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Movilizaciones y perspectivas en Argentina

06/06/2018

Durante el mes pasado hubo un aumento notorio de movilizaciones por reclamos económicos, culminadas con dos concentraciones numerosas: el 25 de mayo, bajo la consigna “La Patria está en peligro”; una semana después, otra movilización retomó el nombre de una demostración de los 1990: Marcha Federal. En ambas se denunció el nuevo acuerdo con el Fondo Monetario Internacional.

Enmascarada la primera tras nombres de la farándula, el núcleo que acompaña a la ex presidente Cristina Fernández articuló el acto contra el FMI. Participaron también algunos sindicatos y agrupamientos barriales, igualmente incapacitados para convocar en su nombre, con éxito, al amplio conjunto confrontado con el Fondo. Como reflejo de las fuerzas que bullen bajo la superficie el primer llamado congregó miles de voluntades dispersas. Al margen de posicionamientos políticos, el grueso de la población identifica al FMI con la opresión imperialista. El rechazo al nuevo convenio stand by a punto de concretarse es abrumadoramente mayoritario en todas las encuestas.

La segunda movilización se articuló en torno a estructuras teledirigidas por la iglesia católica. También en este caso operaron personeros del Vaticano que no pueden dar la cara para convocar a la militancia. Las columnas principales llevaban como estandarte fotos del papa Jorge Bergoglio e imágenes de santos y vírgenes. Detrás, pancartas de Barrios de Pie, Corriente Clasista Combativa, Movimiento Evita. A continuación, organizaciones como el Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT, PO, PTS y otras) e Izquierda al Frente (MST, Nuevo más y otras). A la retaguardia destacó la presencia de Héctor Daer, Juan Schmid y Carlos Acuña (los tres secretarios generales de la CGT), quienes no subieron al palco, como sí lo hicieron el titular de Camioneros Pablo Moyano y el de Bancarios, Sergio Palazzo. Al finalizar el acto Daer y Schmid informaron que la CGT se reuniría el 7 de junio para decidir cuándo convocar a una huelga.

Contra todo antecedente, la prensa comercial anunció desde una semana antes que esta Marcha Federal “reuniría 200 mil personas” en la Plaza de Mayo. Los convocantes no repitieron una de sus consignas preferidas hasta poco tiempo atrás: “Clarín miente”. Es que la operación política esta vez parecía favorecerlos. Como ariete de grandes capitales los medios operaron en las últimas semanas para obtener una devaluación aún mayor del peso (-21% en mayo). Alentar pronunciamientos contra el gobierno fue uno de los instrumentos que utilizaron. Circunstancialmente la gran burguesía que sostiene a Macri -aunque sea como la soga sostiene al ahorcado- creyó conveniente azuzar el cuco de una movilización que en los hechos estuvo muy por debajo de lo anunciado y mostró ausencia de cohesión y conducción política. Además provocó un generalizado rechazo en la población que vive o trabaja en la Capital Federal, por el colapso de tránsito producido por cortes de calles y centenares de ómnibus llegados desde el interior y el conurbano bonaerense. Las imágenes del Papa tuvieron más protagonismo que los intendentes peronistas del Gran Buenos Aires pero no está claro si ellos o las estructuras eclesiales asumieron el costo multimillonario de la movilización.

Como sea, lo cierto es que con paros, marchas docentes y otros numerosos reclamos, la Capital del país volvió a vivir casi cotidianamente durante todo el mes un estado caótico, como en los peores tiempos de Cristina Fernández o aun antes, en los prolegómenos y postrimerías del colapso en 2001.

Detrás de éstas y otras expresiones del hondo descontento dominante en la sociedad están los efectos devastadores de la crisis estructural del capitalismo argentino (sólo en mayo las ventas minoristas cayeron un 4,8%). Desatada en la última semana de abril, ésta no es una crisis circunstancial. Es la repetición, con apenas variaciones mínimas, de los ahogos conocidos durante décadas. Las causas detonantes fueron llevadas al paroxismo en los períodos de Néstor y Cristina Kirchner (12 años) y ahora se multiplican en el intento por sanear el sistema en manos de un elenco catapultado al poder precisamente por el rechazo social al llamado kirchnerismo.

Todo indica que en junio este estado de reclamos puede sostenerse, con incluso la perspectiva de una huelga general convocada por la CGT, irremediablemente dividida. La propuesta de desgastar a Macri hasta ponerlo en fuga y, con un peronismo remozado, recuperar el poder político, obra a favor de acciones conjuntas de la cúpula cegetista.

¿Desembocará este crescendo de protestas puntuales en una movilización general de trabajadores, juventudes y clases medias? ¿Trascenderán los reclamos económicos hacia una demanda de naturaleza general? Dicho de otro modo: ¿marcha el país hacia una crisis política y la posible caída del gobierno de Mauricio Macri?

Un sector del espectro político parece convencido de que esa dinámica es inexorable. Dada la gravedad de la crisis de fondo, tal perspectiva está siempre presente a condición de que una movilización del conjunto social rompa la unidad de las clases dominantes, lo cual podría ocurrir a partir de un colapso de la economía local arrastrada por la cada día más amenazante crisis económica en Estados Unidos y la Unión Europea.

Tal panorama no está a la vista en el corto o mediano plazos. Hay turbulencias en las economías imperiales y no faltan conflictos interburgueses en Argentina. Pero si bien la tormenta cambiaria de mayo dio vuelta como un guante la percepción general sobre la situación nacional, el hecho es que en lo esencial nada ha cambiado: la relación de fuerza entre las clases se ha desplazado sólo para favorecer más aún al capital. El frente amplio burgués maneja todas las palancas, incluidas las de la movilización de calle, en la que decenas de miles de trabajadores y jóvenes rebeldes son manipulados por estructuras al servicio de la continuidad del sistema.

 

La trampa

Argentina continúa atrapada entre el gobierno de la burguesía establecida y una oposición variopinta, hegemonizada por lo más corrupto del aparato peronista, hoy con peso singular de la iglesia. Se trata en realidad de un gobierno de frente amplio burgués enfrentado con una pseudo oposición igualmente procapitalista.

Aquél, heterogéneo, unido por el espanto tras el ensueño de saneamiento y recomposición del sistema. Ésta, compuesta por las diferentes fracciones del Partido Justicialista, un sindicalismo ajeno a las bases y en la mayoría de los casos conducido por empresario con patente de sindicalistas, más un conjunto inestable de aparatos políticos del Gran Buenos Aires, usufructuado por punteros que se venden al mejor postor y ahora están en franca negociación comercial con el gobierno al que aguijonean para aumentar su propio precio.

El gobierno se aúna en torno a un programa de saneamiento al que denomina “capitalismo serio”. Igual denominación para la misma quimera esgrimida por Néstor Kirchner desde 2003 y Cristina Fernández en las presidenciales de 2007, cuando su modelo de país era Alemania. Un plan de supuesta “seriedad capitalista” es la única respuesta que tienen, otra vez, las clases dominantes ante la amenaza de un colapso inmanejable, prefigurado por los sucesos de diciembre de 2001.

La pseudo oposición, dividida en mil fracciones inconciliables, tiene sólo dos objetivos en común. Primero, impedir la continuidad del saneamiento institucional burgués que ya ha encarcelado a decenas de ladrones de toda laya (excluyendo, claro está, a quienes hoy tienen cargos oficiales). Segundo, pero de primera importancia, recuperar las palancas del poder del Estado para continuar con la conformación de una “nueva burguesía nacional” a punta de saqueo y corrupción como ya ensayaron con éxito relativo entre 2003 y 2015.

Quienes arrebataron esas palancas en 2015 en favor de la antigua burguesía establecida las utilizan ahora con idéntica fruición, acaso con algo más de estilo, pero con el mismo futuro: hundimiento del país y aceleración hacia una crisis general. Por lo pronto, esta fracción hegemónica del capital establecido ha logrado llevar a la cárcel a ex ministros, sindicalistas y hasta el vicepresidente del régimen anterior. Pero está en la mira la ex presidente, amenazada con la misma suerte de altos miembros de su cohorte, hoy alojados en diferentes cárceles sin que haya una sola movilización que reclame su libertad.

Debilitar a Mauricio Macri y avanzar todo lo posible por el camino de la desestabilización (la amenaza del helicóptero), es ante todo un instrumento de chantaje para negociar la inmunidad de la ex presidente y el freno al juicio y expropiación de sus cuantiosos bienes y los de quienes la acompañaron.

Como nadie podría levantar semejante bandera ante las masas para obtener su apoyo, se esgrimen reclamos contra el aumento de tarifas, aumentos salariales y hasta la oposición al FMI, mientras tras bambalinas negocian con el gobierno para eludir los juicios. Ésa es la naturaleza verdadera de quienes encabezan el descontento social por estos días.

Tampoco nadie podría enfrentar los justos reclamos de los trabajadores para defender un mero cambio de rostro en los saqueadores. Por eso el gobierno y los suyos enarbolan consignas como República, decencia, desarrollo. Si la pregonada “seriedad” de los Kirchner culminó en el gobierno de Fernández y Boudou (oprobio sin precedentes en nuestra historia), se puede esperar un desenlace análogo para el elenco actual, calificado por los liberales como “kirchneristas con buenos modales”. Sólo bastaría que estos lograran afirmarse en el poder para que la reaparición inexorable de la crisis muestre que los buenos modales de la gran burguesía se transforman de la noche a la mañana en desembozado fascismo.

Hay muchos, millones, impactados por los efectos demoledores del sistema capitalista, personificados en el nombre de Macri, alentado por todos quienes acusan al individuo para ocultar el sistema. Pero no son menos quienes, vivida la experiencia de doce años de cleptocracia pseudopopular, vacilan a la hora de optar entre la inepcia elitista de Cambiemos y el aquelarre peronista.

Esa es la trampa. Entre mentiras, guiada por maniobras de la mayor bajeza y pseudo dirigentes a la medida de la tarea que realizan, discurre a mediados de 2018 la política argentina.

 

Las urnas, factor decisivo

En las cúpulas que encabezan las movilizaciones de estos días no hay en juego proyectos de país, ni convicciones ideológicas, ni programas de redención nacional y social. Hay elecciones. Y usufructo de angustiosas necesidades de las mayorías. Faltan 16 meses para las presidenciales de 2019 pero cada paso del conjunto de organizaciones políticas y sindicales está dictado por ese objetivo.

Cambiemos (Pro, UCR y otros), están lanzado a la reelección de Macri y a aumentar el espacio ganado al peronismo en las arrolladoras legislativas de noviembre pasado. Figuras claves del gran capital que actúan en sordina aspiran a destruir definitivamente al PJ tal como se lo conoció hasta ahora y reconfigurar la CGT para ponerla sin bemoles a su servicio. No es una suposición sin fundamentos objetivos. La comparten incluso gobernadores de origen peronista, como Juan Urtubey de Salta y Juan Schiaretti de Córdoba, embarcados en el mismo objetivo.

Sectores del PJ se empeñan en mantener sus feudos, olvidar las elecciones del año próximo y posicionarse con miras a 2023. En cambio, otras fracciones peronistas están convencidas de que “hay 2019” (Rodríguez Sáa dixit). En otras palabras: que el próximo año el PJ unido puede derrocar a Macri y recuperar la Casa Rosada.

Lo mismo vale para las cúpulas sindicales, que tienen un problema adicional, semejante al que afronta la ex presidente y los suyos: en el plan de saneamiento institucional la burguesía pretende expurgar el aparato sindical. El gobierno pretende no sólo quitarse una piedra del zapato, sino también lustrar su chapa de decente ante una sociedad harta, que reconoce y repudia a los ladrones institucionales aunque no logra identificarlos como producto necesario del sistema capitalista. El encargado de llevar a cabo esa tarea de selección y limpieza es el ministro de Trabajo Jorge Triaca, hijo de un símbolo mayor en la corrupción sindical y efectivo operador de Macri. Allí todo se negocia y en estos momentos el gobierno cambia correcciones en la ley de reforma laboral por rechazo a la huelga general o, cuanto menos, su realización pro-forma para volver al día siguiente a la mesa de negociación, siempre con elecciones y candidaturas en el medio.

Igual objetivo electoralista ha hecho presa de las tendencias infantoizquierdistas. Sería incorrecto incorporarlas sin más al festival de repartija del poder en el que están inmersas las corrientes burguesas. No obstante, es evidente que asumen incondicionalmente reclamos de la pseudo oposición con el exclusivo fin de ganar espacio en la carrera por obtener cargos, sea en el Congreso Nacional, en legislaturas provinciales o municipales. Estos agrupamientos no hacen una crítica radical al capitalismo. Vociferan contra el alza de tarifas y cuestionan al FMI como forma demagógica de ganar simpatías, pero no cuestionan el sistema.

Por lo demás, numerosos tendencias barriales y estudiantiles que sí han mostrado voluntad de luchar por el socialismo, han caído también en el electoralismo, o bien buscan su espacio subordinándose a fracciones peronistas ajenas por completo a semejante objetivo.

La conclusión es clara: no existe hoy en Argentina una fuerza revolucionaria organizada, visible ante el conjunto de la población, que proponga en los hechos –y no sólo en discursos de 1º de mayo- una respuesta a la coyuntura por fuera del marco del sistema. Basta observar la posición frente al alza de tarifas para comprobar que ésta no es una afirmación caprichosa.

Tal panorama político explica la pasividad de la clase trabajadora, del mismo modo que ésta explica a su vez el margen de maniobra de falsas conducciones sindicales o políticas y la debacle de direcciones de izquierda. El agitativismo endógeno de agrupamientos que en ningún caso involucran a la clase no puede ser confundido con movilización social. Incluso los partidos con mayor espacio son insignificantes en comparación con cualquier organización política real de los trabajadores, internacionales o nacionales, del pasado o incluso del arduo presente.

Hay sindicatos con movilizaciones diarias de un aparato armado a tal efecto, que no involucran ni al 0,1% de sus afiliados en el lugar mismo donde llevan a cabo sus protestas. Se ha conformado una suerte de industria de marchas y cortes de calles por los reclamos más diversos, nominalmente justos, que desquician la vida de la sociedad con cortes de calles en perjuicio de quienes viven o trabajan en la Capital Federal. Tal vez hace falta recordar que la abrumadora mayoría de la sociedad está compuesta por trabajadores. A ellos afectan estas medidas irracionales. En ellos acumulan malestar general y odio particular contra los manifestantes. A menudo buena parte de quienes llevan a cabo estas acciones son honestos militantes manipulados por cúpulas eternas de aparatos sindicales o políticos.

La burguesía hace estragos en la conciencia y la organización de la clase trabajadora frente a semejantes conductas de sindicatos y organizaciones que se presentan como revolucionarias. Un caso sobresaliente es el del gremio docente. Algunos de los incontables sindicatos llaman a paro tras paro, sin otro argumento que la necesidad de aumento salarial. Nadie explica por qué los salarios docentes son miserables desde hace décadas y por qué los gobiernos de los que ellos formaron parte sólo agravaron el problema; por qué la escuela pública está en total decadencia y la enseñanza degradada en todos los niveles.

Los paros docentes tienen cada vez menos respuesta positiva de maestras y padres. Para el gobierno resulta fácil denunciar las medidas de fuerza, no pagar el día de huelga y mostrar las cifras cada vez menores de adhesión a los paros (los pseudo dirigentes dicen “acatamiento”, sin comprender todo lo que revelan con esa palabra). Pero con la palabra que utilicen, nadie puede ocultar que más de la mitad de los docentes a escala nacional se niegan a continuar con tales medidas. En otras palabras: el gobierno vuelca a las bases a su favor y en contra de las direcciones sindicales. Las cúpulas que impulsan esta política suicida están asociadas con Cristina Fernández. Pero hay corrientes de izquierda con peso considerable en lugares puntuales de este gremio, que no se diferencian sino en tratar de gritar más que los titulares de los sindicatos.

Si como todo indica la CGT llama finalmente a un paro general, éste seguramente tendrá la contundencia habitual de medidas de este tipo en Argentina, pero en el actual contexto no será un escalón en la acumulación de fuerzas para emprender una estrategia de cambios genuinos, sino una válvula de escape para el malestar general. No habrá un cambio en las relaciones de fuerza entre las clases y la única incógnita es si el día después el gobierno decidirá o no continuar el juicio que ha emprendido contra la familia Moyano y otros titulares de aparatos sindicales.

 

Trabajar por la recomposición y estar alertas

Ya desde el gobierno de Barack Obama los estrategas imperialistas señalaron a Argentina como punto de apoyo para un eje hemisférico contra la permanente amenaza de deriva revolucionaria en cualquiera de nuestros países.

Como es sabido, hicieron centro en Venezuela y los países del Alba para intentar debilitar y eventualmente aplastar los intentos de transición al socialismo en nuestro continente. Se propusieron acabar con Unasur, paralizada ya desde hace años. Simultáneamente, neutralizar la Celac y revitalizar la OEA en su condición de Consejo de Indias.

En ese esquema Argentina debía ser el modelo de solución capitalista virtuosa a la crisis regional, en contraposición al alegado fracaso de la transición al socialismo en Venezuela.

La prensa comercial y la intelectualidad al uso propagó, sobre todo después de la victoria electoral de Macri, la idea de rotunda e irreversible victoria de Washington y las burguesías locales. No pocos se dejaron convencer por esta argumentación, que ciertamente tiene puntos de apoyo sólidos: fracasaron sin atenuantes gobiernos populistas y reformistas. Notoriamente los de Brasil y Argentina, falsamente presentados como motores del cambio en la faz política de América Latina a partir de la estrategia de Hugo Chávez y la creación del Alba. El matrimonio Kirchner y el PT desestimaron y en la práctica rechazaron esa estrategia. Así terminaron.

Envuelto en sus propias mentiras el capital confundió deseos con realidad y se proclamó victorioso cuando apenas estaba en medio de la primera gran batalla de un guerra prolongada. Ya con la destitución de Pedro Kukzynsky en Perú y el rotundo fracaso de la cumbre de las Américas en ese país, en abril pasado, quedó demostrada la inviabilidad del Grupo de Lima. Washington probó que estaba muy lejos de reimplantar su hegemonía. La separación de Venezuela del Mercosur puede contarse como otro tanto a favor de la reacción, pero sólo a condición de olvidar que este bloque procapitalista se traba por sí mismo desde hace años y resulta ineficiente, más bien un estorbo, para las burguesías de Argentina y Brasil.

Mientras tanto los hombres de gris en la Casa Blanca comprobaron que en Brasil no habría gobierno estable por largos años y es más probable esperar allí a mediano plazo una implosión a la medida del gigante latinoamericano. Idéntica perspectiva constataron en Colombia a partir de la primera vuelta electoral. Y el cuadro se completó con la convicción –basada en encuestas de todo signo- de que en México ganaría el bloque encabezado por Andrés Manuel López Obrador.

No obstante, el golpe más duro para Washington tuvo precisamente los rostros de Macri y Maduro: en Argentina reapareció la crisis y sepultó el plan –menos mentiroso que tonto- de “ajuste gradual” indoloro; en Venezuela fue imposible derrocar al gobierno de la Revolución Bolivariana mediante la guerra económica y mediática. Peor aún: Maduro fue reelegido en contundente votación, sobre todo en comparación con el caudal de apoyo con que cuentan los presidentes de la región.

Washington no logra mantener la iniciativa que retomó por un instante. No hay vencedor neto. El plan de aplastar la estrategia de transición al socialismo y colocar en su lugar un capitalismo travestido, capaz de reconquistar el corazón y la conciencia de 600 millones de sus víctimas en América Latina, se revela una escuálida superchería.

Venezuela atraviesa una dramática situación económica, lo cual hace más significativa y trascendente la conducta de un pueblo organizado y consciente en defensa de su Revolución y de la perspectiva socialista.

En el hemisferio la relación de fuerzas no impulsa ahora mismo la perspectiva anticapitalista, pero tampoco pesa a favor del imperialismo. El signo de la próxima etapa está en disputa. En cada país ese balance es diferente, pero en Brasil, México y Argentina, la burguesía no tiene ventaja suficiente como para garantizar su iniciativa a mediano plazo.

Tiene razón la neosocialdemocracia superizquierdista en Argentina al suponer que en este cuadro puede ganar terreno parlamentario y afirmar sobre esa base sus organizaciones. Yerra sin embargo al desconocer la dimensión latinoamericano-caribeña como su propio terreno de combate. En cambio carecen de perspectiva estratégica quienes optan por aliarse a corrientes populistas comprometidas desde hace medio siglo con las derrotas del proletariado y el pueblo argentinos.

La militancia revolucionaria tiene por delante el camino de la recomposición de fuerzas marxistas, a la par de la búsqueda de unidad social y política de las grandes masas.

Recomposición implica algo diferente de unidad, aunque en cualquiera de sus tramos ambos términos estarán imbricados en un tejido imposible de establecer a priori. Sí está claro que la recomposición es inseparable de la participación efectiva en la lucha de clases y el combate político a escala internacional y regional. En ese sentido, es potencialmente mortal el desconocimiento de la confrontación en curso con el imperialismo por parte de los gobiernos del Alba.

Desestimar o subvalorar la presencia activa en ese gran combate equivale a cercenar toda perspectiva para una organización que se reivindica anticapitalista. Lo mismo vale para el caso de sumergirse en la lucha continental y desatender la afirmación en la teoría científica de la lucha de clases, la asimilación de las grandes experiencias de la revolución mundial, para afrontar y eventualmente enfrentar los errores y desviaciones que necesariamente se dan y continuarán dándose en las filas de la Revolución.

A la vez, es preciso estar alerta porque una realidad de achatamiento político y relativa calma social puede transformarse súbitamente en situación pre-revolucionaria, en la cual la militancia marxista tendrá su prueba de fuego.

No es por acaso que la Otan acaba de incorporar a Colombia y simultáneamente reactiva su base en Malvinas. Por un lado, queda comprobado que la marcha de los procesos en Venezuela y el Alba no son reversibles por vía de elecciones democráticas y requieren eventualmente el recurso de la guerra (como la que actualmente han iniciado en Nicaragua, llevando a una escala mayor la práctica de las guarimbas en Venezuela dos años atrás); por otro, está claro que la inestabilidad se ha instalado de manera permanente en México, Brasil y, aunque en menor medida, también en Argentina. El único recurso del gran capital frente a los riesgos que esa inestabilidad implica es la violencia a gran escala y ésta es inseparable de la transformación de actuales regímenes democrático-burgueses en formas neofascistas para mantener el control social.

En el crecimiento y la penetración social del narcotráfico está prefigurado el desarrollo de otro flagelo: el fascismo. Se ha utilizado este concepto para identificarlo con la violencia extrema y la violación de derechos civiles y garantías constitucionales. Pero es mucho más que eso. Es la utilización de sectores marginalizados de la sociedad para lanzarlos contra el proletariado y cualquier otro sector que pretenda defender las formas democráticas de relacionamiento social.

Cualquiera sabe el papel del PJ y todas sus fracciones en el crecimiento del narcotráfico desde los tiempos de Carlos Menem. El fenómeno creció vertiginosamente después de 2001. Ahora se descubren altos funcionarios de todos los partidos envueltos en el mismo crimen. También es conocida la responsabilidad de jefes policiales, jueces de todo nivel, titulares de sindicatos y legisladores de todos los partidos incrustados en el Congreso a fuerza de narcodólares para inverosímiles campañas electorales. Destacan en este submundo mafioso altas dirigencias del negocio del fútbol, del juego, así como de aparatos de inteligencia. Ante el reclamo de la población contra el narcotráfico –bajo demanda de seguridad- Macri aprovechó la ocasión y propuso sumar a las fuerzas armadas al combate contra este enemigo a la vez palpable, difuso, omnipresente.

Sin embargo la amenaza mayor del narcotráfico desde un punto de vista estratégico, en el marco de crisis capitalista, es que crea ejércitos de individuos privados de toda racionalidad y libertad, a la vez que articula aparatos militares capaces de obrar con mayor inhumanidad que los propios jefes militares actuantes durante la dictadura de 1976. Si en la Italia y la Alemania de los 1930 el fascismo se cimentó en capas sociales lumpen, resultantes de guerras, crisis económicas y desocupación masiva, en Argentina –como en México, Perú y Brasil- la argamasa social para edificar un fenómeno análogo está en el detritus de la crisis capitalista local: bandas narcotraficantes y decenas de miles de adictos arrojados a la más abyecta marginalidad.

Bienpensantes de la pequeña y mediana burguesía (y también amplias franjas del proletariado, convencidas de que por tener trabajo son “clase media”), no toman conciencia de este binomio fatal: narcotráfico y crisis capitalista. Y al votar encargan al zorro el cuidado del gallinero.

Quienes de manera oportunista llaman a manifestarse contra el FMI y los aumentos de tarifas con el objetivo de ocupar un lugar en las próximas elecciones carecen del mínimo necesario para resolver esta encrucijada estratégica en la historia argentina. A la vez, como ya se ha subrayado, no existe una alternativa con proyección de masas.

De modo que no hay atajos y es ineludible el compromiso con la recomposición de fuerzas marxistas en Argentina, en América Latina y todo el mundo que logremos alcanzar. Abordamos esa tarea con todos quienes están dispuestos a luchar por la unidad social y política de las grandes masas. Y junto con nuestra incondicional solidaridad, hacemos llegar a los gobiernos del Alba el llamado a un tratamiento urgente, orgánico y riguroso, de estos temas trascendentales.

4 de junio de 2018

@BilbaoL

 

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