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Significado del realineamiento global

04/07/2014

PorLBenAXXI

 

 

Algo debe explicar que en Londres y Santa Cruz de la Sie­rra, simultáneamente, ocurran encuentros de alta signifi­cación en los que oradores diversos se suceden para advertir sobre la gravedad de la crisis económica mundial.

Un sitio web reseñó con sarcasmo –insuficiente para ocultar el temor– una reunión en la capital británica donde se discutió “la amenaza capitalista al capitalismo”. En ese escenario la presidente del FMI (Fondo Monetario Internacional) habló sin rodeos: tras citar la conclusión teórica de Carlos Marx según la cual el capitalismo “acarrea las semillas de su propia des­trucción”, Christine Lagarde advirtió que “el capitalismo está en riesgo de implosionar”.

Al otro lado del mundo, la Declaración de Santa Cruz plas­maba un diagnóstico desde el ángulo opuesto, pero con idén­ticas conclusiones: “Creemos que el mundo se enfrenta a la peor crisis financiera y económica desde la Gran Depresión, y nos alarman los efectos adversos que está teniendo esta crisis sobre todo en los países en desarrollo. Creemos que la crisis ha puesto de relieve puntos débiles y desequilibrios sistémi­cos de larga data de la economía mundial, y ha puesto más de manifiesto la insuficiencia y el carácter antidemocrático de la gobernanza económica mundial”.

La titular del devaluado FMI hablaba ante “inversionistas internacionales que controlan 30 millones de millones de dó­lares de activos –un tercio del total global”, según el sitio Po­liticoMagazine. Con motivo del cincuentenario del G77, en Bolivia se reunían 129 gobiernos del mundo subdesarrollado y dependiente.

Uno de los oradores en Londres, el príncipe Carlos, expresó su preocupación ante el curso de los acontecimientos seña­lando que “el trabajo a largo plazo del capitalismo es servir a la gente, y no al revés”. Un izquierdista postmoderno y coro­nado. Evo Morales probablemente desconocía el dislate real cuando, como anfitrión de la exitosa cubre del G77 y China, puso el centro en la decadencia del capitalismo y subrayó que la solución no podría provenir de ese sistema.

Rodeado de megamillonarios en el salón Guildhall, el go­bernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, explicó con tono de alarma: “Así como toda revolución se come a sus propios hijos, el fundamentalismo de mercado no supervisado puede devorar el capital social esencial para el dinamismo a largo plazo del capitalismo”. Ese capital social con riesgo de ser deglutido es el control ideológico del sistema sobre las masas explotadas.

Los mandatarios reunidos en Bolivia apuntaron en otra di­rección: “Afirmamos la necesidad de reformar la estructura financiera internacional, de manera que tengamos un sistema financiero y monetario que refleje las realidades del siglo XXI, incluido un sector financiero internacional debidamente regla­mentado que reduzca y desestimule las inversiones especula­tivas, a fin de que se puedan movilizar los mercados de capital para alcanzar el desarrollo sostenible, y de que esos mercados desempeñen un papel constructivo en la agenda mundial para el desarrollo”.

El contraste habla por sí mismo: en 2014 los más altos actores del capital toman el libreto declamado durante medio siglo por el antes denominado Tercer Mundo, es decir, la necesidad de que intervenga el Estado en la economía para regular (supervisar, dicen ahora) el mercado y garantizar el futuro. En cambio, el G77 llega a una conclusión escalofriante para los centros imperiales: es necesario crear un nuevo sistema financiero y monetario internacional.

No es una mera formulación: ya lleva seis años de existencia el Sucre, la moneda virtual del Alba. Y ahora vienen en cascada fenómenos semejantes pero de magnitudes incomparables, entre los que destacan los acuerdos de intercambio con prescindencia del dólar entre Rusia y China y el mecanismo común puesto en marcha por Rusia, Bielorusia y Kasajstán que gravita ya sobre otros países del área. Habrá que ver qué discuten los Brics a fines de este mes en Brasil.

La fuerza que empuja esa dinámica está aludida en la Declaración del G77: “Nuestros países, individual y colectivamente, se enfrentan a desafíos emergentes y que continúan, como la desaceleración de la economía mundial y sus efectos en nuestros países”. Señalaron además un punto en especial que, horas después de que las delegaciones de los cinco continentes abandonaran Bolivia estallaría en Argentina: el eterno edeudamiento: “Nos preocupa el hecho de que, con la crisis económica mundial, las economías de un número cada vez mayor de países en desarrollo se están viendo afectadas y de que algunos países se están volviendo más vulnerables a nuevos problemas relacionados con la deuda externa o incluso a crisis. Por consiguiente, resolver los problemas de la deuda externa de los países en desarrollo constituye una parte importante de la cooperación internacional y de la alianza mundial para el desarrollo fortalecida”, dice la Declaración, a la vez que clama por “la necesidad de una enérgica recuperación”.

 

Recuperación y sistema

Sería pueril desconocer las diferencias que atraviesan al G77 y China, mellando su capacidad de acción efectiva conjunta. Igualmente errado sería ocultarse las razones que amalgaman ese conjunto extremadamente heterogéneo. En un larguísimo texto imposible de reseñar aquí, la Declaración las expone: urgencia por cambiar el sentido del movimiento y pasar de la recesión al crecimiento; malestar por “la falta de medidas sistémicas y mecanismos de rendición de cuentas adecuados para abordar las causas y los efectos de las crisis financiera y económica mundial, que plantea el consiguiente riesgo de que se mantenga el patrón de los ciclos de crisis”; urgencia en la “necesidad de que los países desarrollados asuman un nuevo y mayor compromiso con la cooperación internacional a fin de prestar apoyo al cumplimiento de las aspiraciones de desarrollo de los países en desarrollo”.

Sobre todo en la dinámica impuesta por el curso de la economía en los países centrales, esas razones dan margen para lo que la teoría política marxista ha llamado Frente Antimperialista. Dentro de límites obvios, incluso en el seno de las Naciones Unidas ese frente puede actuar –y actúa– como escollo a veces efectivo y siempre insoportable para Washington.

Una estrategia de revolución no puede desconocer el concepto acuñado y afirmado en el tercero y cuarto Congresos de la Interneacional Comunista. El Frente Antimperialista es un instrumento clave hoy para intentar el supremo objetivo de evitar que Estados Unidos avance con su irracional carrera guerrerista y enrumbe a la humanidad hacia un holocausto planetario. Pero es también un puente imprescindible para que fuerzas inmensas, acuciadas en todo el mundo por la crisis capitalista, encuentren un curso positivo al agotamiento de la propuesta keynesiano-desarrollista del sistema (hoy, vale insistir, adoptada por el gran capital amenazado).

En Santa Cruz la presidente Cristina Fernández disintió amigablemente de Evo Morales señalando que “el mundo actual no es capitalista”, en alusión a la preponderancia de la especulación financiera. En esa visión, compartida por muchos –incluso autores y organizaciones de izquierda– la demencial deriva hacia la especulación sería causa de la perversión de sectores dirigentes y no resultante necesaria de la crisis intrínseca del sistema. Desde otra atalaya, Christine Lagarde, cita a Marx y asume que es el propio desarrollo del capitalismo el que lleva a su destrucción. Apelando o no a Marx, el punto de disidencia es si el capitalismo puede ser restaurado. Y si es en este sistema que se pueden alcanzar los objetivos en los que coincide el G77 y China.

Se trata del principal debate teórico político de este momento histórico: ¿puede el sistema capitalista recomponerse y emprender un camino de desarrollo y bienestar para la humanidad? Un debate subordinado es si el sistema llega al punto de colapso únicamente por acción de una fuerza política contraria, o si el capitalismo lleva consigo la semilla de su destrucción.

Pero esta controversia decisiva no se resuelve en artículos o libros, aunque unos y otros sean imprescindibles. Será al calor de conmociones sociales y políticas provocadas por la crisis económica actual –y su inexorable agravamiento– que la batalla de ideas tomará cuerpo en estrategias revolucionarias asumidas por pueblos enteros. O no…

Como sea, en Bolivia se expresaron coincidencias que harán reflexionar a los estrategas del Departamento de Estado. Su conclusión es previsible: a cualquier precio es preciso frenar la perspectiva socialista encarnada en el Alba.

Tanto más si, como instó Evo Morales, Rusia se suma al G77, este bloque alentará la conformación y afirmación de nuevos centros de poder en un mundo pluripolar. A condición de que se asuma la necesidad de dar respuesta e incluir también a los trabajadores y la población oprimida de Estados Unidos y Europa, hoy azotados por una crisis inédita, en este nuevo mundo el imperialismo estadounidense no sólo ya no es la voz inapelable, sino que estará impedido de propagar la violencia y la destrucción masiva, única terapia para el paciente agónico. Ése es el significado del esfuerzo de Bolivia al acoger con su revolución a representantes de todos los vientos.

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