Skip to content

Comicios sin programas ni estrategias en Argentina

03/07/2017

Comprometido el futuro de un país que supo ser vanguardia. Acaso la recuperación está a pocos milímetros bajo la superficie. Pero no a la vista. Señorea la crisis económica y una debacle política sin precedentes. Lo viejo resiste. Lo nuevo no puja por nacer.

Con la pulverización formal del Partido Justicialista (PJ, peronismo), expuesta con crudeza en la presentación de listas para las legislativas de este año, se completa la desintegración de los aparatos políticos de las clases dominantes en Argentina.
Estas elecciones de medio término son utilizadas como palanca por el frente único de una estratificada burguesía para recomponer precisamente aquellos aparatos demolidos por la prolongada crisis estructural argentina, cuya decadencia ha arrastrado con todas las instituciones, incluidos sindicatos, fuerzas armadas e iglesia católica.
Como ya se verá, hubo numerosas razones para que Cristina Fernández abandonara el PJ y lanzara su candidatura a senadora mediante un agrupamiento nuevo. Todavía indefinida, esta denominada Unidad Ciudadana reduce también a cenizas al Frente para la Victoria. Pero más aún que éste carece de homogeneidad y conducción. Para no hablar ya de amplitud, programa de acción, estrategia y proyecto de país.
Aunque en términos tácticos no la principal, una razón para desechar al PJ fue que este partido ya no es parte constitutiva de la sociedad. Por eso, para no tener que enfrentar a quien le exigía una primaria interna en el PJ, Florencio Randazzo, ex ministro de Interior de Fernández, la ex Presidente decidió regalarle la sigla a su frustrado contendor. Esto ya es indicativo de otra causa para la insólita decisión: Fernández temía, con muy buenas razones, que en una confrontación interna el conjunto del aparato peronista tradicional se uniera contra ella y le impusiera una derrota. De hecho, Randazzo es el recurso obligado de prácticamente todos los gobernadores peronistas y del sector más poderoso del movimiento sindical, “los gordos”, encaramados en las estructuras gremiales de la industria pero de tal modo desprestigiados que no pueden siquiera presentarse como candidatos. Ellos son, por eso mismo, representantes del gran capital y cuentan con poderosos recursos para afrontar una elección interna. Randazzo es el frágil madero al cual asirse en el naufragio, para de paso acabar con los restos del llamado kirchnerismo, hoy conducidos por Fernández.
No obstante, aquí reside sólo parte del problema. Antes del estallido visible del PJ ocurrió el de la Unión Cívica Radical (UCR, socialdemócrata de derecha), despedazada tras la crisis de 2001. Este partido con 130 años de vida tampoco mantiene arraigo en los sentimientos y las expectativas del ciudadano no politizado. Con todo, a diferencia del PJ guarda aún una estructura nacional con valiosos puntos de conexión con la vida cotidiana. Por ejemplo: varios centenares de diarios en todo el territorio nacional, emisoras de radio y canales de televisión locales, plasmados en algo menos de medio millar de gobiernos municipales y unos pocos gobiernos provinciales. Pese a esto, la UCR es socia menor de Cambiemos, la actual coalición gobernante presidida por Mauricio Macri.
El espectáculo de presentación de listas para las pseudo primarias abiertas y obligatorias (Paso) a realizarse el 13 de agosto expuso una decadencia obscena, naturalizando el hecho de que ningún candidato es presentado como tal por sus condiciones y su respaldo social, sino como resultado de jugarretas y presiones de un puñado de personas que, o bien tienen el dinero con el que se financiarán las campañas, o bien están enquistadas en los aparatos políticos y sindicales de espaldas a la sociedad. Dicho de otro modo: las clases dominantes no tienen instrumentos político-institucionales para conducir al conjunto social, tanto menos cuando la crisis económica, muy lejos de tender a resolverse, se agrava cada día, reduciendo a meras palabras los proyectos neodesarrollistas de Cambiemos.

Comicios sin elección
Como sea, el caso es que el país asiste a un absurdo insostenible: el complejo sistema de primarias abiertas y obligatorias, que costará al erario público 2.800 millones de pesos, en realidad no pondrá en disputa candidaturas diferentes puesto que se trata de listas únicas, con apenas excepciones sin peso. No hay candidatos que confronten internamente en agosto para ninguna de las fórmulas que en octubre deberán definirse en las urnas. Es una pantomima reveladora de la vaciedad agónica del sistema político vigente. Durante el gobierno de Cristina Fernández se impuso este mecanismo (que, por ejemplo, obligó a los ciudadanos de la Capital Federal a votar siete veces en seis meses durante 2015). Pero ella misma se negó a utilizar este recurso con su ex ministro para mantener la unidad del conjunto peronista, que como resultado a escala nacional irá con 38 listas autónomas. Esto parece un anuncio de que las Paso serán sepultadas más temprano que tarde. El gran capital necesita recomponer un sistema de partidos. Pero evidentemente este camino no es el adecuado siquiera para advenedizos que soñaron con apoderarse definitivamente de las palancas de mando del Estado y ahora saltan a la búsqueda de una “unidad ciudadana” que no pudieron articular durante 12 años de gobierno.
Por tanto, la iniciativa está enteramente en manos de la burguesía tradicional, grande, mediana y pequeña. Asombra que personas con experiencia se muestren sorprendidos y vociferen en términos individuales porque un presidente, constitucionalmente elegido, explícito representante del gran capital, quiera dar una respuesta capitalista a la crisis argentina. Asombra más que esas mismas personas, en no pocos casos con formación intelectual, no comprendan que al capitalismo no se lo puede enfrentar con éxito desde el feudalismo: condenan a Macri pero se niegan a asumir un proyecto anticapitalista.
Además de perplejidad ante tales conductas cabe una conjetura: se trata de sumisión a los planes estratégicos del capital, o directa complicidad con ellos. Ver a ex dirigentes sindicales o representantes de organizaciones originalmente contestatarias desesperados por obtener un cargo legislativo, incluso del nivel menos relevante, dispuestos a realizar las alianzas más extravagantes para montarse al carnavalesco carrusel electoral, puede ser doloroso para algunos, confirmativo de antiguas aseveraciones para otros o motivo de desmoralización para no pocos. Pero invariablemente tienen un resultado: en la coyuntura aumentan la fragmentación de las mayorías trabajadoras y oprimidas, acentúan la confusión y la desconfianza y, como saldo, fortalecen la iniciativa táctica del capital. Así comienza este nuevo proceso electoral.

Corrupción como factor de campaña
Casi no pasa día sin que aparezcan nuevos casos de corrupción que involucran a todo el espectro político, a jueces y policías, empresarios y militares. Cristina Fernández está incursa en seis causas, la mayoría por enriquecimiento ilícito. Todas las restantes fórmulas legislativas en pugna centrarán la agitación en esas denuncias. “Necesita los fueros y por eso decide ser candidata” disparó sin demora quien será su principal contrincante para la senaduría por la provincia de Buenos Aires, Sergio Massa, ex jefe de gabinete de Néstor Kirchner y de la propia Fernández. La ex Presidente acusa en los mismos términos a las actuales autoridades.
Así, el debate programático, estratégico, el proyecto de país, ya está reemplazado por acusaciones y réplicas de este tenor. Ciertos políticos y periodistas han ganado notoriedad con cataratas de denuncias contra Fernández y sus ministros, en muchos casos bien fundadas, aunque presentadas como problemas de moral individual, de avidez personal desmedida. Sin minimizar el peso de la ausencia de ética republicana y la codicia patológica, no se puede perder de vista que se trata de efectos. Las causas, como también lo demuestra el ejemplo de Brasil, es la crisis del sistema capitalista, que hizo estallar el andamiaje político burgués en 2001 e impidió reconstruirlo hasta hoy, abriendo espacio para casos tragicómicos de descarado latrocinio.
La sociedad observa azorada, en su gran mayoría asqueada por las emanaciones de un sistema en putrefacción. También es verdad, sin embargo, que esa conducta de clases y sectores dominantes ha permeado a buena parte de la sociedad, provocando una decadencia moral colectiva que demandará un sacudimiento muy profundo para ser superada.
A fines del siglo XIX, con un movimiento obrero organizado y consciente en lucha por el socialismo, con una clase dominante empeñada en construir un país capitalista de avanzada, Argentina bien pudo ser contada entre las naciones de vanguardia en América Latina y más allá. Un siglo y medio después, la degradación irrefrenable de la burguesía y sus instituciones, la incapacidad de la clase obrera y sus vanguardias para estructurar una genuina respuesta, arrastró al país hacia un abismo.
No sorprendería que los primeros signos de recuperación estén a punto de emerger. Por el momento, están en las sombras. La condición para que surjan a la luz es llegar a la raíz en el combate contra lo viejo que se resiste a morir y continúa trabando cualquier desarrollo positivo. Y en ese combate, la primera exigencia es recomponer el pensamiento y la acción colectiva anticapitalista. Una tarea hoy planteada con urgencia a escala continental.

26 de junio de 2017
@BilbaoL

Desde → Artículos

No hay comentarios

Deje su respuesta

Nota: XHTML está permitido. Su dirección de correo no será publicada.

Suscribirse a este comentario vía RSS