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definiciones y desplazamientos en el damero geopolítico

Alianza del Pacífico: Obama pesca en el Sur

28/05/2013

PorLBenAXXI

 

Escalada: la constitución de la Alianza del Pacífico es sólo un movimiento más en el cambiante mapa regional. Desde abril a la fecha Barack Obama viajó a México y Costa Rica; Maduro a Uruguay, Argentina y Brasil, para enseguida partir a Ecuador y Bolivia; Joseph Biden estuvo en Colombia y Brasil; Xi Jinping llega en estos días a Trinidad y Tobago, Costa Rica y México. Una disputa feroz ocurre al compás de la agudización de la lucha por los mercados y los esfuerzos por detener la revolución de un lado y por afirmarla y proyectarla del otro.

 

Un cerco político-ideológico está tendiéndose contra Venezuela, el Alba y el proceso de convergencia latinoamericano-caribeño. El Departamento de Estado tiene tres objetivos prioritarios en la región:

 

• derrotar la Revolución Bolivariana y con ella al Alba;

 

• dividir el bloque económico latinoamericano por el cual trabajó Brasil en la última década;

 

• cerrar el paso a China en el mercado del Río Bravo a la Patagonia.

 

A tales fines sirve la nueva criatura de la Casa Blanca: la Alianza del Pacífico, puesta en marcha en 2011 por el entonces presidente de Perú Alan García. Patrocinado ahora por México, este bloque traza un eje con apoyo en Colombia, Perú y Chile y se proyecta en un plan de expansión a través de Costa Rica, Panamá y Paraguay.

 

“Es el nuevo motor económico y de desarrollo de América Latina y el Caribe”, declaró Juan Manuel Santos, presidente de Colombia, al asumir la titularidad temporaria del bloque en la reunión realizada en Cali el pasado 23 de mayo.

 

Allí participaron en calidad de observadores el presidente de España Mariano Rajoy; el primer ministro de Canadá Stephen Harper; el presidente de Guatemala Otto Pérez Molina y el vicepresidente de Uruguay, Danilo Astori. También estuvieron presentes altos funcionarios de Nueva Zelandia, Australia y Japón. Como observadores fueron acreditados Ecuador, El Salvador, Francia, Honduras, Paraguay, Portugal y República Dominicana. Días antes, en su visita a Colombia, el vicepresidente estadounidense Joseph Biden declaró el interés de su país por integrarse al bloque como observador. Santos celebró la demanda y se comprometió a presentarla ante sus pares.

 

La Declaración final adelanta que “el 90% del universo arancelario tendrá arancel cero a la entrada en vigor del Acuerdo (el 30 de junio) y el 10% remanente se desgravará conforme lo acordado entre las Partes”. Señala también que Chile y Colombia acordaron compartir embajadas en Argelia y Marruecos, en tanto Perú y Colombia tendrán conjuntamente la embajada en Vietnam. Se estableció también, sin detalles, un Fondo de Cooperación. Esta inconsistente fusión del credo liberal con el discurso integracionista tiene un destino menos glorioso y más acelerado que el de la Unión Europea. No obstante, en la coyuntura sirve a los objetivos de la Casa Blanca.

 

Voceros oficiosos de la cumbre difundieron el propósito de sumar como miembros plenos a Paraguay y Uruguay, Honduras, El Salvador y República Dominicana. Santos no disimuló la intención de crear una contraparte regional frente a Brasil, Unasur y Mercosur: los organizadores entregaron a la prensa un resumen informativo donde se subraya que el nuevo bloque cuenta 210 millones de personas, 38% de la población de la región, frente a Brasil que con 195 millones de habitantes tiene el 35%, mientras que el Producto Interno Bruto (PIB) de los 4 países equivale al 35% de la región, en tanto Brasil representa el 45%. Una semana después Santos dio un paso más audaz: recibió en la Casa de Nariño al ultraderechista candidato derrotado en las recientes elecciones de Venezuela, Henrique Capriles, quien peregrina por la región buscando apoyo para desestabilizar al gobierno revolucionario. Biden estuvo también para eso en Colombia. Logró su objetivo táctico y, de paso, hasta puede torcer el rumbo de las negociaciones de paz entre Santos y las Farc: Estados Unidos necesita que la guerra continúe.

 

 

Golpear a Maduro

Aunque los centros imperiales están gravemente afectados por la crisis, con sus capacidades menguadas en todos los sentidos, la escalada iniciada tras la elección de Nicolás Maduro es una amenaza seria para las grandes conquistas alcanzadas en la región durante la última década. También para la Revolución Bolivariana.

Convulsionar la situación política y social, confundir y desmovilizar a las masas, mellar la unidad de las corrientes revolucionarias, debilitar a Maduro, son otros tantos objetivos inmediatos en la estrategia de Washington. Como ha ocurrido en otros momentos decisivos de la historia, no todas las tendencias del arco de izquierdas –y sus intelectuales– comprenden la magnitud del desafío y asumen la responsabilidad que les cabe.

Hugo Chávez murió en el preciso momento en que la Revolución Bolivariana debía atravesar el Rubicón y llevar la transición al socialismo hasta el punto de no retorno. Convencido de que la desaparición del líder dejaba huérfanas a las filas anticapitalistas y ofrecía la oportunidad por la que se esforzó sin éxito durante 15 años, Washington lanzó la contraofensiva general.

Por su parte, sin demorar un instante la Dirección Revolucionaria desplegó un enérgico esfuerzo interno e internacional. Mientras Barack Obama se desplazaba a México y Costa Rica, donde expondría sin tapujos su plan regional contrarrevolucionario con eje en Venezuela, Nicolás Maduro se abocó a reatar su relación con las masas a través del “Gobierno de calle”, reavivó Petrocaribe mediante una cumbre y nuevos acuerdos –que incluyen la incorporación de Guatemala y el retorno de Honduras– y realizó una gira por Uruguay, Argentina y Brasil.

Un duelo estratégico, reflejado de manera desigual en la prensa. Los medios comerciales empeñados en una furiosa campaña contra Maduro, multiplicando mentiras y calumnias respecto de la situación real de Venezuela. A mucha distancia, los órganos de difusión comprometidos con la Revolución, en marcada desventaja por capacidad de llegada y claridad de objetivos inmediatos.

 

América Latina como campo de combate

Para todos es claro que Estados Unidos procura recuperar terreno perdido durante la última década y media. No todos asumen que esta contraofensiva apunta a consolidar una opinión pública proclive a aceptar primero la desestabilización de Maduro y de seguido el inicio de acciones violentas al interior de Venezuela. Menos clara aún está la percepción de que Washington tiene en la mira a toda América Latina.

Una prueba de última hora: como parte de la escalada, en Argentina un oscuro fiscal hizo una presentación formal ante la justicia el 29 de mayo, denunciando un plan iraní para “exportar la revolución islámica” hacia América Latina. Según Alberto Nisman, fiscal general encargado del caso por la voladura de la mutual judía en Buenos Aires en 1994, Teherán habría emplazado “unidades de inteligencia y operación en Brasil, Paraguay, Uruguay, Chile, Colombia, Guyana, Trinidad y Tobago y Surinam”. Y esto no es, según el avispado fiscal, cosa del pasado. En su presentación Nisman asegura haber obtenido elementos de juicio suficientes para afirmar que “distintos pasos del plan criminal establecido por Irán podrían estar llevándose a cabo”. Nisman ha sido señalado, por periodistas de su propio entorno, como beneficiario de informes entregados por el Instituto para Inteligencia y Operaciones Especiales, más conocido por su sigla en hebreo: Mossad. Falta agregar que la principal base de operaciones del “Instituto” en la región está en Bogotá.

Nadie podría sorprenderse del otro dato importante descubierto por este creativo funcionario: según sus investigaciones el centro del esquema subversivo-terrorista para Norte, Centro y Sur América está… en Caracas.

Si la provocación coincide con la escalada general de Washington, la programación es antigua. El componente militar de esta encerrona comenzó hace tiempo con la reactivación de la IV Flota, luego el dispositivo bélico contra Venezuela a partir de siete bases en Colombia, seguido desde entonces con la multiplicación de bases no convencionales para reconocimiento y ataques puntuales mediante aviones no tripulados en toda la región. Y siempre la campaña mediática como parte esencial del plan de ataque. Todo complementado con un accionar diplomático minucioso, destinado a neutralizar y eventualmente cooptar las partes blandas del entramado político regional, mientras se anuda un esquema propio con aliados más firmes.

Se trata de una operación estratégica diseñada y sistemáticamente aplicada por la Casa Blanca desde el último tramo del gobierno de George W. Bush. Los golpes de Estado en Honduras y Paraguay son parte del plan. El G-20 es una pieza mayor en este ajedrez hemisférico.

 

 

Brasil en disputa

Desde los tiempos de Henry Kissinger la Casa Blanca considera a Brasil como punto decisivo de apoyo para su estrategia continental. Otra titular de la Secretaría de Estado, Condoleezza Rice, no sólo hizo su tesis de grado con el tema sino que, ya como ministra de Bush, tuvo oportunidad de comprobar el fracaso de todas sus cuidadas líneas de acción para seducir a Brasilia: con Fernando Henrique Cardoso primero, con Lula después, el gigante regional tomó por el camino de los intereses dominantes de la gran burguesía paulista y se lanzó a la conquista del mercado latinoamericano.

Speak softly and carry a big stick (habla suave y lleva un gran garrote) indica la sofisticada teoría política estadounidense. Joseph Biden llegó a Brasil una semana después del bautismo de la Alianza del Pacífico y se deshizo en lisonjas un tanto inapropiadas para el vicejefe del más poderoso imperio del mundo. El enviado de Obama explicó que “Ustedes demostraron una cosa que Estados Unidos cree: no es necesario escoger entre democracia y desarrollo”. Como buen político imperial, Biden desconoce la historia brasileña y pasa por alto el papel de la dictadura desde 1964 hasta 1984. En todo caso, no se privó de pasar el mensaje encomendado: “En América Latina, Colombia y Chile muestran un gran dinamismo económico” advirtió, oportunamente informado de que la economía brasileña atraviesa un alarmante período de estancamiento. Algún asesor le habrá acercado además datos recientemente publicados por la Comisión Económica para Latinoamérica y el Caribe (Cepal): los cuatro integrantes de la Alianza Pacífico crecieron en 2012 al 5%, en tanto el Mercosur registró un aumento medio del PIB del 2,9%. Más aún, el intercambio comercial del flamante vástago imperial aumentó un 1,3% en el mismo período en que en el Mercosur cayó 9,4%. Ése es un punto a favor de Washington: reaparecida la crisis estructural capitalista y sus efectos, sólo tienen respuesta aquellos gobiernos que, o bien están dispuestos y capaces de aplicar las medidas necesarias para el saneamiento del sistema, o bien están resueltos y armados para avanzar en la transición al socialismo.

Durante el empalagoso discurso de Biden un grupo de trabajadores petroleros parece haberse fijado más en el garrote. En consecuencia, enarboló pancartas explicándole que no era bienvenido. Por el contrario, la presidente Dilma Rousseff será recibida con plácemes en Washington el 23 de octubre, un mes antes de la reunión cumbre del G-20.

 

El dilema chino

En abril, dos meses antes de una gira de Xi Jinping por Trinidad y Tobago, Costa Rica y México, altos funcionarios chinos pidieron el status de observadores en la Alianza del Pacífico. No fueron invitados a la cumbre de Cali. Además de contrapeso frente a Brasil, este bloque debe operar como vallado contra la invasión de productos chinos en América Latina. La disputa feroz por los mercados es resultante obligada de la crisis estructural del sistema, traducida en sobreproducción y caída de la tasa de ganancia media para el capital. Y en este cuadro, mientras el coloso asiático registra un freno brusco en su crecimiento, se desenvuelve en paralelo la pugna estratégica por la primacía mundial entre el imperialismo en decadencia y la economía china en auge. Con todas las cartas jugadas a una repetición exitosa de su lucha contra la Unión Soviética, apuntada a la implosión y la disgregación, Washington aspira a que un proceso análogo impida que en la próxima década deba ceder el lugar de primera economía mundial.

Un factor cambia sin embargo el signo de la ecuación en la Alianza del Pacífico: el grado alcanzado por la crisis estructural del capitalismo. Aunque Obama y Biden no lo registren, las luchas interburguesas condicionan altamente la conducta de sus aliados más cercanos. No será suficiente la presión diplomática estadounidense para que sus cuatro aliados en este bloque eviten la tentación de utilizar también esa estructura para negociar con ventaja frente a las pretensiones de la Casa Blanca. Incluso si Santos, como indicaría su acatamiento a la imposición de Washington, pese al deterioro grave de las relaciones con Venezuela, se somete totalmente, no es esperable que a mediano plazo ocurra lo mismo con las burguesías de Chile y Perú, donde el gobierno de Ollanta Humala y el previsible retorno de Michelle Bachelet estarán compelidos por relaciones de fuerzas internas a tomar distancia de las urgencias estadounidenses. México será menos previsible: la crisis que le hace pagar su asociación con Estados Unidos se combinará con el desplazamiento interburgués plasmado por el retorno del PRI al gobierno.

La capacidad de seducción china frente a estas burguesías –a saber, compras de materias primas en elevadísimos volúmenes y precios– está llamada a torcer el rumbo y eventualmente llevar a la implosión de la Alianza del Pacífico, mientras Beijing define cómo actuará para resolver sus contradicciones internas y eludir la dinámica en la cual Washington ha puesto todas sus esperanzas. La volubilidad e inconsistencia de las burguesías cuyos gobiernos traducen directa o forzadamente sus necesidades inmediatas pesan también como factor de inestabilidad cuando se trata de seguir la voluntad imperial.

 

Venezuela sigue a la vanguardia

Al otro lado de estos ominosos indicios de fractura regional, en continuidad con la línea estratégica trazada por Chávez, la Dirección revolucionaria de Venezuela lleva a cabo el curso de acción necesario para neutralizarla. No sólo en el propósito de consolidar el poder interno y acelerar la transición: también –y acaso sobre todo– con el renovado impulso que Caracas está imprimiendo a Unasur y el vigoroso relanzamiento del Alba, anunciado con medidas de impacto por Maduro y Evo en Cochabamba el pasado 25 de mayo.

No obstante la incomprensión de ciertas fracciones de izquierdas, contra la presión negativa de partidos y gobiernos que en la región insisten en la necesidad de “disciplinar” a Maduro, la Revolución Bolivariana responde una vez más a la contraofensiva de Washington desde Mercosur, Unasur y Celac, con el Alba como punta de lanza para la transición conjunta al socialismo. Cada quién ocupará su lugar en el período histórico inaugurado ahora mismo, sin la presencia de Chávez pero con su legado más vigente incluso que en la década pasada.

 

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