.

 

Fin de una era

Eso es lo que está terminando ahora. Lo que esta cayendo es, nada más y nada menos que la política anticrisis del capitalismo. Aunque habrá circunstancias y momentos diferentes, termina la era del dólar. Sin embargo estoy seguro de que hay otra cosa mucho más importante que termina. Me refiero al factor que mencionaba inicialmente: la parálisis de los trabajadores, del proletariado industrial del mundo, porque esa pausa que obtuvo el capital internacional en la eclosión de su crisis significó una forma bastarda y esencialmente falsa –aunque con efectos reales– del crecimiento económico, que dio trabajo y garantizó en distintos niveles, una vida llevadera a aquellos que tenían trabajo y sobre todo a los que tenían trabajo en la industria.

Si ustedes observan, no ya el Norte, sino el propio Sur, verificarán que los obreros industriales de nuestros países en los últimos 25 años han sido una especie de élite, una suerte de aristocracia, como pudimos denominar a esta clase social –explotada por excelencia– en los Estados imperialistas durante tantos años. Era una aristocracia porque con lo que nos robaban a los pueblos del Sur, las patronales imperialistas chantajeaban a la clase trabajadora del Norte, la paralizaban o por lo menos la limitaban a una función estrictamente reformista.

Algo análogo, aunque con una sustancia diferente, ocurrió en nuestros países. La confusión ideológica de la clase obrera llegó al pináculo con el derrumbe organizativo, el desvío, la degeneración cuando no la disolución formal de los partidos comunistas y socialistas en todo el mundo. Todo eso redundó en confusión y desmovilización total en la clase trabajadora. Pero además de esos factores había otra razón, de carácter material: aquel que tenía trabajo era un aristócrata. Y digo era, porque eso se terminó. Se terminó la condición material para la sustentación de la parálisis política del proletariado de nuestros países –y también del Norte desde luego–.

La crisis financiera es solamente la expresión visible de la crisis estructural y arranca ahora la recesión. Es probable que esta desesperada cantidad de reuniones y medidas espasmódicas que en estos momentos están tomando los grandes jefes del capital financiero internacional consiga detener el colapso bancario y bursátil y pueda impedir que la recesión se transforme, en el corto plazo, en una franca depresión. Pero es solamente una cuestión de tiempo. Si consiguen hacer eso, ganarán tiempo –y diría hasta que no nos viene mal que ganen un poco de tiempo– pero no resuelven el verdadero problema.

Lo que quiero subrayar sobre todo es que estamos ante el fin de un sistema financiero, el fin de la moneda del principal imperialismo como instrumento esencial de la dominación de ese imperio. A partir de ahora comienza una nueva etapa histórica en la realidad social y en la organización social y política de los trabajadores de todo el mundo. En esta coyuntura, América Latina está en el punto de avanzada. Pero atención: quien va a sufrir primero –y, en un sentido, mucho más– los efectos de este colapso, es el pueblo estadounidense, la clase trabajadora y el pueblo del principal imperialismo.

Hay que recordar entonces que el proletariado estadounidense tiene reservas históricas de organización y lucha muy grandes. Podemos suponer que van a reaparecer en la próxima etapa; y no tengo la menor duda de que una de las expresiones de esta crisis será, a corto plazo, la crisis política de Estados Unidos. El próximo presidente de Estados Unidos –no importa quién sea– va a asumir después de una prueba de fuerza que todo el planeta pudo ver al trasluz: el presidente George Bush, los dos candidatos a presidente del próximo período, el presidente y el vicepresidente de la Cámara Baja, el presidente y el vicepresidente del Senado, todos juntos pidiendo que se apruebe una ley… y la ley no se aprueba. ¿Qué es eso? Es el anuncio de lo que viene: no van a poder gobernar.

Se abre un espacio extraordinario para la creación de una fuerza política de masas; un tercer partido en Estados Unidos. Que tiene antecedentes, porque en situaciones críticas se generó un movimiento sindical que incluso buscó pasar al plano político aunque no lo consiguió. Ya gravitaba en la política mundial el deterioro resultante de la degeneración de la Unión Soviética. Junto a una multitud de otros factores eso influyó para que la AFL-CIO (Federación Americana del Trabajo-Congreso de Organizaciones Industriales) no pudiera transformarse en partido. Pero ahora es una exigencia de la realidad que haya una nueva instancia política y en esa instancia van a pesar los trabajadores y las propuestas anticapitalistas.

Quiero hacerles una pregunta a todos ustedes: cuando esto comience –y ya ven que no tengo dudas de que va a comenzar– (uno se puede equivocar, pero en este caso yo no me equivocaría por poco: me equivocaría totalmente). El punto es: cuando comience a formarse una fuerza política anticapitalista en Estados Unidos ¿adónde va a mirar? Cuba ha sido siempre un faro, y lo seguirá siendo; en este último período es un faro ideológico. Pero acá hacen falta respuestas políticas de cortísimo plazo porque la magnitud, insisto, de la crisis social en Estados Unidos no tiene precedentes, salvo en El talón de hierro, la novela de Jack London cuya lectura o relectura hoy sería muy productiva. Estoy seguro de que el faro para esa lucha política será la Revolución Bolivariana, será Venezuela y será, naturalmente, el comandante Chávez. Y aquí no hay ningún tipo de culto a la personalidad. Hay un esfuerzo por interpretar la realidad y por prever cómo va a desarrollarse.

La responsabilidad de la Revolución Bolivariana hoy no tiene límites, porque precisamente del curso que adopte la constitución o no constitución de una fuerza política anticapitalista en Estados Unidos depende el mundo; y eso depende, en gran medida, de Venezuela. Lo venimos diciendo respecto de otras situaciones en el mundo porque no estaba planteada la posibilidad de que esto ocurriera en Estados Unidos. Hoy, con esta crisis, se afirma el punto de partida. Seguramente demandará mucho esfuerzo y probablemente mucho tiempo toda esta gran tarea. Pero ésa es la tarea que tenemos delante. Porque esto no es la crisis de un modelo: es la crisis del sistema, es una crisis estructural irreversible que el capitalismo sólo podría resolver sobre la base de un profundo saneamiento, de una tarea sistemática y a escala sideral de destrucción de lo que sobra. Y sobra todo en el mundo capitalista. Esta es una crisis clásica de sobreproducción y habría que destruir ese sobrante para que el sistema pudiera reiniciarse. Estoy diciendo con esto que tengo la más profunda convicción de que, de aquí en más, la lógica del imperialismo estadounidense es la lógica de la guerra. Estoy convencido además de que esa guerra no es simplemente contra los pueblos del Sur, contra los países dependientes, subdesarrollados o coloniales, como se los quiera llamar. Hay en la esencia de la situación de los últimos años, sobretodo visible por el reflujo del proletariado, una clara confrontación interimperialista; una lucha interimperialista por el control de los mercados. Una disputa por el mercado mundial que con la crisis y la recesión se agravará a extremos todavía no vistos y con un nuevo actor, que es ese gran productor de mercancías a bajo precio: China.

Esto garantiza una lógica de guerra, en un escenario de crisis política en Estados Unidos. Ni hablar de Europa. No me queda tiempo para tratar eso en detalle, pero está a la vista: no pudieron ponerse de acuerdo en medidas básicas y cada uno actuó por su cuenta. Imagínense el panorama frente a la magnitud del desafío que plantea el desplome de un sistema financiero internacional y la necesidad de reconstituirlo.

 

Fuerzas contradictorias

Para no abusar del tiempo y cumplir con el cometido del título de mi exposición, veamos qué pasa con Unasur en este cuadro. La crisis interimperialista y la crisis estructural del capitalismo –que llevó al imperialismo a hacer desmanes nunca antes hechos en nuestros países– produjo una reacción colectiva, una reacción multiclasista, donde incluso, en muchos sentidos, la vanguardia la tuvo la propia burguesía, no el proletariado, ausente como organización y como programa. La vanguardia fue tomada por movimientos sociales, básicamente campesinos, desocupados, subocupados, movimientos indígenas y burguesías. En este contexto es que aparece la Revolución Bolivariana y le imprime un ritmo y un carácter diferente a esa dinámica de convergencia regional. Una de las características de esta aparición inesperada es que precisamente la lógica necesaria de las burguesías subordinadas del continente encuentra un motor que va en el sentido de esa convergencia para defenderse de la voracidad desmedida del imperialismo, pero que además, al cabo de cuatro o cinco años a partir de 2000 que es cuando comienza este proceso de convergencia impulsado por Brasil –es decir por la burguesía brasileña: Lula no estaba en ese momento en la presidencia; ni siquiera se puede decir que fue el Partido de los Trabajadores–. Fue precisamente alguien a quien se condenaba como neoliberal, Fernando Henrique Cardoso, quien citó a la primera reunión de presidentes suramericanos en 2000, que es el punto de partida de lo que ahora, por la fuerza de voluntad y la lucidez estratégica de la Revolución Bolivariana, se transformó en Unasur.

Con la crisis del sistema central vamos a tener un doble juego de fuerzas sobre Unasur. Entendida por un lado como instrumento de autodefensa de burguesías regionales y, por otro, como instrumento de unidad suramericana contra el imperialismo.

La crisis va a introducir dos fuerzas de carácter y signo exactamente inverso. Por un lado la mayor voracidad del imperialismo va a agudizar la necesidad de las burguesías de avanzar hacia la unión suramericana. La otra fuerza es de signo contrario: va a aumentar la competencia y la confrontación interna de las propias burguesías latinoamericanas. Allí vamos a empezar a ver algo que hasta ahora quedó desdibujado en este proceso de convergencia suramericana: las uñas de las burguesías locales, más o menos afiladas, y las garras feroces de la burguesía brasileña. Las demás burguesías tienen uñas, cuando tienen; pero Brasil tiene garras poderosísimas.

La crisis mundial, la crisis estructural, va a golpear de manera diferente a América Latina. Grosso modo podemos señalar tres grandes bloques donde impactará de manera diferenciada la crisis. El primero de ellos está constituido por los países directamente asociados a la estrategia y a la práctica cotidiana de la economía y de la política estadounidense. No hablo de México, estoy hablando de Suramérica. Por supuesto que el golpe sobre México será superior; México funciona hoy económicamente como una provincia estadounidense y sufrirá la consecuente crisis. Ni hablar de América Central. Pero refiriéndonos estrictamente a América del Sur, señalamos tres bloques. Colombia, Perú y, hasta cierto punto, Chile van a sentir el impacto directo, automático sin mediación alguna, de la crisis. No es ninguna casualidad lo que está ocurriendo en estas horas. Así como en México hay enormes movilizaciones de maestros y el gobierno responde con la movilización del ejército, en Colombia se produce una huelga y la respuesta del gobierno es la declaración del estado de sitio, o de emergencia. Es la traducción política de la lógica que señalé anteriormente: la lógica de la guerra. En este caso en el plano interno y en un sentido nítidamente clasista. En Perú ocurre lo mismo. Chile, que ha tratado de que latieran dos corazones en su pecho, como diría Fausto, va a tener que optar por uno u otro en un cortísimo plazo; y en ese sentido definirá la magnitud del impacto.

El otro bloque, aunque está constituido por más países, tiene dos centrales: Brasil y Argentina. Este bloque tiene, como resultante de la decisión de la burguesía propia de disputar el mercado latinoamericano a Estados Unidos, una barrera limitada pero barrera al fin; tiene un conjunto de mecanismos que le puede permitir aminorar y amortiguar el impacto de la crisis. En este punto entra la lucha interburguesa. Las burguesías de Argentina y de Brasil tienen puntos en común para defenderse frente a Estados Unidos en la disputa por el mercado latinoamericano, y a la vez tienen la necesidad de pelearse entre sí. Eso está ocurriendo en estas horas con visos dramáticos entre Brasil y Argentina. Brasil respondió devaluando su moneda inmediatamente y eso produjo –en fracciones de segundo– una invasión de mercancía brasileña a Argentina. De inmediato llegó la respuesta de la burguesía argentina.

Lula ha tomado la iniciativa de convocar a una reunión del Mercosur –ahí va a estar seguramente el presidente Chávez– para el fin de semana próximo (nota del editor: finalmente no se realizó en esa fecha).

Tenemos entonces delante el choque entre estas dos fuerzas. Dos fuerzas objetivas, no subjetivas: la necesidad material de unirse frente a la ofensiva estadounidense y la necesidad de las burguesías de disputarse sus propios mercados. ¿Cómo funcionarán las decisiones políticas, es decir, las fuerzas subjetivas, en este choque de fuerzas objetivas?

Esta es la gran pregunta. Creo que va a ser diferente la reacción de los gobiernos de Argentina y de Brasil, pero no confío en ninguno de los dos como salida real. Está claro que tienen bases sociales diferentes. Llega la hora, como en tantos otros terrenos y circunstancias, de la verdad. El presidente Lula ¿va a ser el portavoz de la burguesía industrial paulista, cuyas necesidades objetivas de unión lo ponían en coincidencia con este movimiento más general de América Latina, pero que ahora la ubica exactamente en la vereda inversa? ¿o va a ser el portavoz de la clase obrera y de su Partido, el Partido de los Trabajadores? Es una batalla política que no depende de Lula, pero que tiene en su centro a Lula.

El caso de Argentina no es así. No hay ningún partido, ninguna organización de carácter social detrás del gobierno. Es un gobierno que carece precisamente de sustentación social, sea ésta cual sea, incluso de la burguesía. Este gobierno no resulta de un plan de la burguesía, sino de un colapso sin precedentes del sistema social y político en Argentina. Allí apareció un equipo desconocido e inesperado, con ciertas habilidades de carácter práctico, que se hizo del poder y se ha mantenido ahí, pero con una debilidad que pudo verse transparentemente en la situación que tuvimos hace muy poco con un gran conflicto agrario. La Presidenta que ganó con el 46% de los votos en octubre de 2007, en el mes de marzo de este año detona un conflicto que hace caer su aceptación social al 19%.

El tercer bloque al interior de Unasur es el Alba, que en Suramérica integran Venezuela y Bolivia, con cercanía de Ecuador y Paraguay. Como ustedes saben, allí los criterios rectores son contrarios a la lógica del mercado capitalista, opuestos a la competencia y la búsqueda del lucro. Pese a la magnitud relativa de sus componentes, el Alba constituye un verdadero escudo para protegerse del vendaval de la crisis que vendrá.

Aquí se ha planteado la necesidad de tener un núcleo duro de gobiernos antimperialistas, como lo es el Alba, en lugar de permanecer en ese galimatías que es Unasur. En mi opinión, bajo ninguna circunstancia nosotros podemos ceder un milímetro en la trinchera de la unidad suramericana. A plena conciencia de la contradicción que existe entre sus componentes, total e irresoluble en el largo plazo, debemos abogar por sostener una voz clara y potente dentro de Unasur. Sin embargo ese núcleo duro es una necesidad imperiosa; pero no debe pasar por los gobiernos, sino por los partidos, sindicatos y movimientos sociales dispuestos a alinearse sin cortapisas con el Alba. Permítanme entonces subrayar, en respuesta al compañero, que no deberíamos vernos diferentes frente a los revolucionarios que están en cargos de gobierno, adoptando posiciones que serían buenas en los principios pero incorrectas para los gobernantes. Debemos asumir en todo y por todo que cada uno de nosotros somos presidentes de nuestros países. No podemos dividir la respuesta entre la necesidad teórica y la necesidad práctica; tenemos que encontrar el punto exacto de unión entre la teoría y la práctica y asumir cualquier medida en todas sus consecuencias.

Programa para la acción

Paso entonces a leer las medidas que propongo. No hay nada original y han sido señaladas por los compañeros a lo largo de este valiosísimo seminario. Necesitamos un programa de acción que tenga las características de buscar lo máximo partiendo de lo real, de aquello que podamos asir.

El primer punto de este programa de acción debería ser la recuperación por parte del Estado de todas las riquezas naturales, en todos nuestros países. No se podrán afrontar, en ningún caso, los rigores extraordinarios de la crisis que viene –y que desde luego nosotros vamos a sufrir aunque de manera diferenciada– sin el control de nuestras materias primas, pero no solamente eso: tenemos que tener el control del comercio exterior. Tenemos que plantear como un punto de nuestro programa de acción el control de cambios y la estatización del comercio exterior. Fíjense lo que ha pasado en Argentina por no apelar a esos recursos. Se produce una tijera mortal entre los precios externos e internos. Esto debe terminar y sólo puede hacerse sobre la base de asumir plenamente, cada Estado, el control directo y total de su comercio exterior.

Tal vez la idea de la demanda de una condonación de la deuda sea la forma tácticamente más correcta de presentarlo, pero como seguramente debe haber algún mal pensado en esta sala, que suponga que el capital financiero no nos va a condonar la deuda, entonces tengamos también la firme decisión, como programa de acción, de llamar al no pago de la deuda externa. Estamos en situación de emergencia.

Hay que plantearse la estatización sin pago de todos los bancos que sufran los efectos de esta crisis. Pero en caso de Bancos que han jugado a la especulación internacional, no se trata sólo de la expropiación sin pago, sino de perseguir a los accionistas y hacerlos responsables con su capital por los efectos de su manejo del capital.

En este sentido debemos plantear desde aquí un llamado a todos los gobiernos de la región, a asumir un escudo de defensa frente a la crisis. Un escudo ya existente: el Alba. Por lo tanto debemos convocar a todos los gobiernos de nuestra región a incorporarse al Alba y a disolver el Mercosur y la CAN y garantizar como instancias alternativas el Alba y Unasur.

El Mercosur desde hace mucho tiempo está paralizado por las disputas internas. Esas disputas se daban antes de la eclosión de la crisis. No nos preguntemos lo que van a ser después. La CAN ha ido desgranándose. Habría una próxima reunión –que no sé si se hará– en Guayaquil. Fue Uribe el encargado de ponerle la daga en el pecho a la CAN diciendo que no asistiría a esa reunión porque Correa no le garantizaba seguridad. Esto muestra la agonía irreversible de estas dos instancias, de manera que nosotros debiéramos hacer un estridente llamado a todos los gobiernos de América del Sur a incorporase al Alba, a los conceptos teóricos, a los criterios de intercambio y a la estrategia del Alba.

Además de promover el Banco del Sur, también promover la asunción de una moneda de cuenta en brevísimo plazo en América del Sur. Unasur puede crear una moneda de cuenta con respaldo en la producción de materias primas, de producción de mercancías y servicios reales, no figuras ficticias. Técnicamente es factible y a corto plazo. Se ha derrumbado la ficción que ha vivido el mundo desde 1971. No podemos crear una ficción alternativa. Podemos crear una moneda real y sin embargo inexistente. Porque puede ser una moneda de cuenta y pongámosle el nombre de Sucre que alguien ha propuesto ya.

En el plano financiero debemos promover todas las instancias posibles de compensación en el comercio Sur-Sur para excluir al dólar y también al euro de nuestros intercambios.

Por último, quiero referirme a un punto que me parece de la mayor importancia. Está muy en consonancia con mi convicción de que Estados Unidos nos quiere arrastrar a la guerra. Ayer se planteó que debíamos alentar a los países que estuvieran en condiciones a que tuvieran armas atómicas y alguien presentó su oposición. Mi opinión no es ecléctica: creo en aquel viejo refrán si vis pacem, para bellum, «si quieres la paz prepárate para la guerra». Bajo ningún punto de vista nosotros podemos condenar a un gobierno, a un país o a un Estado que disponga tener armamento atómico. Mientras Estados Unidos tenga armas atómicas, mientras las tenga Israel, nosotros no podemos condenar a un país porque tenga armas atómicas.

Al mismo tiempo no sería estratégicamente correcto llamar a la incentivación de la creación de armas atómicas, ése no es un plan estratégico. No podemos ganarle una guerra al imperialismo con armas atómicas. Pero tenemos el arma con la cual podemos ganarle: la organización política revolucionaria de las masas en todo el mundo, incluido Estados Unidos. A ejemplo de lo que está haciendo Venezuela.

La creación del Psuv no es un dato local. Es una respuesta estratégica a la crisis del capitalismo, es la organización de las masas con su pluralidad obvia, no puede haber masa con identidad ideológica. Es la organización de las masas en toda su diversidad pero con un claro sentido antimperialista y anticapitalista. Esa bandera es más potente que cualquier arma atómica. Y la podemos construir incluso en Estados Unidos.

Si la propuesta de contribuir a la organización de los trabajadores, los explotados y oprimidos en Estados Unidos es parte de nuestra estrategia, nuestra táctica es la constitución de esas fuerzas políticas de masas revolucionarias en América Latina, en América del Sur. Es con esa base, con esas fuerzas políticas revolucionarias de toda América del Sur, donde nosotros deberíamos edificar el núcleo duro para la unión latinoamericana.
Ese núcleo duro que nunca podremos tener en Unasur pero cuya trinchera no debemos abandonar.

Tenemos tareas diferentes pero concomitantes y complementarias.

En referencia al sentido esencial de esta conferencia, otra cosa que muere es la concepción sobre la Economía. Entre otras estafas intelectuales de las que hemos sido víctimas, está la transformación de la Economía Política en Economía. Este encuentro ha rescatado, hasta donde yo sé, por primera vez de manera plural e internacional, la noción de Economía Política.

Un programa de acción económico debe terminar con una conclusión política que es la organización de un Partido revolucionario de masas en toda América Latina.

Gracias compañeros.

 

Caracas, 11 de octubre de 2008

 

 

Ponencia del autor en la Conferencia

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